jueves, 27 de enero de 2011

Una revolución que tardó en llegar




Nunca el silencio se había quedado tan mudo en Irupana. 9 de abril de 1952. La Paz era la violencia. El país estaba revuelto, mas los falangistas irupaneños diseñaban un dique para intentar contener el paso de la historia, mientras los movimientistas del lugar celebraban en silencio el acontecimiento.

Aquel día, la revolución nacional triunfó en todo el país. No en Irupana, que se preparaba para ser escenario de otro proceso tan difícil como el vivido en la sede de Gobierno.

El poblado yungueño tiene larga data reaccionaria. Ya en el tiempo en que los hermanos Lanza paseaban sus afanes libertarios por estas tierras, Irupana había dado cobijo al obispo La Santa para que instale su cuartel en el lugar.

En 1952, los hacendados y sus grupos de choque estaban dispuestos a mantener el statu quo. Había que abortar cualquier embrión revolucionario entre los peones de las haciendas.

Manuel Gutiérrez tenía apenas 17años cuando asistió al Primer Congreso Indigenal, en 1945. El presidente Gualberto Villarroel había reunido a los indígenas de todo el país. Era la primera vez que La Paz veía tantos indios juntos. Más tarde, los liberales pasarían la factura de la horca al mandatario por haber tenido la osadía de eliminar el pongueaje.

El joven Manuel había escuchado la convocatoria en el bando leído por Francisco Castro en una de las esquinas de Irupana. La noticia subió y bajó las interminables graderías de cocales de la zona. Era el Presidente el que los convocaba.

Alrededor de 80 indígenas del lugar decidieron dar la cara, desafiando a los liberales del centro poblado, quienes ya entonces transitaban hacia el falangismo. Los Loco Pallapallas de Irupana quedaron en la memoria de quienes se habían dado cita en el estadio Hernando Siles, sede del Congreso.

En la memoria del joven Manuel quedaron grabadas las palabras del presidente Villarroel, cuando anunció la eliminación del trabajo obligatorio para el patrón y autorizó la libre circulación de los indígenas por todas las ciudades del país.

La semilla revolucionaria había caído en tierra fértil. Los aimara retornaron conscientes de lo difícil que sería implementar las nuevas medidas en Irupana, pero decididos a hacer lo posible para que se cumplan.

Pero las esperanzas indígenas se toparon con la horca. El 21 de julio de 1947, una turba enardecida asaltó Palacio de Gobierno, victimó a Villarroel, lo lanzó desde los balcones y lo colgó en uno de los faroles de la plaza Murillo. El coroiqueño Tomás Monje lo sucedió en el cargo hasta que fue elegido Enrique Hertzog, quien dimitió y dio paso a Mamerto Urriolagoitia.

Los hacendados yungueños estaban ensañados con quienes habían comenzado a abonar las ideas revolucionarias. Julio Pinto, Francisco Callisaya y Justino Ramírez fueron detenidos y trasladados a Chulumani, Coripata, Coroico y La Paz, hasta recalar en la isla de Coati, en medio del Titicaca, donde estuvieron confinados por más de dos años.

Pero no lograron confinar el deseo de tierra y libertad. Los peones de la hacienda de Francisco Coca Jiménez, ubicada en K’illi K’illi, se reunían después de las 21:00, protegidos por las sombras de la noche en algún patio de P'ampasi. Era una extraña organización que sólo contaba con un vocal, quien se encargaba de recorrer todas las casas para anunciar el día, hora y lugar de los encuentros.

Y llegó el 9 de abril. Las ganas de festejar la irrupción de la revolución en La Paz debían ser reprimidas, postergadas, pues el centro poblado era aún el reino de los falangistas.

Las reuniones de los indígenas se intensificaron, pero con la misma cautela de antes. Los hacendados tenían gente infiltrada que les informaba de todo lo que ocurría. Irupana vivía bajo un virtual estado de sitio. Estaba prohibido que cuatro o cinco peones se encuentren reunidos.

Pinto, Callisaya y Ramírez retornaron al poblado con más ganas que antes. A ellos se les sumó Andrés Bravo, quien había ganado gran experiencia gracias a un conflicto que tuvo con el dueño de una hacienda cercana al centro poblado.

