martes, 3 de junio de 2025

“Eduviges” y “Agustín”: Dos escuelas y una misma historia

Las dos escuelas nacieron del "Instituto Nuestra Señora de la Purificación"

Estudiantes, docentes, papás y mamás se encontraban preparando los detalles del festejo. La Unidad Educativa “Eduviges Garaizabal viuda de Hertzog” iba a cumplir 87 años de vida. “Es la escuela más antigua de Irupana”, comentaba orgullosa una de sus responsables académicas a través de una de las emisoras de radio de la región… Pero los documentos dicen otra cosa: Este centro escolar y el “Agustín Aspiazu” tienen una sola historia, ninguno es más antiguo que el otro.

El camino de ambos comienza aquel 17 de diciembre de 1867, cuando un pequeño grupo de padres de familia del centro poblado decide crear un “instituto de educación primaria”. Lo bautizan con el nombre “Nuestra Señora de la Purificación” y fijan el aporte de un boliviano para el pago del profesor. Y el primer director era el abogado irupaneño Fermín Merizalde, quien poco después fuera diputado nacional.

Seis años después de su creación, la novel escuela presentó sus primeros problemas de sostenibilidad financiera, el aporte de un boliviano era insuficiente para pagar el sueldo al pequeño plantel docente. Era junio y el Instituto estaba cerrado, el subprefecto de la provincia, Eustaquio Sainz, reunió a los vecinos para exhortarles a volver a instalarlo. Es así que se decidió que “se pague así hoy como en adelante por todo individuo que carneé una res para venderla, a los agentes municipales en la proporción siguiente: por cada cabeza de ganado vacuno un peso, y por el lanar un real. Estos fondos se aplican para el pago del individuo que se haga cargo de la dirección”, dice el acta de la reunión.

El nuevo centro escolar comenzaba a depender de fondos públicos y a abandonar su condición de “privado”. En ese mismo camino, el año 1878, el Concejo Municipal Departamental aprobó una asignación presupuestaria de 360 bolivianos para el “Instituto de Irupana”.

Tan es así que en 1915 ya no se habla del “Instituto Nuestra Señora de la Purificación” sino del “Instituto Municipal” y hasta de “Escuela Fiscal de Irupana”. La documentación, que celosamente guarda hasta ahora la Unidad Educativa Agustín Aspiazu, muestra que ese año niños y niñas, divididos en “Clase de Varones” y “Clase de Señoritas”, asistían al mismo centro educativo, ubicado en el lugar donde hoy está construido el Mercado Municipal.

Las actas de los exámenes tomados por tribunales externos formados para el efecto muestran que es en 1920 que deja de hablarse de “clases” de ambos sexos y se comienza a hablar de escuelas: los documentos comienzan a mencionar de forma específica “Escuela Municipal de Varones” e “Instituto de Niñas”. Aunque seguían compartiendo el mismo libro de actas y la misma infraestructura.

En 1927 parece comenzar a consolidarse la separación de las dos escuelas: una para niñas y otra para niños. Ambas tenían sus propias preceptoras y un manejo casi autónomo. Pero en 1932 iba a ocurrir un hecho que modificaría radicalmente la historia, no sólo de los centros escolares de Irupana sino del país en su conjunto: la Guerra del Chaco.

En el caso de la instrucción educativa en Irupana, los exámenes fueron adelantados a septiembre debido a que el director, Máximo García, fue “llamado bajo banderas, debe partir a enrolarse en el Ejército”. Y seguramente, como él, muchos de los educadores. Era el momento de cambiar las tizas por las balas. El acta de posesión del año escolar de 1934 habla de “Escuela Fiscal Mixta” y sus responsables son todas mujeres: La directora, señorita Mercedes Criales; la preceptora, señorita Ninfa Siles; y la auxiliar, señora Mercedes de Santalla.

Si bien el conflicto con el Paraguay concluyó en junio de 1935, el proceso de retorno se prolongó por varios meses. El país no tenía los medios necesarios para una desmovilización inmediata. Muchos de quienes fueron tomados presos llegaron a sus lugares de origen recién en 1936. ¿La hoy Unidad Educativa Eduviges Garaizábal viuda de Hertzog habrá sido fundada el mismo año que concluyó la guerra? El ex director de esa escuela, Lionel Villarrubia, aseguró que el año 1935 es apenas una convención en la historia de la escuela, que no hay documento alguno que certifique que ese año se haya dado algún hito en particular.

Lo evidente es que en el Acta de Exámenes de 1937 aparecen claramente reflejados los dos centros escolares: La Escuela Fiscal de Niños, dirigida por Eudaldo Santalla; y la Escuela Fiscal de Niñas, por Esther Pinto. Pasada la guerra, ambas entidades habían separado sus caminos y no los iban a volver a unir más. En conclusión, si hay un año fundacional para ambas sería 1937 y no 1935.

La profesora irupaneña Herminia Molina, quien fue profesora y directora de ese centro educativo, recordaba que fue en 1938 que la Escuela Fiscal de Niñas fue trasladada al lugar en el que ahora funciona. Sin embargo, de la infraestructura que hoy conocemos sólo existía una pequeña parte, la que albergaba a la imagen de Santa Rita. El 5 de mayo de 1939, la Escuela Fiscal de Niños pasó a nombrarse “Agustín Aspiazu”. Era el primer homenaje que le hacía Irupana al más ilustre de sus hijos, quien había fallecido cuatro décadas antes.

Es de destacar que ambas escuelas siempre fueron bastante cercanas en sus acciones pedagógicas, deportivas y artísticas. Es así que, por ejemplo, en mayo de 1944, sus directores Sara Arce y Rodolfo Monje encargan al albañil José Churata la construcción de un “teatro portátil de acuerdo al croquis que se le ha entregado”, con el visto bueno del alcalde Fermín Lara.

1949 encuentra a autoridades y profesores de ambas escuelas en campaña para recolectar fondos para la construcción de su propia infraestructura. Aprovechando el Día de la Bandera, docentes de los dos centros salieron a las calles de la población para hacer una colecta. La de Niñas recibió un particular impulso: el 16 de mayo había visitado la población el presidente Enrique Hertzog, quien puso la piedra fundamental para la construcción de su local, acto con el que la bautizó con el nombre de su señora madre: Eduviges Garaizabal viuda de Hertzog.

jueves, 25 de julio de 2024

La memoria fecunda de la abuela irupaneña de René Bascopé Aspiazu

René Bascopé Aspiazu, de cuclillas, junto a la abuela Enriqueta y su mamá Aydeé. Algunos hermanos y hermanas, además de algún amigo.

“El mayor Belmonte empezó a recordar uno de los acontecimientos más dramáticos de su niñez, algo así como sesenta años atrás, cuando en su pueblo, Irupana, había culminado, tal como empezó, abruptamente, su aprendizaje de las artes de la brujería”, narra René Bascopé Aspiazu, en su novela “La tumba infecunda”, la más conocida y laureada de la prolífica obra literaria que dejó en su corta vida.

¿Por qué Irupana? ¿Quién era en realidad el mayor Belmonte, el protagonista central de la obra? ¿De dónde nace el argumento de la novela que ganó el premio nacional Erich Guttentag, el año 1985? Javier Bascopé Aspiazu, el menor de los hermanos de René, encuentra las raíces de su narrativa en los cuentos mágicos que trajo desde Irupana su abuela Enriqueta Cárdenas Arce y que les contó durante toda su vida.

“Este tema de la ‘Tumba’ tiene muchas cosas de aquellos cuentos, por supuesto que no hay que quitarle méritos a la capacidad narrativa de René, era un tipo muy capo”, argumenta Javier. Sí, nadie pone en duda la extraordinaria vena literaria de Bascopé Aspiazu, por el contrario, fue él y no otro de sus seis hermanos quien hilvanó e inmortalizó esos relatos mágicos que la abuela Enriqueta compartió con todos ellos.

Para comenzar, el nombre del personaje central de la obra, Constantino Belmonte, resume el árbol genealógico del abuelo paterno. Él se llamaba Constantino Aspiazu. Era sobrino de Agustín Aspiazu Belmonte, el sabio irupaneño considerado uno de los intelectuales bolivianos más importantes del siglo XIX. “Mi abuelo era hijo del hermano cura de Agustín Aspiazu”, subraya Javier.

Fue precisamente Agustín Aspiazu quien, cálculos matemáticos mediante, pronosticó el paso del cometa Halley para el año 1910. “Ese tiempo Irupana vivía aún bajo el recuerdo del sabio Aspiazu, el máximo prócer del pueblo (y el único a quien se había erigido una estatua en vida), muerto una decena de años atrás. Este había profetizado varios acontecimientos que todos percibían que se iban cumpliendo ineluctablemente: incluso la misma presencia del cometa había sido vaticinada por Aspiazu, con una precisión que señalaba día, hora y minuto de la aparición”, relata René en su obra.

Todo el relato mágico de los “días en los cuales el pueblo careció de noche” por la luz que emanaba la cola del cometa provienen de los cuentos de la abuela Enriqueta: los animales que habían enloquecido, las plantas que habían duplicado su tamaño y otras habían florecido sin que les correspondiera, los gallos que, imposibilitados de percibir ya el amanecer, habían optado por cantar todo el día, hasta que casi todos acabaron por perder la voz.

