jueves, 23 de diciembre de 2010

Zeballos todavía sueña...


El recuerdo es borroso pero se mantiene aún. Cursaba yo intermedio cuando lo vi por primera vez: la ropa apretada, el cabello a la antigua –totalmente para arriba- y una guitarra. Me dijeron que se llamaba Walter y era sobrino del Ballón, el carnicero del pueblo. “Uno más", pensé, nada extraordinario, hasta que comenzó a cantar...

Aventurero siempre, artista en sueños

El público lo aplaudía. Un escenario lleno de luces era el marco en el que cantaba. Junto a él se encontraban Javier Solíz y Luis Aguilar, luego se sumarían Rafael y Yaco Monti. Esos eran los primeros sueños del niño que cantaba en las horas cívicas de la Escuela y las misas de la Iglesia de Irupana. "La música la llevo en la sangre" se justifica Zeballos, quien no tuvo un padre a quien agradecerle por su aptitud musical y contó con una madre que gastó la vida entera trabajando.

Su sueño de ser artista profesional se cruzó a muy temprana edad con la aventura: "Dejé exámenes y desquites para cantar en La Chojlla”, recuerda, rememorando la época en la que formaba parte del "Trío los Huayc'os". Pero la aventura se apoderó de él alejando el sueño de ser artista profesional. Los grandes escenarios se convirtieron rápidamente en noches de serenata, fines de semana con amigos y hasta semanas íntegras con trago y canciones.

Paseó su voz por las cantinas de San Buenaventura, Villazón, Cobija y Tupiza. "Para conocer Bolivia me falta únicamente Tarija" recuerda, al contar que lo hizo sin un peso en el bolsillo y gracias a los amigos y la guitarra.

Varias veces estuvo cerca de llegar al profesionalismo y a depender económicamente de la música. Cuenta por ejemplo que, el día en el que con "Las Voces de Irupana" debía grabar su primer disco, él y Enrique Lizón -otra de las voces del grupo- se presentaron de ch'aquí y con la garganta totalmente cerrada. "Siempre pudo más la aventura", reconoce Zeballos, que escribió en esa época: "Mamá, gano con lo que canto", tras firmar su primer contrato de trabajo.

Tenía 17 años cuando le obligaron a dejar la ciudad de La Paz y, con ella, los amigos, amigas, guitarra y grupo. Fue Caranavi su nuevo destino. Allí debía sentar cabeza a lado de una de sus familiares."De nada vale que corras si el incendio va contigo", dice el refrán que resume la nueva vida de Zeballos. Rápidamente encontró amigos, con los que formó la agrupación musical "Los Cantores de Medianoche", especialistas en serenatas y maratónicas farras. Zeballos tuvo por siempre la sangre caliente. Prefiere el infierno porque en el cielo hace frío.

Los insomnios productivos

Revolcaba su cuerpo en su viejo catre; de aquí para allá, de allá para aquí. Lo recostaba unos segundos de barriga y otros de espalda. Del costado derecho pasaba al izquierdo. Cerraba los ojos y los volvía a abrir. Había todo, menos sueño. La cabeza estaba llena: problemas, amigos, en fin. El único que llegaba era aquel sueño que se alejaba: ser artista profesional. El por qué no pudo era la interrogante. ¿Qué falló? Tal vez la plata o los amigos, o las dos cosas juntas. Comprendió que Zeballos hay muchos y que había mucho por hacer. Plata no tenía, amigos sí y posibilidades de organizar festivales y eventos que permitan a los nuevos aficionados mostrarse, adquirir seguridad y, por supuesto, mayor calidad interpretativa. .

Era una noche primaveral del ‘75 la que Zeballos nunca olvidará. Revolcando de un lado al otro, abriendo y cerrando los ojos a la espera de que el sueño llegue, nacieron los Festivales Musicales. El reloj marcaba las 8 de la mañana. Si durmió o estuvo despierto no se sabrá nunca. Zeballos sueña, no me pregunten si duerme.

El primer sueño realizado

Trasteaban las maderas, sonaban los machetes, ordenaban las piedras, mil cosas por hacer. Zeballos y compañía decidieron realizar el Primer Festival Interyungueño de Música y Canto en lrupana. “Imposible”, decían algunos; “¿podrán?”, se preguntaban otros; "¡haremos!", los menos.

Noviembre del 84 quedará para siempre en el recuerdo de los irupaneños. Un grupo de locos: Zeballos, la Promoción, Los Inmortales, el Paredes, el Secretario del Colegio y alguno que otro orate inauguraban ante una gran cantidad de público la primera de las tres noches del Festival: participaban Coroico, Coripata, Chulumani y, por supuesto, lrupana.

Atrás quedó el viaje de Zeballos por cada una de las poblaciones yungueñas para promocionar el Festival. "En ese viaje no gasté casi nada", recuerda, al contar que sus amigos de cada una de las poblaciones le facilitaron la comida y el transporte. Otra de sus anécdotas es la que tiene que ver con la última noche del Festival:"Llovía torrencialmente sobre el abierto patio de la Municipalidad y nadie se movía para no perderse la presencia de uno solo de los artistas yungueños que se presentaban".

Un sueño se consolidaba, un sueño que nació en Caranavi y se realizó en lrupana. "Yungas, donde las aves cantan disfrutando de libertad", dice la más conocida de las canciones de Zeballos, que resume su fe en la integración de los pueblos yungueños. Él cree que los Festivales Yungueños pueden ayudar en esa tarea.

Todavía sueña

La verde pampa de Churiaca está en la tapa del disco que Zeballos grabó en sueños con el grupo Arrebol. Hoy parece estar más preparado para realizar este sueño. Pero sueña también con borrar la frontera entre Nor y Sud Yungas para unir a todos los yungueños. "¿Eres coroiqueño, no?", le preguntaron. "Yungueño", respondió Zeballos. "De cualquier manera tienes un lugar en el cementerio de Coroico", le replicaron.

Lo cierto es que Zeballos es irupaneño de nacimiento, yungueño de corazón y humilde de formación. Demasiado diría sobre lo último si se pudiera medir las humildades: Lo he visto echarse la culpa cuando lo atropellaban y dar el otro lado de la cara después de recibir una bofetada, sin por ello dejar de ser valiente: No le teme ni al hambre ni al frío. Sin embargo, sueña con una sociedad más justa, sin tanto egoísmo ni hipocresía. Con una varilla en la mano busca valores humanos entre tantas heces fecales. Sin duda, Zeballos todavía sueña.