Ese conocimiento de las nuevas reglas de juego permitió a Bravo convertirse en el nuevo líder del movimiento, que continuó moviéndose en medio de las sombras de la noche.

Los falangistas seguían al mando de la población, para ellos no había revolución que valga. Designaban a las autoridades locales e imponían las normas de convivencia. Quien se atrevía a violarlas se topaba con sus grupos de choque. En un intento por controlar la situación, el nuevo Gobierno envió detectives de la nueva fuerza policial.

En marzo de 1954, dos años después del triunfo revolucionario, irrumpe en la historia de Irupana el sindicato campesino de Santa Ana, que agrupaba a K’illi K’illi, San José, Huayruru y otros asentamientos aledaños.

Jorge Villanueva y Gilberto Paredes se encargaron de posesionar al nuevo directorio, encabezado por Andrés Bravo. El delegado de la Confederación Nacional de Campesinos, Lino Torres, fue testigo de la formación de la nueva organización sindical.

Pero los problemas estaban lejos de acabarse. Los falangistas no cederían con facilidad su territorio. Con el reconocimiento del nuevo sindicato las fuerzas se equipararon. Llegaron incluso al enfrentamiento armado, escaramuzas de las que resultó herido de muerte un personaje conocido como el Chirqueño, líder de la Falange Socialista Boliviana en el lugar.

El movimiento campesino iba en crecimiento. Una delegación de la nueva organización de Santa Ana, encabezada por Andrés Bravo, organizó el sindicato Chicachoropata-Machacamarca y luego el de Maticuni.

En octubre de 1954 se funda la Central Campesina Irupana, dependiente de la Federación de Chulumani. Andrés Bravo pasa a ser dirigente de la organización que, en 1968, se convirtió en la Federación Especial de Trabajadores Campesinos de Irupana.

Aleccionados por su nueva organización, los campesinos comienzan a tomar al toro por las astas. Imponen la Reforma Agraria en las haciendas de la zona y se organizan. La revolución también comenzaba a tener vigencia en Irupana.

martes, 25 de enero de 2011

Una mujer de armas llevar


Ocupó el tercer lugar en un campeonato de tiro al blanco. Por si fuera poco, tocaba la mandolina en las estudiantinas carnavaleras y hasta faenaba ganado en pie, en la finca de su padre.

Arminda Arce Pabón se dio el gusto de competir, de igual a igual, en tareas tradicionalmente masculinas. Y no en los liberales años '90, sino en los conservadores '40.

Doña Arminda, una irupaneña que reside en Chulumani, tuvo que asumir eso roles obligada por las circunstancias. Sus hermanos no siempre podían cumplir con las obligaciones de la finca La Concepción, de propiedad de su familia, y no le quedaba alternativa.

La bala donde el ojo

Doña Arminda luce orgullosa, en una de las paredes de su domicilio, el diploma y la medalla por haber obtenido el tercer lugar en un certamen de tiro al blanco, en el que compitió con 83 varones.

Cada año, el Club Mindefensa, integrado por efectivos del Ejercito Nacional, visitaba Irupana para disputar partidos de fútbol y otras competencias deportivas, entre ellas las de tiro al blanco.

Sabedores de su excelente puntería, su padre y hermanos la animaron a participar de la competencia. "Me voy a abochornar", fue lo primero que respondió la joven, entonces con apenas 20 años.

Participó ante la insistencia de sus familiares, provocando la admiración y risas de los pobladores, que seguían con atención la competencia. Ella recuerda que, al final del certamen, muchos de los varones no sabían donde esconder la cara, pues la mayoría de ellos había impactado a varios metros del blanco.

Los únicos que lograron superarla fueron un señor de apellido Seleme y Pedro Paniagua, conocidos en el pueblo por su extraordinaria puntería. Pero si fue grande la sorpresa por el resultado, lo fue más cuando se negó a recibir el primer premio que pretendían entregarle los organizadores por el hecho de ser mujer."Denme lo que me corresponde, yo no quiero que me den otra cosa", exigió con firmeza.