La abuela Enriqueta relataba que, muy niña, vio cómo fue asesinado su padre, Sócrates Cárdenas, en la plaza de Irupana a manos de los conservadores. Él había abrazado ideas liberales que lo habían llevado a cuestionar la situación política y económica vigente. “A Cárdenas, quien además había nacido en Irupana –por lo que era considerado un imperdonable traidor-, se le condenó con el mayor de los rigores a morir arrastrado por una mula gigantesca”, narra René Bascopé Aspiazu en su “Tumba infecunda”.

Es llamativo el perfil sociológico que construye Bascopé de los antiguos pobladores de Laza: “Lasa se había formado abruptamente en torno a un grupo de descendientes de vascos emigrantes, quienes habían llegado a la zona yungueña hacia 1630, luego de haber sido expulsados del lejano Potosí (…). A partir de entonces, y mientras se consolidaba la identidad de Lasa, sus moradores habían logrado establecer un modo de vida que, por un especie de desquite con el pasado que los había obligado a dejar la región de La Plata, pretendía mantenerlos incontaminados y lejos de cualquier posibilidad de crear alguna clase de mestizaje étnico o cultural”. Los Aspiazu abundaban en Laza y Aspiazu es un apellido vasco.

Doña Enriqueta Cárdenas trepó a las alturas paceñas junto a don Constantino Aspiazu y sus dos hijos, entre ellos Haydeé, la mamá de René. Javier comenta que antes de partir, la abuela vendió todo lo que tenía en Irupana. Una vez en la ciudad, el abuelo la abandonó para hacer familia con otra mujer, con la que tampoco permaneció.

En la ciudad, la soledad fue el sino de la vida de ambos Constantinos. El de la novela que la pasó entre prostitutas y malvivientes, y el de la vida real que la transcurrió entre jolgorios, a los que los que era convocado mientras tenía su mandolina y malgastaba el gordo de la Lotería que le tocó y no le cambió la suerte.

Constantino Belmonte tenía una fosa de mármol esperando por sus restos en el Cementerio General de La Paz, pero su tumba estaba destinada a ser infecunda: No tenía quien lo entierre. Constantino Aspíazu no tenía ni el ataúd, tuvieron que armarlo con los restos de cajas de manzana tiradas en los mercados. Pero al menos tuvo quién lo sepulte. A los dos hoy los recordamos gracias a la memoria fecunda de la abuela Enriqueta, que lo dejó todo en Irupana, menos los recuerdos, los que los legó a su extraordinario nieto René.

viernes, 8 de marzo de 2024

Pascuala Jauregui, entre la discoteca y la sede sindical


Sus polleras incomodaban, pero ese no parecía ser problema suyo. Bailaba cual si fuera la única en la pista. Había que ver sus vueltas siguiendo el compás de “I’m so excited”, de las Pointer Sisters. ¡Realmente estaba emocionada! Era la década de los 80 y estaban de moda los temas de la música disco que hoy son identificados como “clásicos”. La juventud de Irupana asistía los fines de semana a la discoteca del Camilo -la llamábamos Disco Tierra, por su piso descubierto- y junto a ella lo hacía también la infaltable Pascuala.

Ella nació en La Joya, una hacienda que se encontraba en el sector de Chicaloma, el año 1945. Eran tiempos anteriores a la Reforma Agraria. Sus papás Fabio Jáuregui y Zenobia Salinas han tenido que sufrir el duro régimen de explotación de mano de obra que aún imperaba en la zona. Pascuala se trasladó temprano a la población de Irupana, donde desarrolló casi toda su vida.

Había que ver el garbo con el que caminaba, como mirando por encima pequeñeces humanas tales como la discriminación y el racismo. En el centro poblado era objeto de bromas y chistes de ese corte, pero ello no parecía mellar su seguridad y su gran carisma. Ella estaba donde quería estar, sin interesar si con ello iba a incomodar al resto.

Y no todo era baile y fiesta en su vida. Como gran parte de yungueños y yungueñas se ganaba la vida trabajando de sol a sombra, ya sea cosechando el cafetal o kich’iendo el cocal. En tal condición fue una activa afiliada de su sindicato comunal. Estaba bien comprometida con la suerte de la organización campesina, tanto que a nadie le sorprendió cuando un Congreso la eligió Secretaria Ejecutiva de la Federación Especial Única de Mujeres Campesinas de Irupana. Era una lideresa nata de ese sector.

Era tal su liderazgo que fue invitada a ser candidata a concejala del Gobierno Autónomo Municipal de Irupana, cargo para el que fue elegida y desempeñó con gran responsabilidad. La seriedad con la que cumplía sus obligaciones sindicales y políticas contrastaba con la alegría y el buen humor con los que desarrollaba su vida diaria.

Como lideresa de la zona participó en espacios de aprendizaje horizontal de agricultores y agricultoras de Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Honduras y Cuba. En ellos recogió los aportes del resto, pero también compartió sus lecciones aprendidas. Varias cartillas educativas elaboradas por los auspiciadores de esos encuentros guardan esa faceta de su vida.

Pascuala Jáuregui Salinas falleció a los 68 años, en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Un infarto de miocardio puso fin a su existencia, la que fue vivida de forma intensa y fue puesta al servicio de su gente. Fue protagonista destacada de la historia de Irupana en épocas en las que ser afro no abría puertas, mientras que ser dirigente sindical demandaba el sacrificio de tu propio peculio. Que nuestro olvido no sea cómplice de una injusticia con todo su gran aporte.


El Mancebao, agosto de 2023

martes, 7 de diciembre de 2021

Armando de La Planta : ¡Amando La Planta!

Armando a orillas del río La Planta

“El Armando, de La Planta”. Así lo conocían sus compañeros de escuela. Toda su vida, Armando Pinedo Condori habitó, junto a su papá Javier, en lo que fue la casa de hacienda de Chiñani, la que se encuentra a sólo minutos de caminata de las orillas del río.

El río La Planta no aparece en ningún mapa, porque ese no es su nombre. En realidad, se llama P’uri. Quienes habitan Irupana le pusieron ese sobrenombre debido a que, desde los años 40 del pasado siglo, ahí funcionaba la planta hidroeléctrica que daba energía a Irupana y Chicaloma.

El hecho es que Armando creció con el ruido del afluente en sus oídos: “Lo quiero mucho a ese río, me ha dado esa frescura de sus aguas cristalinas, me recuerda mucho cuando sacábamos mauris en los años e que estaba en la escuela. Es mi deber protegerlo y cuidarlo”.

Para quienes estudiaron en Irupana, las excursiones al río La Planta son inolvidables. Ya en esos años, Armando despuntaba como el gran conocedor de la zona, debido a su cercanía con el río. Pero no se ha quedado ahí, durante todos estos años ha ido explorando el caudal, tratando de llegar hasta sus orígenes mismos.

“Subiendo desde el camino, desde donde está el puente, caminas más o menos una hora, hay dos cascadas: Huajini y Perolani. Subes tres horas más y llegas a una playa extensa, a las faldas del Astillero, de ahí para arriba hay muchas cascadas, son seguidas”, describe.

Comenta que una de las particularidades de este río es que los riachuelos que en él depositan sus aguas lo hacen a través de pequeñas caídas que lo embellecen, tanto desde el lado de Maticuni como desde el de Rosariuni. “Arriba de la playa del Astillero he contado unas 100 pequeñas cascadas”, abunda.

Hace años que Armando Pinedo tiene la idea de consolidar un paseo turístico por las orillas de La Planta, él considera que esa es la mejor manera de crear conciencia sobre la necesidad de preservarlo y alejar cualquier intento de explotar mineral en esa área.

Para ello ha contactado a las autoridades municipales y también se ha reunido con la gente de Alimentos Irupana para construir un circuito turístico, que incluya paseos por Pasto Grande, la cultura afroboliviana de Chicaloma, la historia de Laza o la Guerra de la Indepedencia en la zona.

Lamentablemente, ello todavía no ha sido consolidado. Armando cuenta que se ha reunido con el subgobernador David Aro, quien ha comprometido su concurso, al igual que con el Concejo Municipal de Irupana, cuyos integrantes han prometido declarar a las orillas del río como reserva municipal con el objetivo de asegurar su protección.

“Creo que me voy a casar con el río La Planta”, confiesa Armando con amor. En realidad, él está casado con Virginia Choque, quien no es celosa de esa relación. “Mi esposa me apoya”, dice, aunque ella es temerosa de que el esfuerzo de su marido no sea recompensado con el reconocimiento de la población.

Armando Pinedo no puede estar una sola semana sin visitar a su adorado río y, en los últimos años, su pequeña hija Yumalay lo acompaña en esa travesía. Su deseo es heredarle su gran amor por el afluente, como quisiera hacerlo también con todos quienes viven en Irupana. Es que el “Armando de La Planta” vive sus días amando a La Planta…

lunes, 10 de mayo de 2021

Con Irupana en el tintero


Irupana tiene bastante memoria escrita, pero también cuenta con bastante historia en el tintero. Durante su historia tuvo al menos tres publicaciones impresas que han registrado su vida, sin contar con varias publicaciones esporádicas que han sido realizadas por sus pobladores.

Corría 1943, cuando los integrantes del Centro Cultural Agustín Aspiazu -que reunía a los residentes de Irupana en la ciudad de La Paz- publicaron la revista “Acción y Progreso”. El medio de comunicación estaba dirigido por Leonardo Guzmán, quien, en la primera editorial del impreso, deja claramente establecido que el mismo servirá para hacer campaña por la creación de la provincia “Agustín Aspiazu”.