Chulumani, Primavera de 1990

martes, 21 de diciembre de 2010

Irupana en pepas


Cuando eran niños, Jesús Chura y sus amigos gastaban las horas tratando de calar pequeñas canastas en las pepas de durazno. Era la época en que Irupana no se había enchufado aún al mundo de la televisión y la energía eléctrica era un lujo. Los niños tenían que aguzar el ingenio para entretenerse y hasta estaban obligados a inventar sus propios juguetes.

La tarea no era fácil, pues la semilla del melocotón es dura y vidriosa, prefería quebrarse antes que dar gusto a los caprichos de los ocasionales escultores. Pepas y más pepas se quedaron tiradas junto a los sueños y frustraciones infantiles. Casi todos fracasaron en el intento, excepto Jesús Chura.

Irupana ya había olvidado esa traviesa faceta de su rico pasado cuando Jesús la sorprendió instalando una muestra en plena plaza principal de la localidad yungueña. Hacía mucho tiempo que el escultor había superado el calado de las canastitas y, en silencio, había perfeccionado la técnica para darle forma a las pepas de durazno.

Arañas, cangrejos, alacranes, elefantes, tortugas y aves; una completa colección de la rica variedad de sombreros bolivianos; calaveras de todos los tamaños y formas, y hasta un perfecto rostro del Che Guevara pueden caber en una semilla gracias a la habilidad de la mano del artista.

El municipio yungueño debe ser uno de los más diversos del país. Comienza en las espaldas de los nevados Illimani y Mururata, y termina en los límites del tropical municipio de La Asunta. Semejante caída topográfica le permite producir desde papas, habas y ocas, hasta mandarinas, coca, naranjas y mangos.

Las comunidades de Vila Vila y Cieneguillas, ambas situadas por encima de los 2.000 metros de altura sobre el nivel del mar, son conocidas por su producción de duraznos, con buena carne y mucho jugo. “Y buenas pepas”, afirma Jesús Chura, quien está dispuesto a demostrar que la semilla del melocotón puede servir para sembrar un mejor futuro para los irupaneños.

La riqueza vegetal le da a ese poblado yungueño un gran potencial para la industria de la artesanía. El propio Jesús ha comenzado a trabajar con raíces, tallando figuras humanas e incluso maceteros para las plantas.

Gran parte del municipio de Irupana está certificado como ecológico. Los alimentos que se producen en su territorio prescinden del uso de los dañinos insumos químicos, lo que ha dado fama a su producción de café, amaranto, papa y cítricos.

El trabajo de Jesús Chura fortalece esa senda. Él considera que es en la naturaleza donde reside la riqueza de esa localidad yungueña y es un convencido de que se debe aprovechar, de manera sostenible, todo lo que ella nos da, incluso las pepas.

Entre el 19 y 31 de julio, el escultor expuso sus obras en el salón principal de la Casa de la Cultura "Franz Tamayo", de la ciudad de La Paz, generando elogiosos comentarios de los visitantes y de los medios de comunicación, que dieron amplia cobertura a la muestra.

"Quede maravillado cuando supe del tipo de trabajo que hacía Jesús, pero ahora, al ver la obra, lo estoy más, son verdaderas joyas", destacó Pedro Susz, el Oficial Mayor de Culturas y Comunicaciones del municipio paceño, durante el acto de inauguración.

La exposición es apenas una muestra del talento que está dormido en medio de cocales, huertos y cafetales de la región. Están esperando su turno “Papío” Suárez y sus tejidos en cuero, Ángel Clavijo con sus tallados en piedra pizarra y los hermanos Marca con sus maceteros fabricados en raíces.

Las pepas de Jesús Chura están comenzando a brotar. Son apenas las primeras hojas de un fértil almácigo que descansa en una de las pocas planicies de la región yungueña. Son el sudor de un pueblo que está decidido a crecer, sin perder la identidad que le dio esa rica mezcla de blancos, quechuas, aimaras y negros.

Irupana, agosto de 2004

jueves, 9 de diciembre de 2010

Cuando Laza era una de las principales capitales yungueñas


La población de Laza no es hoy ni la sombra de lo que fue hace más de tres siglos. Entonces, tenía alrededor de 10 mil habitantes, era sede de un obispado y escenario de un movimiento comercial extraordinario.

El director de la revista “Acción y Progreso”, el irupaneño Leonardo Guzmán, publicó en 1943 dos testimonios que pueden bien ayudar a comprender la importancia de esta población en el contexto yungueño.

El primero es el recogido del obispo de La Paz, Fray Nicolás Armentia, quien en 1903 realizó una visita pastoral y de inspección al Archivo Parroquial de Irupana. El religioso –de acuerdo a Guzmán- era un especialista en el campo de la Geografía y la Historia.

De acuerdo a las averiguaciones de Armentia, Laza fue la segunda población fundada en la región yungueña. “Según las investigaciones que he hecho, ella ha sido eregida a mediados del siglo XVII, o sea el año 1646, un 29 de junio, llevando por ello el agregado previo de San Pedro. Su fundación ha obedecido al descubrimiento de ricos yacimientos de oro en ‘El Encanto’”.

El religioso afirma que Laza tenía, además, una gran producción agrícola, gracias a que los primeros peninsulares –españoles- que llegaron al lugar incursionaron en grandes cultivos, para los que trajeron mano negra esclava negra del África. “Aún quedan dispersos en pequeños núcleos en todo Yungas, ostentando apellidos de los que fueron sus amos o patrones, como Deheza, Iriondo, Pinto, Medina, Jáuregui”, abunda.

Fray Pablo Fernández, de la orden de los Recoletos, da también su testimonio sobre la grandeza pasada de Laza: “Sus relaciones de comercio con poblados existentes hicieron que entre sus actividades urbanísticas ensancharan el trazado de sus calles por toda la planicie que es extensa, edificando el primer templo de Laza con su respectiva casa-convento, al que iban generalmente ancianos recoletos de Cochabamba y de La Paz”.

El templo y la casa-convento perecieron ante las llamas de un incendio, que dejó en pie únicamente las paredes. El templo actual fue construido luego, pero ya no responde a la época en que Laza era uno de los centros comerciales más importantes de la zona.