Otra cosa era con mandolina

Cuando uno habla de las estudiantinas con los viejos y viejas de Irupana, inmediatamente salta el nombre de Arminda Arce Pabón. Fue la única mujer que, mandolina en mano, participó de estas orquestas carnavaleras.

Ella recuerda que aprendió a tocar instrumentos musicales gracias a sus hermanos mayores, quienes tenían habilidad para la interpretación musical. Comenzó con la guitarra, siguió con la mandolina y hasta sopló la zampoña.

"En un carnaval me dijeron: ¿usted no podría estar con nosotros (en la estudiantina)?, les dije, ¿por qué no?", recuerda con una sonrisa.

Participó de la estudiantina de "los arribeños" durante dos años consecutivos, los que fueron suficientes para que nadie olvide que doña Arminda fue la única mujer que compartió con los varones la orquesta carnavalera de Irupana.

A los toros, por las astas

Las habilidades "masculinas" de Arminda Arce no terminaron ahí. En la finca de su familia faenaba ganado en pie, tanto vacuno como ovino, con igual capacidad que los varones. Nadie la superaba en carnear chivos y corderos, tarea que era de su exclusiva responsabilidad.

También jugó fútbol en la pampa de Churiaca, aunque esta actividad fue realizada a nivel familiar.

¡Esas cuatro paredes!

Pero Cupido también tiene buena puntería. Se casó a sus 28 años con un vecino de Chulumani. Las habilidades de doña Arminda fueron archivadas para siempre en las cuatro paredes de la cocina.

Si la sociedad aceptó que la joven desempeñara tareas tradicionales de los varones era imposible que se lo permitiera a una mujer casada. "Además, vivía en Chulumani, en pueblo ajeno ya no se puede", ensaya un argumento para tratar de explicar las razones por las que tuvo que resignar las cosas que más le gustaban.

La medalla y el diploma que obtuvo en el campeonato de tiro al blanco parecen reclamarle por aquellos días en los que doña Arminda era una mujer de armas llevar.

Irupana, agosto de 1997

viernes, 21 de enero de 2011

El Dios de la Saya


Jesús. Sus padres lo bautizaron con ese nombre sin imaginar que su primogénito bailaría la saya como un Dios. Negra su piel, blanco su atuendo. Era el contraste que necesitaba para mostrar cómo cada uno de sus músculos se movía de manera autónoma apenas el golpe de las cajas comenzaba a tejer el ritmo de los afros de Bolivia.

La ceremonia comenzaba apenas levantaba el látigo y soplaba el silbato. Desde ese momento sus pies eran la vara que dirigía aquel concierto digno de cualquier selva africana. Era entonces que sus músculos cobraban autonomía, Cada uno se movía como quería, pero sin abandonar el ritmo impuesto por el retumbar de las cajas.

Nadie se atrevía a interrumpir aquel ritual. Su cabeza, sus hombros, el abdomen, piernas, rodillas, brazos… Era el alma que quería manifestar su amartelo por la tierra lejana de donde fue cruelmente arrancada.

Jesuco Pedreros fue el caporal de la Saya Gran Poder de Chicaloma durante 37 años. Hasta el momento de su llegada, el héroe afroboliviano de la Guerra del Chaco, Pedro Andaveris, había tenido ese privilegio. Los viejos integrantes de la agrupación se dieron cuenta de sus virtudes apenas éste se sumó a la agrupación. Don Pedro era un buen golpeador de cajas, razón por la que le cedió satisfecho el lugar de caporal. Es más, fue Andaveris quien le explicó su nueva función dentro del grupo.

La tarea del caporal en la antigua saya de Chicaloma no se limitaba a ser el centro de atención de los espectadores. Su actuación era fundamental para marcar el ritmo de la orquesta. Esa tarea era compartida con el ganghingo -la caja más pequeña- y la coancha o rejereje.

Jesuco llegó a la saya junto a su amigo, el ganghinguero Celso Jáuregui, en 1958. Los dos jóvenes se encargaban de marcar el ritmo para los experimentados golpeadores de la saya. Mientras Pedreros le ponía forma física al ritmo de la saya, Jáuregui tenía la misión de acercarse al percusionista que estaba fallando para darle sonido e introducirlo al pentagrama.