Pero además del debate sobre la fundación de la pretendida jurisdicción provincial –que tenía como capital a Irupana-, la publicación servía para difundir hechos históricos, además de algunos acontecimientos de los vecinos de la población de origen.

Es gracias a esta publicación que las nuevas generaciones de irupaneños e irupaneñas se  enteraron de la hipótesis que asegura que nuestra población fue fundada el 25 de julio de 1746. Nadie de los actuales pobladores conoce el certificado de nacimiento, el único documento escrito es el artículo escrito por Leonardo Guzmán.

“Mediante pacientes investigaciones en el viejo Archivo Parroquial que aún debe existir en Irupana, el año 1903, juntamente con el que fuera Obispo de la Diócesis, Fray Nicolás Armentia, (…) hemos llegado a establecer, sino con exactitud, al menos aproximadamente,  que en 1744 los conquistadores españoles, marqueses de Tagle, Gayoso y Mena, atraídos por las ricas minas de plata descubiertas en los cerros de Lavi, Cerropata, Huequeri y Cieneguillas, han establecido sus primeras viviendas en el lugar hoy llamado Machacamarca, allá en la loma más alta de los cerros San José, Sascuya y La Avanzada, fundándose dos años después, el 25 de julio de 1746, la población con el nombre de Santiago de Irupana, en homenaje al apóstol Santiago”.

Esta revista tuvo una segunda época, en la década de los 50, esta vez dirigida por el reconocido Mario Archondo Mendieta, quien, en la primera –durante la dirección de Leonardo Guzmán- estaba a cargo de la administración de la publicación.

La segunda publicación periódica que tuvo el municipio yungueño fue el boletín “Irupana”, dirigido por José Pabón Oyola, quien era parte del Comité Cívico de la población. Se imprimió de forma mensual entre los años 1984 y 1985. Su lema lo decía todo: “Somos el tábano que mantiene despierto al noble caballo”.

Sus notas son una constante revisión a la falta de atención de las históricas necesidades del centro poblado, tales como el mal servicio del agua potable y el pésimo estado de las carreteras. Pero también se ocupaba de destacar las buenas iniciativas que se desarrollaban en beneficio de la vecindad. Dio su fin a su existencia debido a que ya no había quién provea el stencil para imprimir la hoja oficio en la que se lo imprimía.

Unos años más tarde, en 1990, irrumpe El Mancebao, dirigido por Guimer Zambrana Salas, una publicación en formato tabloide que pretendía ser de periodicidad anual. Su objetivo, según dice en su primer número, es el de “reflejar a Irupana y su vida misma”. Su nombre fue tomado de las chorreras que se encuentran en uno de los costados de la planicie de Churiaca, en los que se bañaban sus pobladores en las épocas en las que las cañerías del pueblo daban más pena que agua. Su lema inicial lo resumía todo: “Irupana desnuda en El Mancebao”.

Sus reportajes tienen un perfil más bien histórico, en los que se destacan hechos sucedidos en la población yungueña, pero también historias de vida de personajes y organizaciones que no pueden pasar desaparecicibidas. La historia acumulada en sus 11 ediciones es un buen resumen de todo lo ocurrido en el municipio, desde los asentamientos prehispánicos de Pasto Grande, hasta el festival de parapentes, hoy conocido como el Irupanapente.

“Me contaron que nació entre los maizales y, aunque perdió su Fe de Bautizo, se dice que fue hace 244 anos. Yo creo que tú también la conoces y la viste bañando su desnudo cuerpo en las chorreras del Mancebao: la llaman IRUPANA”, dice su primer editorial. La publicación continúa vigente, aunque se publica de año en cuando…

miércoles, 5 de mayo de 2021

Ese colegio que llegó en la maleta de un forastero…

Estudiantes y docentes del Colegio 5 de Mayo el año 1974 (Foto: Familia Archondo Molina)

Don Raúl Gómez del Pino llegó a Irupana en 1958 para descansar. Se acababa de jubilar del magisterio y buscaba un lugar para pasar sus últimos años. Pero no podía con su carácter, apenas arribó se dio cuenta de que no existía un colegio secundario y comenzó a trabajar para llenar el vacío: Creó el “Nacional Mixto 5 de Mayo”.

La señora Lidia Arce lo recuerda empeñado en convencer a la gente sobre la necesidad y la posibilidad de contar con un colegio: “Llamó a las autoridades, clubes deportivos, beneméritos y vecindario a una reunión en la que planteó, sólo pedía un local, algunas mesas y sillas, y más que todo la colaboración de personas para desempeñar como profesores”.

Es así que el inquieto educador formó su primer plantel docente con únicamente personas del lugar: el médico del hospital, Dr. Fernando Cárdenas; el odontólogo René Tamayo; el párroco, padre Santiago; la señora Helen Künzel (alemana); los señores Solón Gallo y Lidio Meneses, además de la propia señora Arce, como profesora en Ramas Técnicas y Economía Doméstica.

Las autoridades proporcionaron a don Raúl el local que había sido de propiedad de la Sociedad de Propietarios de Yungas, organización que desapareció con la Reforma Agraria de 1953. La vieja casa donde ahora funciona la oficina de la Policía Boliviana, cerca de la Cooperativa Ukamau.

Los trámites impulsados por el señor Gómez tuvieron resultado en 1962, cuando el Colegio recibió su certificado de nacimiento oficial con el nombre “5 de Mayo”, en homenaje al día de nacimiento de Agustín Aspiazu. Y lo que es más importante, le fueron asignados sus primeros ítems pagados por el Estado.

Por si faltara algo, Raúl Gómez del Pino escribió hasta la letra del Himno al colegio, a la que le puso música el profesor Jaime Gallardo: “Somos hijos de Irupana, este pueblo sin igual, extendido en la montaña y en la vega más ideal”.

Al principio, el colegio formaba sólo hasta el primer curso del ciclo Medio (lo que ahora es el Cuarto de Secundaria), pero en 1974 logró graduar a su primera Promoción de bachilleres. Fue en 1976 que trasladó sus actividades académicas de la vieja e incómoda casona de la calle La Paz a la que ahora tiene en Churiaca.

Debido a su edad, Raúl Gómez del Pino no pudo conocer la nueva infraestructura ni tampoco pudo asistir a la graduación de la Promoción 1978 que llevó su nombre. Como buen maestro, él había sembrado, la cosecha la dejaba para los demás…

jueves, 1 de abril de 2021

Edgar Pabón, la vida entera por una carretera asfaltada

Si hay algún yungueño que ha gastado su vida por el asfaltado de la carretera entre Unduavi y Chulumani es el irupaneño Edgar Pabón Mostajo. Aún cumplía funciones laborales privadas cuando comenzó su apostolado por la vía, pero desde que está jubilado se ha dedicado a tiempo completo a su cruzada personal por ver terminada la obra.

Pese a que desde joven reside en la ciudad de La Paz, Pabón jamás se alejó de la tierra que le vio nacer. Siempre estuvo vinculado a la Fraternidad de Residentes de Irupana, luego a la Liga Interyungueña de Fútbol y, finalmente, al Comité Cívico Interyungueño.

Luego de terminar la Primaria en Irupana salió a la Sede de Gobierno para concluir la Secundaria. Gracias a su habilidad para el fútbol, trabajó dos años en el centro minero de La Chojlla, lugar al que representó en el Campeonato Nacional Minero. Pero su buen trato con la pelota prometía más: Jugó en el Northem, el Ingavi y el Ferroviario. Sin embargo, eran épocas en que no se podía vivir de la práctica de este deporte. Encontró empleo en la Fábrica Nacional de Vidrio Plano, con cuyo equipo disputó el Campeonato Fabril de La Paz.

Durante más de 14 años fue Jefe de Personal y Ceremonial del Palacio de Gobierno, para luego pasar a la Jefatura de Recursos Humanos y Relaciones Públicas de la Gundlach, la principal representante en Bolivia de varias marcas estadounidenses de vehículos.

En 1968, un grupo de residentes de poblaciones yungueñas se reunió en La Paz, con el objetivo de crear la Liga Interyungueña de Fútbol. Es así que se organizaron los torneos de este deporte, de los que Irupana fue campeón durante tres años consecutivos. La región ya era el principal semillero del fútbol paceño y el torneo había ayudado a que muchos futbolistas de la región se integren a equipos de la Asociación de Fútbol de La Paz.

Como fruto de esa organización, en 1992 surge el Comité Cívico Interyungueño, del que Pabón es elegido su primer presidente. La experiencia de organizaciones similares de Santa Cruz, Beni y Tarija alentaba a los residentes yungueños a tratar de aprovechar la fuerza del movimiento para lograr atención a la región.

El principal desafío del naciente Comité no sería otro que el asfaltado de la carretera, una verdadera utopía para la época, en la que el único que creía firmemente era precisamente Edgar Pabón. El gobierno de Jaime Paz Zamora declaró la obra de Prioridad Nacional, pero jamás obedeció la nueva norma. Sin embargo, la ley era el paraguas que necesitaban los dirigentes yungueños para exigir la construcción de la nueva vía.