Leonardo Guzmán asegura que la prosperidad de Laza terminó alrededor de 1868, “comenzando su desintegración de valores morales y entrando de lleno a su decadencia”. Sin embargo, esta población del municipio de Irupana aún guarda rasgos de ese pasado altivo, esa época en la que era uno de los principales referentes de la región yungueña.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Del Chaco a Churiaca


Los jóvenes combatientes no habían terminado de llegar de las candentes arenas del Chaco cuando fundaron el club “Rafael Pabón”. La entidad nació el 6 de octubre de 1935, a menos de cuatro meses del cese de hostilidades firmado por Paraguay y Bolivia.

La guerra era una herida todavía sangrante y los jóvenes deportistas estaban marcados por la contienda bélica a la que los irupaneños habían acudido en masa. La muerte del aviador nacido en Irupana se había producido, en combate, apenas un año antes.

“Después de un cambio de ideas y por unanimidad de los concurrentes se acordó darle el nombre al Club de ‘Aviador Tcnel. Rafael Pabón’ honrando así la memoria del Gran Piloto As de la Aviación Nacional caído en defensa de la Patria en el Chaco ‘Florida’ el 12 de agosto de 1934”, reza la primera página del libro de actas que ha sido guardado celosamente por Yenno Soukup.

Eran días en los que Irupana no sabía si reír o llorar. Muchas de las familias celebraban el retorno de sus hijos, mientras otras lloraban a sus muertos. El poblado yungueño trataba de volver a su rutina, a aquella que había sido rota por los tambores del bando que convocaba a los reservistas.

Irupana resucitaba y los jóvenes estaban dispuestos a recuperar la alegría, a olvidar el rostro de la muerte, al que habían visto de cerca durante los combates en el Chaco. La práctica del fútbol era fundamental en esa terapia.

El nuevo club tenía como presidente titular a Alfredo “Loro” Pabón Guzmán; vicepresidente, Ángel Guzmán; secretario general, Pastor Salinas; de deportes, Daniel Gonzales; tesorero, Luciano Pérez; vocal de régimen, Francisco Castro; y capitán, Julio Pérez.

El Presidente fue designado en ausencia, pues, luego del armisticio, fijó su residencia en la ciudad de La Paz. “Se resolvió dirigirse por oficio a La Paz, al Sr. Alfredo Pabón G., haciéndole saber la designación de Presidente con que ha sido nombrado, debiendo luego también dirigirle un telegrama con el mismo objeto, a la vez debe enviársele una copia del acta de fundación”, consta en el libro de actas.

En la reunión del 17 de octubre de 1935 se informó que el socio Guillermo Reguerín fue el portador de los oficios enviados a Alfredo Pabón, quien no sólo aceptó la designación, sino también donó dos balones, “una nueva y otra usada, ésta para los entrenamientos, con sus respectivos bláderes, y la nueva para estrenarla en Todos Santos”.

El país había salido herido de la Guerra y su suerte estaba en manos de quienes habían combatido en el Chaco. La organización del nuevo club no había pasado desapercibida para la delicada vida política nacional.

“Se dio lectura a los telegramas cambiados con el Sr. Pdte. Alfredo Pabón G. respecto a la publicación aparecida en el diario “La República” de fecha 22 por la que hacían aparecer a nuestro Club con un programa con tendencias socialistas, a la que el Sr. Presidente hizo rectificar en la misma “República” del 23, cuyos recortes de publicaciones quedan en archivo”, registra el libro de actas.

De acuerdo al propio registro histórico, el otro club que existía entonces en Irupana era el Red Star, pues el acta de la sesión del 2 de noviembre de 1935 afirma que el mencionado equipo los invitó a jugar un partido de fútbol a las 16.00 de ese día.

En el acta de la reunión de 14 de agosto de 1937, se habla de los clubes Deportivo Irupana, Lanza, además del Red Star. Un conflicto en la Liga Deportiva de Irupana ocupó la atención de los socios del club Rafael Pabón que asistieron a la reunión de ese día.

El 15 de octubre de 1937 se funda el club Atlético Irupana, que es conocido aún en Irupana gracias al local que tiene en la plaza principal. El libro de Actas del “Rafael Pabón” no hace mención a ese equipo, como tampoco lo hace al Centro de Acción “Agustín Aspiazu”, fundado un 5 de mayo de 1944, por un grupo de profesores.

Fue durante la gestión de Leonardo Carrasco que la Alcaldía Municipal cede los terrenos en los que el “Agustín Aspiazu” y el “Atlético Irupana” construyeron su sede, a ambos costados del templo católico.

El acta final que aparece en el libro fue registrada el 15 de abril de 1945. En la presidencia del club “Rafael Pabón” reaparece Alfredo Pabón Guzmán, seguido de Lorenzo Arce, quien fue presidente en varias gestiones. Carlos Butrón dirigió también la entidad durante un período.

Yenno Soukup afirma que fueron los cambios políticos que vivía el país –antes, durante y después de la Revolución de 1952- los que partieron la unidad con la que los ex combatientes habían retornado del Chaco. La disputa por la tierra hacía imposible hasta la convivencia dentro de un mismo equipo.

Consta en actas la renuncia de algunos de los integrantes. Es el caso del movimientista Julio Pinto, quien funda el poderoso Unión Obrera.

El mismo libro de actas acunó también el nacimiento del club “Millonarios”, el 5 de junio de 1952, el cual fue presidido por Yenno Soukup, un inmigrante checo que hizo de Irupana su verdadera tierra. El nuevo equipo, que copió el nombre de un equipo colombiano, desapareció años después.

Socios fundadores del "Rafael Pabón"

Alfredo Pabón G.

Ángel Guzmán G.

Fermín Lara F.

Julio Pérez

Daniel Gonzales

Luciano Pérez

Alfredo López

Ángel Mostajo

Francisco Castro

Guillermo Reguerín

Alberto Monje

Raúl Pabón

Víctor Lizón

Alejandro Pérez R.

Gumercindo Bustillos

Francisco Suárez

Enrique Tapia

Víctor Mercado

Guillermo Cano

Moisés Bustillos

Carlos Butrón L.