La ejecución de la saya es bastante compleja. Cada una de las cajas es golpeada en diferentes tiempos, los que unidos tejen el ritmo con el que bailan los afros asentados en Bolivia.

Los jóvenes de Chicaloma han heredado esa habilidad, pero los viejos extrañan la época en que se escuchaba como una verdadera orquesta. La falta de un buen tambor mayor, un ganghinguero y la ausencia de Jesuco Pedreros como caporal son vacíos difíciles de llenar.

Las voces agudas de las mujeres contrastaban con el sonido sordo que emiten las cajas al ser golpeadas. Ruth Jáuregui, una de las dos gemelas que integraban el grupo, dice que era el caporal quien les trasmitía entusiasmo y ganas de moverse.

Jesuco resistió al proceso de cambio generacional que vivió la Saya Gran Poder, pues era imposible encontrar alguien que baile mejor que él. Paseó su danza por diferentes escenarios del país: Estuvo en las famosas entradas folclóricas de Oruro y Urkupiña, además de haber visitado casi todas las festividades de las poblaciones de la región yungueña.

Tenía más de 60 años, pero su cuerpo parecía ignorar el paso del tiempo. Continuaba moviendo sus músculos con la autonomía y agilidad de siempre. Jesuco bailaba con los ojos abiertos, pero no miraba a ninguna parte. Era tal su grado de concentración que parecía fuera de sí.

Mas su corazón estaba cansado de latir al ritmo que le imponían las cajas. Tuvo un infarto en abril de 1995 que lo alejó de la saya y de la vida. Al fin y al cabo, para él ambas eran lo mismo.

Su sobrino Rolando Pedreros heredó los cascabeles de su tío, es el nuevo caporal de la Saya, aunque reconoce que está muy lejos de acercarse siquiera a la calidad con la que danzaba Jesuco.

«Nunca voy a hacerlo como lo hacía mi tío, nunca lo van hacer igual, él bailaba con calidad y talento, lo hago pero no igual ni mejor. Yo tengo más cantidad que calidad».

«Él le ponía más emoción con ese talento que tenía en su movimiento, en las figuras que demostraba cuando bailaba, sus inclinaciones, su forma de bailar, algo hemos rescatado, pero no todo».

Si existe el más allá, Jesuco debe seguir bailando la saya. Angel Pérez, Pedro Andaveris y Apolinar Medina, entre otros, debieron estar esperándolo para que se integre al grupo que hizo de la saya Gran Poder de Chicaloma una verdadera orquesta.

Irupana, agosto de 2001

miércoles, 19 de enero de 2011

Ha muerto el chiste




Sus velorios fueron convertidos en verdaderos festivales de la risa. Todos recordaban alguna broma, una actitud, una palabra, algún detalle que se volvía chistoso por el sólo hecho de pertenecerles. Y las sonrisas se mezclaban con las lágrimas, que manaban incapaces de aceptar la muerte de quienes habían nacido para alegrar nuestro paso por esta vida.

Nacieron en Irupana. "No sé, será esa sangre", ensayó una explicación uno de ellos cuando, todavía con vida, indagamos sobre las razones por las que su chispa se mantenía siempre viva.

Los tres pasaron su infancia en este poblado yungueño, pero luego partieron.

Dos de ellos alegraron las tensas y mortales arenas del Chaco, a las que veían con los ojos alegres con que veían la vida… y también la muerte. Decían que a. los "pilas" -paraguayos- les dispararon con "colgaditas", porque ni muertos se animaban a sacar la cabeza de las trincheras.

El otro desarrolló su juventud y parte de su vejez en La Paz, donde hizo el amor con la mitad de la gente, con la otra mitad no pudo porque eran hombres.

Los tres irupaneños del chiste" fueron el "Salamanca" Rocabado, el "Loro" Pabón y el "Cututu" Tapia.