La exigencia fue tal, que la Prefectura, durante la primera presidencia de Sánchez de Lozada, tuvo que licitar la elaboración del estudio a diseño final de la obra. Una empresa peruana se adjudicó la tarea, pero tardó siete años en entregar el estudio con un avance del 70 por ciento. El famoso estudio fue concluido recién el año 2010, tiempo en el que Edgar Pabón y los dirigentes del Comité Cívico Interyungueño tuvieron que andar de oficina en oficina, todos los días.

En medio, el yerno de Hugo Banzer, Alberto “Chito” Valle, hasta se dio el gusto de entregar –como regalo en la fiesta de Chulumani- el supuesto estudio concluido. Luego de recibir los aplausos y el agradecimiento, se descubrió que no era más que papeles que nada tenían que ver con la obra.

Una vez elaborado el estudio había que tramitar la ficha ambiental, la cual también fue seguida de cerca por el cívico yungueño. Y finalmente, había que buscar financiamiento, mandaron cartas hasta a la propia Corporación Andina de Fomento (CAF) para que financie la obra.

Grande fue la sorpresa de Pabón cuando el presidente Evo Morales anunció que la vía Unduavi – Chulumani sería ejecutada con recursos del Estado. De inmediato, redactó una carta para agradecerle por la determinación.

Sin embargo, él está preocupado por la forma en que se decidió encarar el financiamiento de la obra. Se aprobó un presupuesto inicial de nueve millones de dólares, el cual no alcanzaría siquiera para 10 kilómetros de asfaltado, tomando en cuenta que el costo por kilómetro pavimentado supera el millón de dólares.

De cualquiera manera, se niega a perder la fe. A sus 78 años, él está seguro que la vida le dará la posibilidad de viajar a Chulumani por una vía completamente asfaltada para llegar en menos tiempo a su amada Irupana.

Irupana, agosto de 2013

sábado, 28 de marzo de 2020

Jaime Cuevas Larrea, el alcalde que gestionó el puente sobre el río La Paz

Don Jaime, en el puente sobre el Río La Paz

Jaime Cuevas Larrea todavía conservaba la grabación del discurso que dio el día en que le entregó un puente en miniatura al Gral. Hugo Banzer Suárez, pidiéndole la construcción del paso carretero sobre el río La Paz. Él era alcalde municipal de Irupana y el militar presidía el régimen de facto con el que gobernó el país, entre 1971 y 1978.
El puente sobre el río La Paz era un anhelo de los pobladores de la zona desde las épocas en que llegaron las carreteras. Había que vadear el afluente para conectar Irupana con las provincias Inquisivi y Loayza. Y aquello era simplemente imposible durante la temporada de lluvias.
Ante el anuncio de que Banzer visitaría las poblaciones yungueñas, Jaime Cuevas viajó a la ciudad de La Paz para reunirse con el militar yungueño Armando Escobar Uría y coordinar los detalles de la llegada. “El general nos dijo que, en su recibimiento, Chulumani iba a entregar las llaves y que ‘Irupana siempre sobresale’”.
Desconcertado por lo dicho por el ocobayeño, Cuevas Larrea retornó a la población y le comentó la conversación a su Oficial Mayor, Julio Palacios. Éste sugirió encargar un puente en miniatura y entregarlo como presente al visitante, pidiéndole financiar la construcción de la vía que permita vencer el río La Paz sin dificultades.
Así lo hizo. “El gran anhelo de los generales René Barrientos Ortuño y Armando Escobar Uría cumple el Gral. Banzer”, fue la frase que acuñó Cuevas en el intento de convencerlo de encarar la obra. La respuesta de la gente reunida en Irupana para el recibimiento fue “¡puente! ¡puente!”
El entonces alcalde irupaneño recordaba que, tras el discurso, Banzer le dijo que era posible encarar la obra, pero que la gente del lugar debía preparar los accesos que permitan llegar al lugar para comenzar con los estudios e iniciar los trabajos de construcción.
Era tal el anhelo del paso vehicular que el solo anuncio generó la movilización de toda la población. “Todos los vecinos bajaban a La Plazuela, hasta ex combatientes, a veces llevábamos carne y don Víctor Suarez hacía la parrillada, así hemos abierto la senda de ambos lados”, rememoraba don Jaime.
Su régimen dictatorial no le alcanzó a Hugo Banzer para entregar la obra, pero los trabajos ya estaban avanzados y no se detendrían hasta su conclusión. El paso fue inaugurado por el dictador de turno, Luis García Meza, el año 1981. Era la época en que las urnas estaban clausuradas hasta nuevo aviso.
Para entonces, Jaime Cuevas Larrea también se había alejado de la Alcaldía de Irupana. Sus hijos necesitaban continuar con sus estudios y él debía acompañarlos en La Paz, razón por la que debía dedicarse a alguna actividad que le permita estar ligado a la sede de gobierno.
Don Jaime no nació en Irupana, sino en la urbe paceña. Su familia tenía propiedades en La Lloja, provincia Loayza, al otro lado del río La Paz. Al comenzar la década de los 50, del pasado siglo, sus padres compraron la propiedad Santa Bárbara, que se encuentra en sector Pasto Grande.
Él cursaba colegio en la ciudad cuando se produjo la revolución de abril de 1952. Ante el cierre del Colegio Militar del Ejército, los cadetes formaron “fraternidades” con las que pretendían resistir el proceso revolucionario en curso. Adolescente aún, Cuevas se sumó a la fraternidad llamada “La barra de la esquina”. Pero el MNR se afianzaba en el poder día que pasaba y había comenzado a detener a sus opositores, incluidos los jóvenes cadetes de las fraternidades. Enterado del hecho, el padre de don Jaime lo “desterró” a su propiedad de Santa Bárbara.
Ahí estuvo dos años, trabajando a diario, sin salir a ninguna parte. Al cabo de ese tiempo comenzó a aparecer en Irupana. Su habilidad con la pelota hizo el resto, en poco tiempo estuvo integrado a la juventud del poblado. Jugaba en el Millonarios y luego se sumó al Atlético Irupana.
Él era defensor, pero la casualidad lo convirtió en arquero. Había recibido una patada en el pie al amansar una mula y el equipo que iba a entrar a la cancha de Churiaca sólo tenía 10 jugadores. “Tienes que entrar de arquero”, fue la orden. Cuando ingresaba al terreno escuchó una voz que le advertía: “¡Cuevas deberías traer canasta para llevarte los goles!”. No fue así. Terminó el partido con nuevo puesto en la cancha y el apodo que lo marcaría para siempre: Mono.
En su constante paso por Vila Vila -al ir y venir entre Santa Bárbara e Irupana- conoció a Silda Cárdenas. Jaime estaba decidido a construir su historia con ella, por eso, en cada viaje, para congraciarse con los futuros suegros, dejaba a su paso dos cargas de leña. Ella tampoco era indiferente a la presencia del joven, por lo que en poco tiempo se casaron y se asentaron en Irupana. De esa relación nacieron Jaime, Rigoberto, Lorena y René.
Jaime se dedicó de lleno al ganado, hicieron una sociedad con los mañazos Carlos Mercado y Luis Salas, en la que su misión era proveerles de animales para el carneo. Desde siempre su vida ha estado dedicada a la crianza y traslado de vacas, cuando no de mulas para llevar carga. Tiene innumerables historias y anécdotas sobre el lomo del caballo.
Pero la política lo seguía siempre. A poco de su llegada a Irupana se vio organizando los grupos falangistas que intentaban impedir el irreversible paso de la historia. Los enfrentamientos con los emenerristas, el balazo que atravesó el bota pie, las huidas a Santa Bárbara. Hasta aquel día en que lo buscó Raúl Portugal, ministro de Banzer, para entregarle su nombramiento de alcalde de Irupana.