Leonardo Carrasco

Arturo Archondo

Alberto Belmonte

Víctor Sánchez

Víctor Suárez

Tomás Ballón

Alfonso Vásquez

Ricardo Molina

Zenón Ibarra

viernes, 3 de diciembre de 2010

Un irupaneño fue el anti-héroe del mítico Che


“Inexperto seso-hueco de estrechas miras chovinistas”. Fidel Castro fue muy duro, pero se quedó corto. El resto de los adjetivos vociferados dejó más pequeño al diccionario “Larousse ilustrado”: traidor, cerdo, politiquero corrompido, desleal, cobarde… Y llegaron desde la izquierda hasta la derecha, desde Bolivia hasta los rincones más alejados del planeta. Pero tenían un solo blanco: el “Negro” Monje. El mito del Che Guevara acababa de nacer y –¡vaya dialéctica!- también su anti-héroe.

En 1964 terminaron 12 años de luna de miel movimientista. A René Barrientos Ortuño le quedó pequeña la silla vicepresidencial y no encontró mejor salida que ocupar la presidencial, sin importar que en ella se sentaba Víctor Paz Estensoro. Las botas volvían a pisar fuerte en Plaza Murillo. La actividad política -legal y clandestina- era febril en el país.

En el mundo no lo era menos. La guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética se calentaba cada vez más. En 1959, la “Revolución de los barbudos” irrumpe en las mismas narices del imperio estadounidense: Fidel Castro desplaza al dictador Batista y declara socialista a Cuba. La joven revolución cubana tenía el esperma urgente y pretendía engendrar a América Latina toda. La soviética, en cambio, había comenzado su etapa menopáusica, estaba por ponerse su condón diplomático.

Fidel y el Che habían comenzado a preparar la exportación de su exitosa aventura en Sierra Maestra. El guerrillero boliviano Inti Peredo, en su libro póstumo “Mi campaña junto al Che”, afirma que el comandante cubano veía con optimismo al Partido Comunista Boliviano (PCB) porque, a diferencia de los otros partidos comunistas del continente, era una organización con bastante sangre joven.

Y el irupaneño Mario Monje Molina era el Primer Secretario de aquella organización política. Es decir, el contacto imprescindible para dirigir el curso de la historia rumbo a la utopía socialista. Monje se alababa, donde y cuando podía, de su relación directa con los dos líderes cubanos. Carlos Soria Galvarro -el más importante investigador boliviano sobre la incursión guerrillera- recuerda que no era extraño escucharle decir: “Fidel me ha dicho: ‘oye, tú, Negro’”. Entonces, no imaginaba que, años más tarde, echarían sobre sus espaldas todo el peso del cadáver de la aventura del Che en Bolivia.

¿Conocía o no conocía?

Los documentos y testimonios de la época coinciden en que Mario Monje se reunió con Fidel Castro para hablar de “operaciones” que se realizarían en Bolivia. Lo que se discute es si el líder cubano le anticipó, en esos encuentros, su intención de instalar un foco guerrillero en el país.

Los dos coincidieron en que la lucha armada era la vía para tomar el poder por asalto. Se comenzó a aceitear los fusiles: grupos de jóvenes militantes bolivianos –entre ellos el propio Monje- viajaron a Cuba para recibir entrenamiento. Sin embargo, aún se discute sobre el tipo de acción bélica que acordaron.

Mario Monje –en un reportaje televisivo realizado por el italiano Roberto Savio- asegura que él manifestó su abierta discrepancia con la acción guerrilera. “Le manifesté (a Fidel) que no me inclinaba por el problema guerrillero y más bien sí me inclinaba por la insurrección o el levantamiento popular en este país”.

Las “operaciones” de las que habló con el presidente de Cuba no tenían –según dijo en una carta posterior a la publicación del Diario de Che- nada que ver con el foco guerrillero. “Pedía mi ayuda para garantizar el paso por Bolivia de un compañero que conocíamos los dos y de quien nadie podía poner en duda sus condiciones de revolucionario ni negarle el derecho de retornar a su país”. ¿Hace falta decir que se trataba del Che?

El dirigente boliviano asignó cuatro hombres para la operación. Años antes, había hecho lo propio para ayudar a comandos guerrilleros argentinos y peruanos, que fracasaron en su intento por subir el interruptor del foco guerrillero en sus países.

Estaba informado

Luego de burlar el cerco militar que terminó con la guerrilla, Inti Peredo “disparó” contra el líder comunista boliviano: “Monje estaba informado de la preparación del foco (guerrillero), y nueve meses antes del primer combate, en julio de 1966, ya estaba en contacto directo en La Paz con Ricardo y Pombo”.

No es el único que lo sostiene. René Olivares García –que fue parte del grupo boliviano que entrenó en Cuba, encabezado por Monje- afirma que fue él mismo quien les informó de las intenciones de los cubanos de comenzar en Bolivia la acción guerrillera: “Además, toda nuestra preparación era guerrillera, siempre fue en el monte”.

Peredo –en su libro póstumo “Mi campaña junto al Che”, sobre el que pesan algunos cuestionamientos- asegura que él nunca confió en la palabra del dirigente de su partido. “Mi desconfianza en la dirección del PCB se había ahondado por otra serie de conversaciones que había sostenido con él. Sin vacilaciones saltaba de un extremo a otro”.

No estaba informado

En su famoso diario, el Che no dice específicamente si Monje había sido informado o no sobre el plan cubano. Sólo hay algunas frases sueltas: “Falta averiguar la reacción de Monje”, afirma en su Análisis de mes, de noviembre de 1966. “Le pedí que no informara al partido hasta la llegada de Monje”, escribe en la primera página del texto. Mientras que en varios momentos expresa sus dudas sobre si éste se sumaría o no a su aventura.

Loyola Guzmán –del aparato de apoyo urbano a la guerrilla- escribió en la cárcel unos apuntes para uso interno que pueden ayudar a develar el misterio: “Cuando le comuniqué (al Che) lo dicho por Monje en varias oportunidades ‘que había sido engañado’, el camarada Ramón (ese era uno de los nombres de guerra de Guevara) respondió ‘en cierta manera, sí lo hemos engañado’”.

El Diario del Pombo –el comandante cubano que sobrevivió al cerco militar en el que murió el Che- da varios elementos: “Papi discute con Estanislao (el nombre de guerra de Mario Monje) la nueva situación creada de acuerdo con las orientaciones de La Isla. Se acordó ir de inmediato pues a la lucha armada, manteniéndose vigente el Plan del levantamiento general, pero a la vez organizar las guerrillas”. El apunte es del 28 de julio de 1966, en La Paz. Pombo es parte del grupo de avanzada que preparaba el escenario para la llegada de Guevara.