El “Salamanca” Rocabado

Cayó preso en las arenas del Chaco y ni siquiera ese hecho arruinó su buen humor. Aseguraba que él había hecho patria hasta en el Paraguay. Cuando le preguntaban cómo, respondía: "¿De dónde creen que han salido los galarcitas", refiriéndose a los dos arqueros paraguayo-bolivianos.

Su parecido con el ex-presidente Daniel Salamanca le clavó el apodo, aunque Carlos Rocabado prefería que le llamen "Caparelli".

Contaba que en la Guerra, en pleno combate, se les acabaron las municiones, por lo que el comandante de Escuadra ordenó: “¡Todos, a las bayonetas!". Los soldados, consecuentes con la orden, abordaron las vagonetas para emprender el retorno.

Era el líder natural donde se encontraba, con los amigos en el bar, con los ex-combatientes en la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz o con los músicos cuando, mandolina en mano, organizaba las estudiantinas carnavaleras.

Los muchachos de entonces lo recuerdan cuando, con los alcoholes en la cabeza, los enfilaba y les decía que les iba a regalar dinero. Se colocaba tras ellos, les ponía como –condición no darse la vuelta hasta contar veinte, para desaparecer en el acto. .

De “duro”, caminaba por las calles de la población cantando a todo pulmón. Las puertas de las casas eran rápidamente cerradas para evitar el ingreso del "Salamanca", quien se daba permiso para ingresar absolutamente a todas.

El “Loro” Pabón

La esposa de don Alfredo estaba enferma. Los amigos pasaron a visitarla a su dormitorio y, vaya sorpresa, el Loro también estaba en cama. Ella se quejaba: ¡Ay! ¡Ay! Y él respondía: ¡No hay! ¡No hay!

Gran parte de su vida la pasó en Chulumani, donde gracias a sus chistes se convirtió en "el irupaneño, más querido por los chulumaneños". Su jovialidad no fue nunca informalidad, pues ocupó los cargos edilicios y políticos más importantes de la capital de Sud Yungas.

Cuentan que, precisamente en las calles de Chulumani, se encontró un día con una vecina, a quién preguntó de dónde venía. Ella le respondió: "He ido a agarrar huevos, pues, don Alfredo, bien caros habían estado". El "Loro" replicó: "Debías venir por la casa, pues hija, yo te hubiera hecho agarrar gratis".

Quién no quería tomarse un trago con el "Loro". Los minutos y las horas volaban al compartir con él la mesa, debido a que para cada conversación tenía un chiste, una salida. Aunque aseguraba que él "chupaba" únicamente con santos: "Con San Pedro, San Remo, La Concepción, etc.".

Alfredo Pabón vivía de su oficio de procurador legal o lo que en nuestros pueblos llaman "tinterillo", cargo que desempeñaba con reconocida capacidad. Sin embargo, ni siquiera ese serio oficio se libraba de las bromas de "Don Loro". Cuando elaboraba algún escrito y no había vuelto por el dinero pagado por el trabajo, él tenía la solución: aumentaba un Otrosí y asunto solucionado. "Cabal".

Era un católico acérrimo y combatía la presencia de las sectas religiosas con la misma simpatía. Un día le visitaron dos mormones, con claro acento norteamericano, los cuales se presentaron: "Señor, muy buenos días, somos misioneros...". El “Loro” los interrumpió haciéndose el sordo: "¿Qué cosa?, ¿prisioneros?, pero si ya acabó la guerra". Los mormones insistieron: "Somos misioneros de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días", a lo que él replicó: "¡Ah!, estos nuevoleros, yo soy de los santos antiguos".

Irupana lo vio nacer, pero Chulumani, su pueblo adoptivo, lo cobija hoy en sus entrañas. Su último chiste lo realizó noche antes de su muerte. Al escuchar que sus familiares y amigos pedían a las enfermeras del Hospital le presten todos los cuidados necesarios, les dijo: "Pídanles mas bien que se acuesten conmigo".

El “Cututu” Tapia

Recuerdo todavía el día en el que se paró a contemplarme cuando yo pasaba tomando de la mano a mi pequeña hija. Sonriente dijo: "Mira lo que se saca..., de lo que se mete".