viernes, 23 de agosto de 2019

Sara Arce Soliz, la educadora de Irupana

La educadora irupaneña junto a su amada Escuela Eduviges

Aquella tarde de 1984, los estudiantes del último curso del Colegio 5 de mayo iban a bautizar a su Promoción con el nombre de la destacada educadora irupaneña Sara Arce de Velasco. Cuando la maestra homenajeada llegó al salón donde iba a realizarse el acto se sorprendieron al ver que comenzó a llamar lista, pero a sus mamás. Casi todas ellas habían sido sus alumnas: “Celina, Basilia, Cleofé…”. “¡Buenastardes, profesora Sara!”, respondían felices las señoras, retrocediendo las décadas en las que la tuvieron como a su preceptora.
Es que si hubo una maestra que marcó el curso de la educación en Irupana durante el siglo XX fue la profesora Sara, una educadora que no sólo destacó por su trabajo en el aula y al mando de la que sería la Escuela Eduviges Garaizabal viuda de Hertzog. Ella trabajaba horas extras con los padres de familia, mientras sus firmes principios y valores morales se constituían en la otra gran enseñanza.
Sara Arce Soliz se acercó temprano a la tiza y al pizarrón. Su hija Consuelo Velasco asegura que su andadura por las aulas como educadora comenzó cuando ella tenía apenas 15 años. Desde su niñez se había destacado como estudiante en la Escuela Primaria Mixta, que funcionaba en lo que hoy es el mercado de Irupana. Era la época en que ese era un requisito indispensable para incursionar en el magisterio.
Pese a su corta edad, no tardó mucho en destacar entre las educadoras del lugar. Su padre –que fungía como Notario en Irupana- tenía una pequeña biblioteca, la que ella se comió entera al saber del desafío docente que se le avecinaba. Por supuesto que luego se fue nutriendo de otros textos: “Tenía sus enciclopedias, hacía resúmenes, no sólo veía eso, revisaba revistas especializadas, en esa época no había esa fluidez de información que tenemos ahora”, rememora Consuelo.
A sus 30 años, en 1942, fue nombrada directora de la Escuela de Niñas. Para entonces, la profesora Sara era ya toda una institución de la educación en Irupana, un referente obligado cuando se hablaba de temas relativos a la cultura de la población.
Nadie olvidaba que, durante los años de la conflagración bélica con el Paraguay –entre 1932 y 1935- esa joven había sido “madrina de guerra”. Ella se ocupaba de escribir las cartas que las familias –que no manejaban la lectoescritura- mandaban a los soldados que se encontraban en el frente de batalla y de leerles las que llegaban. Tampoco pasaron inadvertidas las actividades de recaudación de fondos para apoyar a quienes lo necesitaban.
Las veladas artísticas, las actividades deportivas, las campañas de solidaridad. La “señorita Sara”, como la conocían en Irupana, encabezaba todas las actividades que se desarrollaban en el centro poblado. Era tal su presencia en la vida de la población, que el naciente Centro de Acción Cultural y Deportiva “Agustín Aspiazu”, formado por únicamente varones, la nombró “presidente honoraria” de su organización.
Quedó grabado en la memoria ese emotivo discurso, aquel lunes 16 de mayo de 1949, en el acto en que el presidente Enrique Hertzog Garaizabal puso la primera piedra de lo que hasta ahora es el local de la Escuela Eduviges, nombre puesto en homenaje a la madre del entonces mandatario.
Pero el amor iba a cambiar el curso de su vida. El orureño Alex Velasco llegó a Irupana designado para la Aduana Agropecuaria. La profesora Ana Rivera, sabedora de la presencia de aquel apuesto joven, se le acercó y le dijo: “¿Desearía usted conocer a una dama irupaneña muy simpática?”. Ante el interés del recién llegado, fue en busca de Sara, a la que comentó: “¡Hay un joven que quiere conocerte!”. Así comenzó esa historia de amor que se prolongó hasta la muerte.
El año 1950 nació Ramiro, dos años después Consuelo. Ellos y su educación eran el nuevo desafío de Sara y Alex. En 1958, la educadora irupaneña tuvo que dejar la dirección de su querida Escuela Eduviges para trasladarse a la ciudad de La Paz. Su apuesta de toda la vida por la buena educación debía dar sus mejores frutos en sus dos retoños.
La inversión de Sara y Alex en la educación de sus hijos es otro ejemplo digno de imitar. Ambos de clase media, sin casa propia en la sede de gobierno, lo pusieron todo para que Ramiro y Consuelo reciban una educación de calidad. Los inscribieron en el Saint Andrews –uno de los mejores colegios de La Paz-, en la Universidad Católica, para que estudien Economía, y luego el postgrado en Polonia. “Los Velasco Arce éramos conocidos por ser bien estudiosos”, sonríe Consuelo.
El 15 de enero de 1980, la profesora Sara recibió el golpe más duro de su vida: Su hijo Ramiro, que militaba en el MIR, fue asesinado por la dictadura de Luis García Meza, en aquella fatídica reunión de la calle Harrington. Una semana antes él había estado con sus hijos en Irupana y salió porque tenía la clandestina tarea de hacer el análisis de la situación económica del régimen de facto. Ramiro había mamado de la gran sensibilidad social de su madre y estaba convencido de que la lucha política era fundamental para atender las necesidades de los más pobres.
En su última etapa, la incansable educadora irupaneña se dedicó a apoyar la formación de sus nietas y nietos, quienes se beneficiaron de todos los conocimientos y el cariño que había acumulado. Hasta aquel fin de semana de febrero de 2001, en que se acostó como todas las noches, pero no despertó nunca más. La profesora Sara ya había volteado la hoja, dejando una hermosa lección de vida…

miércoles, 14 de agosto de 2019

De Huara, con amor

Honorina y Victoria Cárdenas con su familia, casi todos nacidos en Wara.Por Erick Ortega Pérez


Nicanor Cárdenas no era un hombre nacido en cuna de oro y sabía perfectamente que la única forma que tenía para conseguir el tesoro del amor era robando la razón de sus sueños. Ella, por su lado, era lo más pa
recido a una doncella y, al mismo tiempo, tenía la férrea voluntad de una plebeya: Angélica Meneses.
Ambos nacieron poco más de un siglo atrás, en Irupana, y llegaron a este mundo cuando en Yungas aún no se habían inventado algunas palabras; pero sabían perfectamente el significado del término: clandestino.
Angélica venía de una familia “pudiente”, estudió en el colegio Sagrados Corazones, de La Paz; Nicanor solo tenía un carácter indomable que puso al servicio de ella. Por eso decidió llevársela lejos de sus familias, más allá del monte y del caudaloso río La Paz; se fueron a conquistar, con sus manos, un lugar denominado Vista Alegre de Huara.
Julio Palacios, agarra con paciencia la aún caliente jawita y le da un sorbo a su café negro endulzado con dos cucharillas de azúcar blanca. Habla claro, escucha apenas. Sus 85 años sobre este mundo no le han hecho mucha mella, aunque arrastra algunos achaques que él combate con paciencia y buen humor. Tiene una memoria prodigiosa y es capaz de extraer los más antiguos detalles escondidos del baúl de su memoria.
Cuenta, por ejemplo, que aprendió a trazar sus primeras líneas gracias a su mamá, Honorina. Ésta a su vez comprendió el arte de la palabra escrita por obra y gracia de su madre, Angélica. Angélica era madre, profesora y además enseñó a sus 10 hijos y un criado a comportarse correctamente en la mesa y en la vida. Su reinado de piedras y madera era la gran casona de Vista Alegre de Huara... Él también era un hombre noble, quien lo único que se llevó sin pedir permiso fue a Angélica.
La familia estaba completa y feliz con sus hijos: Eduardo, José, Alfonso, Gualberto, Emilio, Pío, Laureano, Paulina, Victoria y Honorina.
La Guerra del Chaco fue un golpe para ellos. Dos varones murieron en el campo de batalla y uno al volver del conflicto bélico. El resto retornó a la comarca.
Pronto, en los alrededores también llegaron otros vecinos y el sitio fue creciendo al amparo de los mecheros y los sueños.
Cuando Nicanor y Angélica dejaron este mundo, el villorio ya tenía su propio latir. Estaba a tres días de viaje en mula, atravesando el río La Paz y pasando noches a la intemperie. Eran tiempos de trueque, de cuando la gente de Luribay llegaba con pito de cañahua, chalona, queso, uva, pera y mulas. A cambio, los hijos de Nicanor ofrecían  paltas, platanos, camotes, yucas, mani y terneros. Una mula costaba dos terneros y así iban cambiándose los productos.
El tesoro mayor de Huara era la palta criolla. Hubo un tiempo en el que llegaban entre 20 y 30 mulas repletas de paltas a La Paz, procedientes de Huara. Allí, continúa Julio, una mujer se encargaba de recibir a los vendedores. Es más, enviaba una comitiva hasta Obrajes para dar alimento a los viajeros. Las paltas llegaban hasta un canchón donde actualmente está una cancha de The Strongest, el sitio de comercio hoy se conoce como mercado Yungas.
Mientras, Huara sobrevivía a su manera puesto que "dinero", era otra palabra casi inservible. Sobrevivencia era el término exacto para los animales domésticos y de las granjas. Víboras y depredadores hacían estragos y obligaban a ir de cacería. Entonces, matar a una onza era motivo de alegría. Desde la parte superior de la montaña se veía el Illimani paceño y caminando en línea recta hacia abajo se llegaba al río La Paz. Una de las diversiones de la parentela era sentarse en una de las dos piedras gigantes de la zona. Allí los mayores narraban historias del mágico mundo paceño, donde había radios, coches, y energía eléctrica.
En febrero, los niños huareños que cumplían siete años, viajaban dos días hasta Irupana para ir a clases. Retornaban a su terruño en vacaciones.
El comienzo del fin empezó en 1952. La revolución de Víctor Paz decidió darle tierra al que la trabajaba. Se oían historias de terror, de terratenientes colgados y familias muertas en la lucha por la propiedad de la tierra. Los nietos de Nicanor y Angélica fueron amenazados y decidieron dar batalla. Se parapetaron en sus patios a enfrentar su destino.
Armando Ortega, quien ya pasó la barrera de los 80 años y va despacio hacia los 90, recuerda que junto con su primo Benjamín pasó un par de noches armado y esperando a los campesinos que jamás llegaron. "Si íbamos a morir, íbamos a morir peleando", dice ahora al revivir aquellos días.
El acecho de los campesinos fue constante. Hubo un juicio que acabó dando la razón a los descendientes de Nicanor y Angélica... Pero no hubo paz para la familia, que decidió poco a poco dejar aquel suelo. Irupana fue el sitio elegido para continuar con sus vidas. De allí, muchos salieron a otras ciudades del país y del extranjero.
Hoy Vista Alegre de Huara se denomina simplemente Wara. Allí permanecen algunas paredes de piedra… puertas de madera que abren y cierran con dificultad. Por allí, recientemente, anduvieron Julio y Armando. Volvieron a la casa, a aquella que se levantó gracias a una historia de amor.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