Al día siguiente, Pombo comunica al hombre de contacto con los combatientes peruanos –que se preparaban para recibir al Che en su país- “la decisión de nuestro gobierno de comenzar la lucha 1º en Bolivia y posteriormente en Perú, se le explica la cuestión de existir por el momento mejores condiciones en Bolivia”.

Sin embargo, el testimonio del guerrillero cubano muestra también los vaivenes de Monje respecto de la instalación del foco. Según Pombo, al enterarse del cambio de planes de la Isla, el dirigente comunista boliviano ofreció 20 hombres, en lugar de los cuatro comprometidos para la “operación” inicial. “En la noche visitamos a Estanislao (Monje) en su casa, allí Mbili le plantea la necesidad de que le diera algún personal adicional a los 20 que el había comprometido. Preguntó que cuáles 20 que no se acordaba de ese compromiso”.

El encuentro/desencuentro

1966 gastaba sus últimas horas. El esperado encuentro entre el Che y Monje se produjo aquel 31 de diciembre. Según Monje, el comandante guerrillero lo recibió asumiendo la total responsabilidad por el cambio de planes: “En realidad te hemos engañado”. Guevara ni menciona aquello: “Llegó el Médico con la noticia de que Monje estaba allí. Fui con Inti, Tuma, Urbano y Arturo. La recepción fue cordial, pero tirante; flotaba en el ambiente la pregunta: ¿a qué vienes?”

Ambos coinciden en que ninguno quiso ceder en el punto clave: quién tendría la voz de mando. Monje quería estar a cargo del mando político y militar, y si estaba a cargo sólo del mando político, éste debería estar por encima del militar. Guevara era tajante: “No podía aceptarlo de ninguna manera”.

El líder político boliviano creía que su certificado de nacimiento le daba ese derecho: “La revolución boliviana debería ser dirigida por los propios bolivianos”. Fidel definió la mirada del Che: “Y en este punto no estaba dispuesto a transigir, ni a entregarle a un inexperto seso-hueco de estrechas miras chovinistas el mando de un núcleo guerrillero destinado a desenvolver en su ulterior desarrollo una lucha de amplia dimensión en América del Sur”.

Dos caras, no Judas

Traidor. Ese debe ser el insultó que más escuchó el irupaneño Mario Monje Molina. El estudioso Carlos Soria Galvarro considera que “sería traición si Monje lo hubiera hecho venir aquí al Che y lo abandonaba”. En su criterio, se trata más bien de un “dos caras altoperuano”.

El ex militante comunista Ramiro Otero reclama otros parámetros para juzgar la actuación de los dirigentes del PCB. Plantea juzgarlos de acuerdo a los objetivos políticos e históricos, antes que por el hecho de si Monje se encontró con Fidel y habló de la instalación del foco guerrillero en Bolivia.

“Lo que Monje no sabía, señores, es que en esa entrevista del 31 de diciembre de 1966 estaba contribuyendo, con una llave, a ponerle cerrojo, por mucho tiempo, a la revolución en América Latina. Porque la derrota del Che, sin duda y desgraciadamente, significa la derrota de todos nosotros”, sentenció durante una conferencia de homenaje a los 20 años de la caída del Che.

En su defensa, Monje siempre argumentó que jamás estuvo de acuerdo con el foco guerrillero sino con el levantamiento popular. Pero olvidó sus profundas convicciones cuando le planteó al Che dirigir la aventura guerrillera que comenzaba en Ñancahuazu. ¿La guerrilla era buena si él la dirigía?

¿Qué pasaba si el PCB daba todo su apoyo? ¿El Che hubiera tenido éxito? “Es bien difícil decir esto”, responde Soria Galvarro. Se considera que la guerrilla hubiera estado menos aislada, gracias al apoyo urbano del aparato partidario. Un número mayor de combatientes se habría sumado, mejorando la fuerza y posibilidades de romper el cerco militar inicial.

Pero el brote guerrillero fue descubierto demasiado pronto. No habían pasado cuatro meses desde la llegada del Che cuando las fuerzas del orden comenzaron a husmear las posiciones subversivas. El 7 de octubre de 1967 escribió por última vez su diario y fue detenido al día siguiente. El 9 de octubre asesinaron al hombre y nació el mito que pervive hasta nuestros días. Ese mismo día también comenzó el calvario de su anti-héroe: Mario Monje Molina. Con estilo profético, el propio Che lo describió tras el fracaso de su entrevista con el comunista irupaneño: “Se fue con la apariencia de quien se dirige al patíbulo…”.

FUENTES:

SORIA GALVARRO, Carlos. “El Che en Bolivia. Documentos y Testimonios” Tomos 1, 2 y 4. Editorial La Razón (La Paz – 2005)

SAVIO, Roberto. “Che”. Video – Productora Arco Iris.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Elías Belmonte, el militar irupaneño que impulsó la primera nacionalización petrolera


“Serás servidor de tu patria”. El oráculo había marcado su vida cuando, todavía niño, Elías Belmonte Pabón le preguntó sobre la profesión que tendría. Desde entonces su existencia fue una incansable labor por hacer realidad el designio del vidente. La nacionalización del petróleo durante el gobierno de Toro, la revisión del Tratado petrolero con Brasil o la revisión de límites con Paraguay son apenas algunos hitos de ese vertiginoso camino.

Este irupaneño –nacido en 1905- fue un actor fundamental del escenario político boliviano durante la primera mitad del siglo XX, cuando el país -profundamente herido por la Guerra del Chaco- encendía la mecha de la revolución que explotaría en abril de 1952 y cambiaría Bolivia para siempre.

El campo de prisioneros de guerra de Cambio Grande, en Paraguay, fue la escuela política del joven oficial boliviano. La impotencia de ver a la patria derrotada, maniatado por las rejas que lo mantenían cautivo, generó una rápida y profunda toma de conciencia sobre los problemas del país, pero también sobre sus causas y soluciones.

Tras la conclusión de la “guerra estúpida” –como la bautizara Augusto Céspedes-, Belmonte no se quedó de brazos cruzados. Su liderazgo al interior de la logia militar Razón de Patria (RADEPA), sus planteamientos a favor del derecho boliviano a explotar sus recursos naturales y el ímpetu con el que defendía sus ideas nacionalistas, lo elevaron rápidamente a los más altos niveles de la política nacional durante el gobierno de Germán Busch, aunque también empujaron su estrepitosa caída.