Su risa delataba su presencia, pues, reía a carcajadas de los chistes que él mismo contaba. No debe haber persona alguna con semejante repertorio de chistes. Es cierto, muy poco regionales, debido a que gran parte de su vida transcurrió en la ciudad de La Paz, aunque eligió Irupana para sus últimos días.

Era el campeón de la carambola y era segura su presencia en los "billares" del Aspiazu. Con su pinta parecida a la de Siles Suazo, con gorra y todo, acaparaba la atención de todos, en las tranquilas noches de la plaza de Irupana. Entraba en los salones del club y saludaba: "Jódenes".

Contaba que un borracho, al salir de uno de los bares del pueblo, comenzó a molestar y perseguir a una de las beatas que se dirigía a la misa del domingo por la mañana. Una vez en el templo, el borracho se sentó en el asiento posterior al que ocupaba la beata y comenzó a imitar todo lo que ésta hacía. Hasta que llegó el momento de la comunión. El cura al darse cuenta de las travesuras del borracho decidió darle una goma de borrar en lugar de una hostia. De vuelta a su asiento, y con las naturales dificultades que tiene el masticar una goma de borrar, el borracho preguntó a la beata: "¿Señora, qué le han dado a usted?, a lo que ella respondió: "El cuerpo de Cristo, hijo". El borracho comentó:"A mi me ha debido tocar el pene, che, está bien duro".

Y la plaza no era su único centro de acción. Se lo encontraba también en el campo deportivo de Churiaca, con su saco al hombro, mirando el fútbol y jugando cartas con sus amigos. Recuerdo que llegaba y preguntaba: "¿A cuánto está el partido?". "Están empatando a cero, don Enrique" le respondían. "¿Y quién metió el primer cero?", replicaba.

Murió una noche de abril, después de su show diario de chistes y carambolas. Llegó a su casa y perdió la vida cuando desamarraba uno de sus zapatos para acostarse. El cura del pueblo, al momento de enterrarlo, dijo: "Murió con una sonrisa en la boca, consecuente con su vida, en la que únicamente nos regaló alegrías, nunca tristezas".

Irupana, agosto de 1994

martes, 18 de enero de 2011

Kunzel: El artista que ignoramos



Eran tan cercanos y tan distantes a la vez. Estaban y no estaban. Caminaban los dos, siempre los dos. Su olor a botica denunciaba su presencia. Los vi desde que tengo la bella, pero conservadora, capacidad del recuerdo.

Aparecían y desaparecían, como en los cuentos de aparecidos que contaban los abuelos, mascullando siempre ese extraño idioma que nadie entendía.

“Pórtate bien o te voy a regalar al Kunser", amenazaban las mamás a sus wawas, que tenían el temor heredado de la Alianza para el Progreso, por aquello de "gringa jeringa, mata la wawa ". ¿Quiénes eran ?

Fue un "miércoles de ceniza" que me dí cuenta de la existencia de un Cristo de madera en la parte delantera del Templo de Irupana. El cura ponía la cruz de ceniza en la frente y había que pasar a besar la parte baja de la inmensa escultura. "Ha hecho el Kunser", me respondieron cuando pregunté de dónde había salido la obra que cuestionaba mi corta existencia. La respuesta aumentó la fantasía que, en mi interior, habían formado los esposos Kunzel.

Fue en esos mismos años que, cazando pajaritos en las afueras de Irupana, me topé con un gran portón metálico, con una inscripción: "Samaraña". Cuando me enteré que ahí vivían los Kunzel me dije: "Aquí deben traer a las wawas" y me alejé del lugar de inmediato.

Con el tiempo me di cuenta que los dos, Werner y Ellen, eran simplemente una pareja de alemanes que decidieron gastar sus días en Irupana, convencidos de haber encontrado el paraíso que habían estado buscando, para vivir los dos, junto a su arte: la escultura y la música.

El paraíso en el camino

Corría el 38 cuando Werner llegó a Irupana. Tenía apenas 23 años. Uno de sus compatriotas que residía en La Paz necesitaba trasladarse hasta La Plazuela y le pidió que le acompañe. Días después él regresaba para quedarse a trabajar en la Hacienda de La Plazuela.