El día en que Irupana se estrenó como municipio…

El acta de instalación del municipio de Irupana

El 10 de enero de 1875 fue un día de fiesta en Irupana: 50 años después de la creación de la República, el lugar se estrenaba como municipio, al ser creada la Tercera Sección de la provincia de Yungas, con capital Villa de Lanza.
Fue el presidente Tomás Frías quien promulgó la “Lei” –así está escrito- que dividía en tres secciones administrativas la rica provincia de Yungas, que tenía como capital a Chulumani y como Segunda Sección a Coroico. Ello ocurrió el 25 de noviembre de 1874, en la ciudad de Sucre.
Hasta casi el final de la época colonial, la región yungueña era parte del partido de Sica Sica. Es decir, el corregidor de aquel lugar era quien estaba a cargo de este extenso reparto. Fue cerca de la Guerra de la Independencia que se separó al partido de Yungas, debido a su importancia económica –fundamentalmente por la producción de hoja de coca-, territorio que fue la base de la provincia creada una vez instaurada la república.
Lo evidente es que su territorio era muy extenso, mucho más si se toma en cuenta que entonces la comunicación entre las distintas poblaciones se realizaba a lomo de bestia. 25 años después de la creación de Irupana como Sección Municipal, la provincia se dividía en Sud y Nor Yungas, esta vez por presiones de los poderosos cocaleros de Coripata, a quienes, sin embargo, tampoco les faltaban argumentos administrativos.
Pero volvamos a Irupana: “En la Villa de Lanza Capital de la Tercera Sección Judicial Municipal de la Provincia de Yungas a los diez días del mes de enero de mil ochocientos setenta y cinco años”, comienza el “Acta de Instalación”, la cual es la primera del nuevo municipio.
Según ese documento, fue una “Orden Suprema”, de 4 de diciembre de 1874, la que ordenó “la inauguración del Municipio” para el 10 de enero de 1875. Aquel día, la testera estuvo ocupada por el Corregidor Territorial D. Bartolomé Lizón, en representación del Sub Prefecto de la Provincia, los miembros de la primera Junta Municipal de Irupana: Pablo Rivera, Francisco Mendieta, Cayetano Aspiazu, Simón Belmonte y Camilo Unzaga, el juez de partido Escolástico Bustillos, el Párroco, Dr. José Manuel Aspiazu y el Diputado de la Provincia, Rómulo Román.
Luego de prestar juramento los flamantes munícipes y los alcaldes parroquiales, comenzaron los discursos: “Leyó el primero –el Corregidor- un luminoso discurso el que declaraba instalada la Tercera Sección Municipal de Yungas, que contestada en términos claros y concisos por el Presidente del Municipio; el Juez de Partido a su vez tomando la palabra con ideas brillantes manifestó la importancia y utilidad de la instalación y las ventajas que reportaba el pueblo con la erección de la Tercera Sección Municipal y Judicial, pasados los discursos oficiales se pronunciaron varios otros, notándose en todos ellos la mayor armonía, profusión, placer y gratitud por el inmenso beneficio que se había recibido”.
El acto oficial fue cerrado con la intervención del diputado Román, quien tuvo una “alocución llena de ideas filantrópicas, de progreso, liberalidad y entusiasmo”, según reza el Acta de Instalación del nuevo municipio.
Una vez concluido, todos los presentes se dirigieron al templo de la localidad “a dar gracias al Supremo Legislador del Universo”, donde se celebró una misa. “Oyéndose brotar de los labios del Digno Sacerdote, en la Catedral del Espíritu Santo, las palabras de unción, paz y confraternidad, vertidas en elocuentes y floridas preces; terminando esta augusta ceremonia con el sagrado cántico del “TE DEUM” que inspiraba mucha veneración y adoración al Altísimo”.
De esa manera comenzó la historia del municipio de Irupana, que, de acuerdo a la “Lei de 25 de noviembre”, tiene como capital a Villa de Lanza –nombre con el que fue bautizada el 3 de enero de 1827- y cuya jurisdicción se extiende a los cantones: Laza, Lambate y Taca.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Laza, nuestra tatarabuela…

Vista del actual centro poblado de Laza (Foto: Juan Adolfo Apaza)

Laza es la población más antigua de lo que hoy es el municipio de Irupana y una de las más veteranas de la región yungueña. Es más, era hasta bien entrada la etapa colonial lo que entonces se llamaba “doctrina” o lo que hoy se denomina parroquia, dentro de la administración eclesial.
El archivo del Arzobispado de La Paz consigna muchos documentos en los que Laza aparece como cabeza parroquial, al mismo nivel que Chulumani, que es la jurisdicción con la que colinda. Irupana aparece nombrado, pero como parte de ese territorio administrativo de la Iglesia Católica.
Ya en 1943, el irupaneño Leonardo Guzmán, director de la revista “Acción y Progreso”, publicó una versión del religioso franciscano Nicolás Armentia quien, en su calidad de obispo, habría realizado una visita pastoral a la parroquia de Irupana, en 1903, en la que pudo constatar la antigüedad del mencionado poblado.
“Según las investigaciones que he hecho, ella ha sido erigida a mediados del siglo XVII, o sea el año 1646, un 29 de junio, llevando por ello el agregado previo de San Pedro. Su fundación ha obedecido al descubrimiento de ricos yacimientos de oro en ‘El Encanto’”, afirma la mencionada publicación.
De acuerdo a la versión del religioso, además de la riqueza minera, los españoles que se asentaron en el lugar lo hicieron con el objetivo de cultivar productos agrícolas, tarea que fue realizada por los esclavos africanos que llegaron junto a ellos.
Pablo Fernández, un religioso de la orden de los Recoletos, menciona como muestra de la pasada grandeza de Laza su templo y su casa convento, los que fueron destruidos por un incendio, dando lugar a la pequeña capilla que ahora tiene.
¿Dónde estaba edificada semejante infraestructura en la explanada donde está ubicado el centro poblado de Laza? El sacerdote agustino holandés Wigberto van Zuylekom, quien desde los años 40 trabajó en las parroquias de Irupana y Chulumani, afirma que el templo y la respectiva casa se levantaban sobre los terrenos en los que hasta hace años estaba la cancha de fútbol y ahora se yergue la plaza del centro poblado.
“Laza, que era antes la residencia del vicario foráneo, ha degenerado hasta ser un pueblito de unas 30 familias. El templo anterior ha sido desmantelado y un templo nuevo fue construido con una sola habitación para el párroco. La iglesia está en buen estado, muy decente, justamente se estaba arreglando la sacristía. El terreno del templo antiguo ahora es cancha de fútbol”, relata según la versión recogida en el libro “Memorias de los agustinos holandeses en Bolivia 1930 – 1995”.
¿En qué momento San Pedro –que según Armentia era el patrón del lugar- fue reemplazado por el Señor de la Exaltación? Según se sabe, en la época colonial fueron traídos desde España tres imágenes del Cristo crucificado. Una de ellas fue consagrada en el templo de Ocobaya, la otra en el de Laza y la tercera estaría en alguna población del sector de Lambate. Sin embargo, aún resta investigación archivística para establecer las causas que llevaron a mover la fiesta de Laza del 29 de junio al 14 de septiembre.
Pero hay muchas otras preguntas sin respuesta: ¿Cuáles fueron las razones por las que Laza perdió la importancia que tenía en el pasado? ¿Por qué el centro neurálgico del sector fue transferido a Irupana?
Ya en 1781, durante el levantamiento indígena de Tupaj Katari, Irupana era considerado un punto estratégico por su conexión con la provincia Inquisivi, tanto que todos los españoles de la región se concentraron en el lugar y fueron parte de un éxodo hacia Cochabamba. La importancia que algún día tuvo Laza ya era historia…

miércoles, 15 de agosto de 2018

“En La Plazuela tenemos al poderoso Strongest…”