Libertad entre rejas

Lo encerraron físicamente, pero no pudieron detener sus ideas. “Las penas que nos ahogaban no eran personales, ni sólo de los prisioneros en Cambio Grande. ¡No! Eran mucho más, eran penas de la patria toda. Nos dolía cruelmente la tragedia de nuestra madre común: Bolivia. Este fue el caldo de cultivo del que emergería un gran milagro”, rememora Belmonte. El milagro era RADEPA.

La logia militar Razón de Patria fue creada en abril de 1934, en pleno campo de prisioneros, por los oficiales Enrique Camacho, José Mercado y Elías Belmonte. Se reunieron, como lo hacían todos los días, pero esta vez querían pasar del lamento por la patria que se desangraba, necesitaban encontrar la manera de evitar nuevos desastres políticos que sigan empujando al país hacia el precipicio.

Desde el principio tuvieron claro que la nueva organización no podía ser el arma para llegar al poder. Esa era, precisamente, una de las causas por las que el país vivía de hemorragia en hemorragia. Es más, definieron que RADEPA debería garantizar la estabilidad de los buenos gobiernos para permitirles hacer gestión en favor de Bolivia.

Definieron cinco “Objetivos Nacionales Importantes”: Que la riqueza petrolera sea explotada por el Estado boliviano, reorganizar los mandos militares una vez finalizada la guerra, enviar jóvenes oficiales a escuelas de guerra de Europa, la creación de un ejército que se dedique a la producción y la construcción, y la apertura de una extensa red carretera que conecte todo el territorio nacional.

Una vez terminada la contienda, RADEPA comenzó a sentar sus reales en el corazón mismo de la institución militar. No se trataba de una agrupación masiva, sino más bien de una organización pequeña, de carácter secreto, que buscaba influir para que la institución armada trabaje para la consecución de los Objetivos Nacionales.

RADEPA comenzó a mover sus hilos durante el gobierno de David Toro y tuvo gran protagonismo en la administración de Germán Busch. Elías Belmonte junto a Gualberto Villarroél comenzaron a influir en la política nacional.

El petróleo, el primer objetivo

David Toro gobernaba el país. No era santo de la devoción de Elías Belmonte, quien siempre fue crítico de su desempeño durante la Guerra del Chaco e incluso de la forma en que manejó el país durante su gobierno. Toro –según testimonio del General irupaneño- le dedicaba más tiempo a la bohemia que a realizar una buena gestión de gobierno, actitud que también habría mantenido durante el conflicto limítrofe contra el Paraguay.

Germán Busch –uno de los militares más destacados durante las hostilidades- y el general Enrique Peñaranda –entonces comandante en jefe del Ejército- habían sido los principales sostenes del Golpe de Estado que llevó a David Toro al poder.

Fue el momento en que los “radepas” decidieron utilizar su fluida relación con Busch para conseguir su primer Objetivo Nacional: Que el Estado boliviano explote sus recursos petroleros. Gualberto Villarroel –más tarde Presidente de la República- y Elías Belmonte visitaron al militar cruceño para convencerlo de la necesidad de romper con la Standard Oil of Bolivia. “Busch nos escuchaba con mucha atención e interés y efectuó varias preguntas, algunas de las cuales insistieron en las regalías, por haberlas escuchado por primera vez”, recuerda.

Meses después, en marzo de 1937, Toro dictaba el decreto de caducidad de las concesiones petroleras que tenía la Standard Oil y Bolivia -cuyos habitantes habían defendido con su sangre el petróleo del Chaco- recuperaba la capacidad de explotar sus recursos energéticos.

Zancadilla a Toro y pie de gato a Busch

El 13 de julio de 1937, Belmonte es citado de urgencia por el coronel Busch al Estado Mayor: Toro había vuelto a sus andadas, hace dos semanas que había abandonado Palacio de Gobierno y se había trasladado a Urmiri, donde se divertía con sus amigos y amigas, descuidando sus funciones oficiales.

Una sección fuertemente armada debería ir al lugar para tomar preso y deportarlo, de inmediato, a Arica, Chile. Pidieron dos voluntarios para cumplir la orden, levantó la mano un Mayor de Ejército y luego el oficial de menor jerarquía que se encontraba en la reunión: “Un tenientito también levantó su brazo, era el mío”, señala Belmonte.

Pero cuando la sección se encontraba en El Alto comunican que la misión había sido cancelada y debía retornar de inmediato al Estado Mayor. Toro había vuelto al Palacio de Gobierno y estaba reunido con Peñaranda y Busch.

Belmonte destaca la gran capacidad natural de persuasión que siempre tuvo David Toro, la que le permitió influir en la oficialidad boliviana desde los tiempos de la guerra. La reunión con los militares más influyentes del Ejército boliviano no fue la excepción. Les convenció que él debería continuar en la Presidencia de la República y, para ganar el apoyo de todas las unidades militares del país, decidió mandar un telegrama pidiendo que cada oficial decida si él debe seguir o no en la primera magistratura de la nación.

La determinación fue comunicada por el General Peñaranda a los oficiales que permanecían reunidos en el Estado Mayor. Belmonte advirtió que se trataba de una trampa, pues, al estar el telegrama firmado por el propio Toro, ningún oficial iba a atreverse a votar por el alejamiento del todavía Presidente de la República. En el acto, el militar irupaneño rompió el telegrama y lo tiró al suelo.

Peñaranda y Busch retornaron a Palacio de Gobierno para comunicar a Toro la decisión de los oficiales, quienes permanecían reunidos en el Estado Mayor. Elías Belmonte estaba convencido de que Toro iba a utilizar nuevamente su capacidad persuasiva para no ser alejado del poder. Más aún, temía que desde la Plaza Murillo se disponga la detención de la oficialidad reunida.

Decidieron dirigirse al lugar y, prácticamente, tomar Palacio de Gobierno. Interrumpieron la reunión entre Toro, Peñaranda y Busch para ratificar la decisión de los oficiales. Nuevamente Belmonte tomó la palabra exigiendo la dimisión de Toro, a lo que éste respondió: “Mi teniente, no me levante la voz”. El militar irupaneño rebatió contundente: “Mi Coronel, no puedo pedirle como plegaria aquello que todos los oficiales exigen indignados: que usted deje la Presidencia de la República”.

Días después, Germán Busch asumió la Primera Magistratura de la Nación, a pesar de la prolongada resistencia de los “toristas”.