Werner se enamoró de Irupana y al regresar a Alemania, presionado por la Segunda Guerra Mundial, se fue con una decisión: retomar y quedarse para siempre.

En medio de los bombardeos y del odio de la guerra conoció al amor de su vida: Ellen. "Dígame, ¿a usted le gusta la música de Bach?" preguntó, al acercarse a la mesa en que ella se encontraba. "Sí", fue la respuesta, a la que él replicó: “Eso he pensado". Así comenzó esta relación "musical" que se desarrolló en Irupana y durará por siempre.

Pasaron los días y llegó el momento de la propuesta matrimonial: "Si quieres casarte conmigo, tienes que vivir en Irupana, Bolivia" condicionó Werner, y así fue.

El reencuentro con la madera

La llegada no fue fácil. Tuvieron que pasar por una serie de obstáculos para llegar hasta Irupana.

Llegaron con los "bolsillos agujeros" y comenzaron a trabajar, ella de profesora y él en lo que encontraba en el camino. Más tarde abrieron una Botica, la única del pueblo, que les dio la tranquilidad económica que estaban buscando.

Fue entonces que Werner retornó al combo y al cincel para hacer lo que siempre amó: la escultura. Pero no era suficiente, faltaba algo: el violín de Ellen que había sido destruido por los bombardeos de la guerra. Y se dedicó a fabricar violines, para tocar a dúo en sus inspiradas noches de "Samaraña".

Werner Kunzel tuvo una fructífera producción escultórica, especialmente de crucifijos, que hoy está repartida por diferentes regiones del país. Su compañera Ellen confiesa que su apego por los crucifijos se debe a la admiración que sentía Werner por Cristo: "(Para él) era lo más grande que podía haber".

El Cristo de Irupana

El Templo de Irupana se diferencia de los demás de la región yungueña por la escultura que salió de las manos de Kunzel. "Quería dejar algo en Irupana, que sea un recuerdo y también un agradecimiento a los que nos han recibido", recuerda Ellen.

Contrariamente a lo que parece, mirando detenidamente la obra, no es el Cristo crucificado. Por el contrario es "el Cristo que bendice y recibe con las manos abiertas, porque atrás queda la cruz" confirma Ellen.

La obra fue realizada en aproximadamente ocho meses de trabajo, cuatro de planificación y cuatro de ejecución, y está trabajada en madera mara, traída desde Santa Cruz.

El Cristo fue colocado en el templo de Irupana en 1968, gracias al apoyo de los sacerdotes agustinos

Lucio y Juan José, reemplazando de esa manera al antiguo altar.

Kunzel, sólo Kunzel

Kunzel expuso sus obras dos veces en la ciudad de La Paz. Prefería la tranquilidad de su taller al ajetreo de las exposiciones. "No buscaba ni la fama ni el dinero. Lo único que quería era dejar una obra", dice Ellen. La mayoría de sus trabajos fueron adquiridos por la colonia alemana en Bolivia.

En su taller todavía queda su último trabajo, un Cristo crucificado y los cuatro violines que fabricó para las noches musicales con su amada. Una ventana enorme para aprovechar todos los rayos del sol, las herramientas, el soporte para la madera a ser labrada, todo está intacto.

Al hablar de él, su compañera de toda la vida parece verlo todavía tratando de darle forma a la madera, mientras las herramientas parecen reclamarle por la presencia de las manos que las hacían útiles.

El ya no está entre nosotros. Dejó a Ellen, sus crucifijos, sus herramientas, su Samaraña y su Irupana, horas antes de la Noche Buena de 1993.

Todavía le recuerdo con su gorra de cuero y sus cerca a dos metros de altura, su olor a "botica" y hablando ese idioma que nadie entendía. Lo veo caminando, con su pipa en la boca, siempre junto a su amada Ellen y recuerdo al Cristo que cuestionó mis cortos días de existencia. Apago mi grabadora, miro a Ellen y me doy cuenta que, con nosotros, vivió un artista, el artista que ignoramos.

Irupana, agosto de 1994