El equipo de La Plazuela de comienzos de los 60. Parados: Pascual Salazar, Antonio Navarro, (NN), Florencio Flores, Amorín Zalles y Camacho. Abajo: Pascual Flores Walter Terán, Fernando Zalles y Julio Pinto
El día en que Walter Terán compró un juego de camisetas atigradas para el equipo de La Plazuela ni se imaginó que estaba pintando los colores de uno de los mejores representativos de fútbol que tuvo el municipio de Irupana.
Él había nacido en la población de Saya, municipio de Cairoma, provincia Loayza, donde el equipo vestía los colores del The Strongest, de La Paz. Luego de prestar su servicio militar, en 1956, se asentó en La Plazuela, donde el fútbol era ya la principal distracción.
“Aquí el color había sido blanco, creo que con bando rojo, mi pueblo, Saya, era estronguista, he ido a La Paz y he comprado las camisetas del Strongest, desde entonces esos han sido los colores de nuestro equipo”, relataba orgulloso don Walther, quien falleció el año pasado.
En esa época, La Plazuela no tenía mucha población. Hasta antes de la Reforma Agraria, firmada en 1953, el lugar era de propiedad de la familia alemana Stephan, que se dedicaba a la producción de caña, la que era destinada a la elaboración de alcohol. Luego vino el fracaso de la producción de paltos para quedarse finalmente con los mangos.
Don Walter recordaba que, al principio, no tenían muchos jugadores, al extremo que necesitaban prestarse futbolistas para completar el equipo: “Jugaba Pascual Flores, Florencio Flores, su hijo de don Desiderio Fernández, Amorín Zalles, mi persona, Claudio Pinto, Bonifacio Saavedra, ocho nomas éramos. Nos ayudaban Pastor Manrriquez, y Camacho, de Pahuata”.
Pero a pesar de su escaso número, el equipo atigrado de La Plazuela ya era un rival de temer en los cotejos amistosos y también en los torneos intercomunales. En el lugar guardan aún el trofeo al primer lugar del Campeonato Campesino, organizado por la Alcaldía de Irupana, en la gestión de Leonardo Carrasco, a comienzos de los 60. Terminaron el torneo de manera invicta, siendo únicamente el equipo de Capani el que pudo arrancarles un empate.
Luego vinieron las nuevas generaciones de jugadores que fueron de los mejores equipos que se recuerden en los torneos anuales que se organizaba en el campo deportivo de Churiaca, en Irupana. ¿Cómo olvidar los partidos frente a la poderosa Chicaloma?  Queda en el recuerdo las innumerables finales que han tenido como protagonista al equipo de la playa del Río La Paz.
Futbolistas de la talla de los Flores, los Castro, los Pinto, los Terán… Verdaderas familias dedicadas a darle buen trato al balón, que han ayudado a conformar equipos competitivos, pese a que La Plazuela continuaba siendo una población relativamente pequeña.
Sin duda, los hijos de Florencio Flores se encuentran entre los más destacados: Jaime defendió los colores del San José, de Oruro, y el Always Ready, de La Paz. Jaurry jugó en Chaco Petrolero para luego defender los colores de varios equipos potosinos que incursionaban en la Liga Profesional. Su etapa más brillante fue cuando jugó en filas de Litoral. Germán llegó a equipos de la Asociación del Fútbol de La Paz. Los nombres de los planteles donde jugo Nicolás, el menor de los Flores, lo dicen todo: Municipal, Litoral, The Strongest, Oriente Petrolero y Ciclón.
La Plazuela se ganó tal respeto en el fútbol yungueño que fue uno de los primeros equipos que, sin ser Capital de Sección Municipal, participó en el torneo interyungueño, siendo uno de sus grandes animadores. Es de esas épocas el doloroso accidente que sufrió la población, cuando se embarrancó el camión que transportaba a jugadores e hinchas al torneo que se jugaba en Coripata, el año 1990.
Este centro poblado del municipio de Irupana es conocido por la calidad de sus mangos, pero hubo una buena época en la que fue igual de reconocido por la calidad del fútbol que se practicaba en su pedregosa cancha.

miércoles, 25 de julio de 2018

Irupana es más vieja de lo que decimos…


Este documento que se encuentra en los archivos del Arzobispado de La Paz es de junio de 1717 y dice claramente: "Pueblo de Irupana"
Cual persona cuarentona, los irupaneños e irupaneñas le hemos rebajado la edad a nuestra población. Decíamos que fue fundada en 1746 y que, por lo tanto, en 2016 cumpliría 270 años de vida. Pero es mucho más vieja: Una rápida búsqueda en el Archivo del Arzobispado de La Paz nos permitió encontrar una mención sobre Irupana en el mes de junio de 1717, casi tres décadas antes del año en que supuestamente fue fundada.
Que sepamos, nadie de las actuales generaciones ha visto el certificado de nacimiento de Irupana. Es más, quien afirmara que es del año 1746, don Leonardo Guzmán -director de la revista Acción y Progreso, que se publicaba en los años 40, del pasado siglo-, tampoco realiza una afirmación taxativa de que este documento exista.
“Hemos llegado a establecer, sino con exactitud, al menos aproximadamente”, explica Guzmán, al asegurar que, junto al obispo e historiador Nicolás Armentia, realizó pacientes investigaciones, el año 1903, en el Archivo Parroquial que “aún debe existir en Irupana”. Ellas le habrían permitido asegurar que un grupo de españoles se asentó en Irupana dos años antes de su fundación, atraídos por su riqueza minera.
Pero la lógica cuestionaba la fecha: ¿Era posible una fundación tan tardía, tomando en cuenta que otras poblaciones como Laza o Chulumani existían muchísimo antes? Las investigaciones sobre el levantamiento de Tupac Katari muestran que Irupana, ya en 1781, era el principal asentamiento español de la región. ¿Pudo acaso constituirse un centro poblado tan importante en apenas algo más de tres décadas?
Las dudas fueron alimentadas por una conversación con el padre Alberto, actual párroco de Irupana, quien aseguraba que vio, en algunos libros sobre la historia de la Iglesia paceña, el nombre de nuestra población mucho antes de la mención al año 1746.
Había que buscar la historia de la parroquia de Irupana y, para hacerlo, era fundamental revisar los archivos del Arzobispado de La Paz. Gracias a la comprometida colaboración de su responsable, el profesor Norman Reyes, fue posible establecer lo siguiente:
  • Laza es mucho más antiguo que Irupana. Es más, era la “doctrina” o lo que hoy conocemos como la parroquia de la zona, se dice que su iglesia, con estilo colonial, sufrió un incendio que la destruyó por completo.
  • Hemos encontrado una referencia sobre Irupana con fecha 20 de junio de 1717. Se trata de una visita del obispo Matheo de Villafane a nuestra población. En nuestro criterio, esto echa por tierra la hipótesis de la fundación en 1746.

Entonces, ¿de dónde sale el año 1746? No creemos que sea un invento gratuito de Leonardo Guzmán o, menos aún, de Nicolás Armentia, cuyos aportes sobre las tierras bajas del país son fundamentales para la historia de Bolivia.
¿Es acaso, 1746, el año en que se traslada la sede de la doctrina o parroquia de Laza a Irupana? ¿O se trata de la gestión en la que los colonizadores españoles reciben la encomienda real correspondiente para explotar la riqueza minera de la zona? Es necesario seguir investigando, pero lo que podemos asegurar por ahora es que Irupana tiene más años de los que le hemos achacado hasta este momento…
Irupana, agosto de 2016

lunes, 19 de septiembre de 2016

Aldin Abalos Bustillos, un árbitro irupaneño en las grandes ligas


Partido entre Real Potosí y Bolívar, Aldin Abalos a lado del celeste Wálter Flores


Desde niño, Aldin Pedro veía a su tío Haiver Abalos arbitrar partidos de fútbol. Le gustaba la forma en que se movía por el campo de juego, la autoridad que imponía durante el partido. Pero, como gran parte de los chicos de su edad, él soñaba con ser un gran jugador de este deporte, ¿cómo iba a imaginar que su tío le estaba mostrando el camino para llegar a las grandes ligas?
Luego de salir bachiller en Irupana, se fue a Santa Cruz para vivir con su madre, Irma Bustillos. Ahí también practicaba el fútbol, como lo hacía en Churiaca durante los años de colegio. Hasta aquel día en que su tío, Carlos Paredes, le comentó que la Asociación Cruceña de Fútbol (ACF) estaba organizando unos cursos para las personas interesadas en incursionar en el arbitraje.
Lo primero que hizo fue llamar a su tío Haiver, su gran referente en lo que a arbitraje se refiere. Éste lo ánimo a inscribirse, le dijo que el referato es muy lindo si uno sabe asumirlo con responsabilidad. Aldin Pedro no lo pensó más.
En 2009, luego de vencer el curso que duró casi un año -en el que les enseñan sobre la reglamentación de este deporte y su aplicación, pero también les dan clases de Sicología- comenzó a hacer sus prácticas en los torneos que organiza la ACF. No tardó mucho en mostrar que tenía talento, es así que lo designaron para ser árbitro asistente para la final de la Categoría B y luego para la Categoría A.
Grande fue su sorpresa cuando, luego de esas actuaciones, recibió una llamada de Evert Aguilera, el responsable de árbitros de la Asociación, quien lo felicitaba por su desempeño y le decía que siga con el mismo empeño porque se van a abrir nuevas oportunidades.
Y las puertas de los estadios se fueron abriendo. En 2012, fue designado como árbitro asistente para el Campeonato Nacional Sub 17 que se desarrolló en Tarija. El reconocido Marcelo Ortube estuvo entre los inspectores de los jueces y valoró de forma positiva el trabajo desarrollado por Abalos durante el torneo.
En noviembre de ese mismo año recibió una nueva llamada de Aguilera en la que le preguntaba si no se animaba a ir de árbitro asistente a un partido de la Liga Profesional, en Potosí. “¡Claro que sí, profesor!”, alcanzó a decir y luego se quedó sin palabras. Más tarde llamó a su tío Haiver, a su papá, Pedro Abalos, que vive en Irupana. Había que contar la buena noticia.
Nacional Potosí enfrentaba de local a San José, de Oruro. Ese es un partido que no olvidará más, pues, era la primera vez que corría sobre la línea del campo de juego donde se enfrentaban dos equipos profesionales, a muchos de cuyos jugadores sólo había visto por la televisión.
La calificación sobre su desempeño fue buena, tanto que luego vinieron nuevos cotejos del fútbol rentado de nuestro país. Hasta estuvo de juez asistente en ese partido en el que Bolívar obtuvo el campeonato Clausura 2015, tras ganarle a San José.
A sus 26 años, Aldin Pedro ha hecho del arbitraje parte de su vida diaria. Dedica todo el fin de semana ya sea a los partidos de la Liga o a los del torneo oficial cruceño, mientras que el resto de la semana se ocupa de mantener el buen estado físico, requisito fundamental para los jueces actuales. “Nos hacen pruebas de suficiencia cuatro veces al año y uno no puede aplazarse, te suspenden de la actividad”, explica.
Uno de sus sueños es conseguir la certificación FIFA como árbitro asistente, eso le abriría la posibilidad de dirigir partidos internacionales. Quiere estar en partidos de torneos como la Copa Libertadores de América o la Sudamericana y, por qué no, alguna Copa América. Sabe que ello demanda de mucho trabajo, pero está consciente de que tiene la capacidad y el resto físico para llegar muy lejos corriendo a lado de la línea del campo de juego…