Ministro, por obligación

Pese al apoyo otorgado a Busch, los “radepas” habían quedado al margen del nuevo gobierno, tal como les imponía uno de sus principios: no participar directamente en la administración del Estado.

En abril de 1938, RADEPA se reúne de urgencia. Gualberto Villarroel se había informado de que el presidente Busch firmó un Tratado petrolero con el Gobierno de Brasil, cuyo contenido era peligroso para los intereses nacionales. Se entregaba de forma indefinida la mitad del territorio boliviano para que el vecino país explore y explote la riqueza petrolífera boliviana, dejando apenas migajas para el Estado nacional.

Belmonte fue comisionado por RADEPA para conseguir el Tratado y realizar un profundo estudio. Así lo hizo. El informe los dejó perplejos. Bolivia estaba a punto de perder en tiempos de paz lo que había defendido con la sangre de sus hijos. El autor del acuerdo era ni más ni menos que Alberto Ostria Gutiérrez, el hombre más experimentado de la diplomacia boliviana.

Nuevamente los “radepas” enviaron una comisión para reunirse con Busch, con el objetivo de advertirle del riesgo que el país corría. El Presidente, agradecido, pidió a Villarroel ayuda para superar el traspié, antes de que el documento sea público y llegue al Parlamento para ser refrendado.

Solicitó a Villarroel integrarse al Gabinete para ayudar en el debate y convencer a los ministros de modificar el Tratado. Villarroel se disculpó y sugirió que sea el Capitán Belmonte el que cumpla esa tarea, “quien además de sus cualidades de polemista, dominaba el problema del cuestionado Tratado”.

RADEPA obligó al militar irupaneño a ocupar las funciones de Ministro de Gobierno, cargo que Belmonte aceptó con la condición de que saldría del Gabinete apenas se modificaría el documento firmado con Brasil.

Al llegar al equipo de trabajo de Busch, Belmonte sintió en carne propia la forma distinta en que sentían Bolivia las dos generaciones que habían sido marcadas por el conflicto bélico con el Paraguay: Los que habían ido a la guerra y los que estuvieron lejos del campo de batalla; en sus palabras, “los nacionalistas y los colonialistas”.

El joven oficial tuvo entonces un violento choque con quienes –la mayoría al borde de la tercera edad- no habían percibido que el viejo país había muerto en las arenas del Chaco. La confrontación fue tal que Busch tuvo que pedir que Ostria Gutiérrez venga desde Brasil para debatir el convenio.

Belmonte expuso ante Ostria Gutiérrez y el resto del Gabinete, durante tres horas, las observaciones que tenía al Tratado. El diplomático pidió dos días para preparar su respuesta al cabo de los cuales se limitó a decir que no encontró nada en contra de Bolivia y que debía ser firmado de inmediato. El joven oficial reaccionó indignado: “¿Quién es usted para disponer a su estúpido arbitrio de las riquezas pertenecientes al país y a las juventudes del presente que las defendieron en la guerra, y de todas las futuras, firmando un tratado, en que, fuera de muchas otras barbaridades, no tiene ni la limitación de tiempo de duración?”. Acto seguido dio por terminada su intervención y amenazante tomó la puerta de salida.

Los ministros de Busch le cerraron el paso y le pidieron que se quedara. De inmediato se le solicitó redactar las correcciones que iban a ser planteadas ante Brasil y que el propio Ostria Gutiérrez se encargaría de tramitarlas. Así se hizo.

Luego logró apagar la protesta de Santa Cruz por la no aprobación del Tratado, fue enviado a Buenos Aires para negociar el traslado de los hitos fronterizos con el gobierno paraguayo y la salida al Río Paraguay. Sin duda, Belmonte ganaba poder al interior del gobierno y su situación se iba tornando incómoda, tanto para el Gabinete como para el propio Busch.

La ola de rumores de posibles golpes de Estado encabezados por el militar irupaneño, intentos de asesinato y otras confabulaciones lo pusieron en las puertas de Palacio de Gobierno.

“Esto no puede seguir más, se dice que todos comentan de que usted no es sólo el Ministro de Gobierno, sino también el de Petróleos, de Hacienda, Relaciones Exteriores… y que yo soy un estúpido y cobarde al que usted ha ganado la moral y ha convertido en el sillón presidencial sobre el que se sienta y hace lo que en gana le viene. Lo peor de todo es que dicen que usted confirma con palabras dichos comentarios”. El iracundo Germán Busch había decidido expulsar de su Gabinete a Elías Belmonte. Todos los intentos por explicarle la situación chocaron con un “!No deseo escuchar más!”.

“Estoy dispuesto a redactar mi renuncia”, facilitó y Bush respiró. El Presidente ordenó al Secretario redactarla de inmediato a lo que Belmonte respondió que no acostumbra firmar documentos que él no ha elaborado. “!Firma usted el documento o no sale vivo del Palacio!”, advirtió. “!Puede hacer lo que le de la gana, pero esté seguro que prefiero me saquen de aquí muerto antes que consiga usted cometa yo un acto de cobardía!”, replicó. “!Usted firmará!”, gritó Busch empuñando su pistola. “!Sepa que no tiene delante a un cobarde!”, respondió Belmonte empuñando su arma. El desastre se habría producido de no ser por la oportuna intervención de un ministro que se encontraba al otro lado de la puerta.

Elías Belmonte Pabón redactó y firmó su renuncia. Sus enemigos políticos habían comenzado a desplegar su plan de venganza, el que no se detendría hasta sacarlo completamente del escenario político nacional. El vidente que le pronóstico que iba a ser un servidor de la patria no le había dicho que cumplir el designio tendría semejante costo.

El “putsch nazi” o el Golpe de las bicicletas

La rebeldía y la defensa de la patria le pasaron una dura factura al General Elías Belmonte Pabón. Tuvo que vivir 34 años fuera de Bolivia, lejos de su esposa y su tres hijos, prohibido de vestir el uniforme militar y obligado a ganarse la vida como agricultor en España.

Su irreverencia con los sectores conservadores de la política boliviana no se iba a quedar impaga. La caída de Toro, la salida de la Standard Oil, la falta de respeto a la autoridad de Peñaranda, la vergüenza de Ostria Gutiérrez… Eran demasiados malos ejemplos como para dejarlos sin escarmiento.