viernes, 16 de septiembre de 2016

El día en que el Mariscal Andrés de Santa Cruz gobernó el país desde Irupana


Dicen que, hasta antes de la llamada Guerra Federal (1899), la silla presidencial era, en realidad, la de la montura de un caballo: El primer mandatario del país gobernaba Bolivia desde el lugar donde se encontraba. Es así que el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana ejerció su mandato desde Irupana, el 9 de mayo de 1830.
El 24 de abril de 1830, el también designado “Mariscal de Zepita”, salió de la ciudad de La Paz rumbo a Chuquisaca, pero lo hizo a través de la vía que atravesaba Yungas, Inquisivi y el departamento de Cochabamba. Según el libro Monografía de Los Yungas, de José Agustín Morales, lo hizo con el objetivo de cerciorarse personalmente de las muchas necesidades de los pueblos transandinos.
Es así que, el 9 de mayo de 1830, tras llegar a Irupana, ordenó a la Prefectura del departamento de La Paz enviar vacuna fresca contra la viruela, además de un médico practicante para que la suministre a los niños y jóvenes que eran las principales víctimas de la enfermedad. Así también instruyó a los curas de la zona que propaguen la noticia de este beneficio durante sus sermones, con el objetivo de que la gente acuda para recibir la inmunización.
Santa Cruz y Calahumana debió de cerciorarse del mal estado de los servicios educativos de la región yungueña, tanto que en el mismo Irupana dispuso la creación de un impuesto destinado al sostenimiento de escuelas de la misma Irupana, Chulumani, Coripata, Coroico, Chirca y Pacallo. Gravó con un tributo de 4 reales sobre cada quintal de harina de trigo, 2 reales al de maíz y 2 reales de cabeza de ganado faenado para el consumo.
Si el tema de los caminos de la región yungueña es un problema ahora, imagine lo que pasaba hace casi 200 años. El Presidente ordenó la apertura de un camino entre Unduavi y Coroico, además de la refacción del de Yanacachi. Encomendó el primero de ellos al ciudadano Bernardo Gonzáles y el segundo al corregidor Eugenio de Montufar. Para cubrir el costo de ambos trabajos autorizó que ambos cobren para sí el impuesto de peaje por un tiempo de dos años.
El Mariscal de Zepita pasó luego a Cochabamba, donde permaneció un mes antes de llegar a Chuquisaca. A su arribo promulgó, el 6 de julio de 1830, el decreto que marcó el nacimiento de la que sería luego la Sociedad de Propietarios de Yungas, la organización que manejó los destinos de la región yungueña hasta 1953, cuando se decreta la Reforma Agraria.
Esta organización reunía a todos los propietarios de las haciendas de la región yungueña, era el verdadero poder local, tanto en lo político como en lo económico. La Sociedad administraba la mayor parte del impuesto que se cobraba a la coca que salía de la zona, el que era destinado principalmente a la apertura y mantenimiento de los caminos, aunque luego pasó a la atención de servicios tales como la salud y el agua potable.
La familia del Primer Mandatario era también propietaria de una hacienda cocalera en lo que hoy se llama Coroico Viejo, en el municipio de Coroico. Es decir, formaba también parte de la Sociedad de Propietarios de Yungas.
Unir Perú y Bolivia
Andrés de Santa Cruz y Calahumana fue presidente de Bolivia entre 1829 y 1839, dos años antes de alcanzar la primera magistratura del país, fue también presidente de la Junta de Gobierno del Perú. Su proyecto político más importante fue la consolidación de la Confederación Perú-Boliviana, con la que intentó unir a los dos países, como en las épocas en que ambos territorios eran parte del Virreinato de Lima, durante la colonización española.
Nacido en la ciudad de La Paz, el 5 de diciembre de 1792, hijo del criollo peruano José de Santa Cruz y Villavicencio y de Juana Basilia Calahumana, de una rica familia mestiza, descendiente de los incas, que tenían para sí el cacicazgo de Huarina, a orillas del Lago Titicaca.
Una de las apuestas de su gobierno fue el de la educación, además del establecimiento de escuelas, fundó la universidades Mayor de San Andrés, de la ciudad de La Paz, y la San Simón, de Cochabamba.
Viajó por todos los rincones del país, con el objetivo de enterarse personalmente de las necesidades regionales y locales, pese a las dificultades que –mucho más entonces- tenía Bolivia para unir sus distintas latitudes. Es así que estuvo en lugares tan distintos como el puerto de Cobija, en el Océano Pacífico, o la frontera con Argentina. Podemos imaginarlo con su caballo por los difíciles caminos de herradura de la región yungueña, al mando de toda su comitiva…

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Chura Team, músculos irupaneños para el fisicoculturismo nacional


Fernando, Rodrigo y Pedro, la disciplina es su característica


Los Chura, de Irupana, se han convertido en un referente del fisicoculturismo paceño y van camino de serlo también del nacional. Semejante logro lo han obtenido a punta de dedicación y sacrificio diario, en un deporte que exige disciplina a cada momento. “Para esto nadie nace, todos se hacen”, concluye Fernando, el principal responsable de que el culto a los músculos se haya vuelto la marca de toda la familia.
Fernando cuenta que, desde niños, a él y sus hermanos les gustaban las películas de Arnold Schwarzenegger y Jean-Claude Van Damme, actores que se caracterizan por su musculatura bien trabajada. Tras su retorno del servicio militar, comenzó a buscar un gimnasio con el sueño de llegar un día a alcanzar igual o mejor cuerpo.
No era una tarea sencilla, entonces no había tantos gimnasios en la ciudad de La Paz y los que existían eran relativamente caros. Pero, a pesar de esas dificultades, Fernando ya había comenzado a adentrase en ese mundo. Ofreció hacer reemplazos a los instructores a cambio de que le dejen utilizar sus instalaciones. Un curso en la Universidad Franz Tamayo le permitió consolidar sus conocimientos sobre esta disciplina.
Hasta que en 2011 se animó a estrenarse en el mundo de las competencias de fisicoculturismo. Es entonces que tuvo que poner a prueba su conducta y su vocación por este deporte. No pudo irle mejor: Alcanzó el Míster La Paz, nada menos que en su debut.
Para ese momento, sus hermanos Rodrigo y Pedro también se habían encaminado en el mundo de las pesas, los ejercicios y la buena alimentación. El primero tenía mayor apego por el kickboxing y habría seguido en esa disciplina si el boxeo no le metía un gancho. Le pidieron que sirva de sparring para un boxeador que tenía próxima una pelea, pero el ganador fue él. Llegó a ser Campeón Nacional de Boxeo en la Categoría Welter (69 kilos).
Sintió que en el país no iba a llegar más lejos en el deporte de los puños, debido a la falta de oportunidades, y había comenzado a trabajar como instructor en un gimnasio de la ciudad. Era el momento de cultivar los músculos, se preparó para la competencia de 2015 y logró el Míster La Paz.
Pedro, el menor de los tres, tuvo una carrera más rápida. Incursiona hace seis años en este deporte y en 2013 logró ser Campeón Nacional Juvenil. Acaba de ser el ganador absoluto de la Categoría Clásico del departamento de La Paz.
Pero contar su recorrido y sus logros es sencillo, trabajar esos músculos demanda de al menos nueve meses de vida disciplinada y muy sacrificada. En la primera parte deben ganar masa corporal, para lo cual requieren de buena alimentación y de suplementos alimenticios que sean rápidamente asimilados por el organismo. Luego entran a la etapa del marcado muscular y del secado, para que la piel se pegue completamente a la masa corporal. Las privaciones a las que se someten serían una verdadera tortura si no tendrían la convicción de que este es el deporte en el que se realizan.
“En unos dos o tres años vamos a llegar más alto, nuestros músculos van a estar mucho más maduros”, afirma Pedro, mostrando que aún hay camino por recorrer. Pese a que nunca bajan de los primeros lugares en los torneos nacionales, ellos saben que a ese nivel tienen todavía desafíos pendientes. Fernando quiere competir en noviembre en una competencia en Perú, país que se ha convertido en una potencia en este deporte. Sueñan con estar en los sudamericanos de esta disciplina y van en esa dirección…
Sus padres, Pedro y Angélica, están comprometidos con el logro de esas metas. Ella es la persona que ayuda con la dieta estricta, pero también con el control y la crítica permanente. No hay torneo al que ambos falten, entienden de este deporte como si lo hubiesen practicado durante toda la vida.
Pese a que han concluido estudios universitarios, saben que su futuro está ligado al trabajo físico: Son instructores en los gimnasios más conocidos de la ciudad. Al verlos es inevitable recordar a su abuelo Eulogio, a quien admirábamos en la calle Cochabamba, por la facilidad con que cinchaba su mula o cargaba y descargaba los productos que cultivaba… Es que estos músculos son “made in Irupana”.