Era la época en que el mundo hablaba a cañonazos, la Segunda Guerra Mundial teñía de rojo al planeta. Belmonte había sido sacado del país tras su violenta salida del Gabinete de Germán Busch. Su exilio dorado lo padecía en Berlín, Alemania, como Agregado Militar en la embajada boliviana. Era el lugar y el momento perfectos para cobrar la deuda y eliminar a la oposición interna.

El servicio de inteligencia de Estados Unidos descubrió en la valija diplomática alemana una carta enviada, desde Berlín, por Elías Belmonte al embajador germano en La Paz, Ernst Wendler. En ella, el oficial boliviano le decía que todo estaba listo para el Golpe de Estado contra el presidente Enrique Peñaranda, preparado con el apoyo del gobierno alemán. Belmonte llegaría a territorio boliviano en paracaídas y los militares de La Paz, Santa Cruz y Trinidad llegarían a Cochabamba en bicicletas, “ya que los automóviles y camiones son demasiado bulliciosos”.

Pese a la inconsistencia de los argumentos, el gobierno de Peñaranda, con el apoyo de Estados Unidos y los países aliados –enfrentados a Alemania-, rápidamente interpretó la carta como el intento de Hitler de expandir la guerra a Sudamérica. “Los diarios publicaron que el nazismo pretendía instalar en Bolivia ‘campos de concentración, torturas, cancelación de la prensa y del Parlamento, y el trabajo obligatorio’”, afirma el periodista Carlos Valdez, en un reportaje publicado en 2005. “El propio canciller de entonces, Alberto Ostria, escribió que los nazis habían escogido a Bolivia para dominar a Sudamérica”, abunda.

Gracias a la movida político-militar, los países aliados recibieron estaño y otros minerales nacionales a precios subvencionados por Bolivia, y se inició una violenta persecución contra los alemanes, en el país y en el continente. El gobierno de Peñaranda encontró la excusa para reprimir cualquier resquicio opositor, declarando estado de sitio en todo el país.

Al mismo tiempo, Peñaranda cobraba viejas deudas con el “oficialito rebelde” Elías Belmonte Pabón. Sin proceso previo, el oficial irupaneño fue dado de baja de la institución militar y se prohibió su regreso, incluso a cualquier país de Sudamérica. Vanos fueron sus intentos por desmentir la situación. Su suerte ya estaba echada.

Dicen que la mentira tiene patas cortas, también largas, pero las tiene. Décadas después de terminada la guerra, y cuando Belmonte, durante décadas, había permanecido encarcelado en el resto del mundo, un espía británico confesó, antes de morir, que la carta había sido falsificada por el servicio secreto inglés y colocada en la valija diplomática alemana.

Enterado de la situación, el Senado Nacional rehabilitó sus derechos ciudadanos en 1979, el presidente Wálter Guevara Arze le desagravió a nombre de la nación y las Fuerzas Armadas le reconocieron el grado de General.

A su retorno, los Peñaranda y los Ostria ya no estaban en el gobierno, pero habían logrado su objetivo: Sacar del escenario político a uno de los militares que se mostraba como el más influyente de su generación y se distinguía por su profundo amor por la patria.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Juan Barra sigue marcando goles para Chicaloma


Augusto Andaveris, Edgar Clavijo, Marcos Barra, Ubi Peralta… Chicaloma se ha convertido en el más importante semillero del fútbol yungueño, tanto que es la población con mayor número de jugadores en el torneo de la Asociación de Fútbol de La Paz y su primer equipo es frecuente finalista en los campeonatos interyungueños. ¿Quién riega el almácigo que está dando tantos frutos?: Juan Barra Foronda.

Su labor es silenciosa y la realiza desde hace muchos años. Nunca cobró un peso por ese servicio. Lo hizo impulsado por la satisfacción que siente al enseñarles a jugar a los niños y adolescentes de su población.

Juan jugó al fútbol durante su adolescencia y juventud, su puesto favorito era el de arquero. No era el más destacado entre los integrantes de la siempre competitiva Selección de Chicaloma. Pero seguro será recordado por el gran aporte que hizo al formar a las nuevas generaciones de futbolistas.

La faena de este director técnico comienza de madrugada. Vive en la parte baja del lugar en el que se encuentra el principal campo deportivo de la población y sus alumnos no le permiten faltar a los entrenamientos. “A las dos, tres de la mañana, ya me están gritando desde la cancha para que salga de mi cama y les entrene”. Más de 35 se reúnen a diario para recibir sus conocimientos.

El deseo de aprender es tal que los niños no quieren faltarse a un solo entrenamiento. “El otro día uno de ellos se rompió la mano por una mala caída. Le han masillado y pensé que no iba a venir. Igual apareció, lo puse de árbitro”.

Generalmente, las prácticas terminan entre las seis y las siete de la mañana. “Yo tengo que ir a mi cocal y ellos tienen que ir al colegio, si no continuaría el entrenamiento”, explica.

Juan recibe niños y adolescentes de entre siete y 17 años. En su criterio, esa es la edad en la que la persona puede adquirir mejor los conocimientos de la práctica futbolística. “Cuando llegan, toditos corren detrás de la pelota, los dos equipos se amontonan en uno sólo de los lados. Eso es lo primero que hacemos, enseñarles a que se ubiquen en el campo de juego”.

El formador chicalomeño les ayuda a descubrir el puesto para el que tienen mayor habilidad y luego comparte con ellos los recursos técnicos y tácticos que les permitan explotar mejor esa ubicación.

Cuando comienzan a hacer fútbol, los divide por edades para que los más menores no sean lastimados por los mayores. Ese es el momento en que comienza a ver las potencialidades de cada uno de sus pupilos. “En este momento tengo unos tres que van a dar mucho que hablar”, asegura y hay que creerle. Decía lo mismo de los Andaveris, Clavijo, etc.

Y una vez que los equipos comienzan a afianzarse hay que salir a las otras poblaciones yungueñas en busca de rivales, porque –al igual que los gallos- “los futbolistas se ven en cancha”.

Juan pide a los jugadores que pidan permiso y apoyo económico a sus papás. Si algún progenitor se niega, entonces él se encarga de tramitar la venia para que los chicos salgan a probar sus actitudes. No es extraño verlo los fines de semana caminando por diversas poblaciones yungueñas, seguido de sus alumnos.

Chicaloma también tiene un buen equipo de fútbol femenino. Juan Barra Foronda es también el director técnico del equipo de mujeres que, junto a los varones, participan de las visitas deportivas que hacen a otros cuadros de la región.

Sólo hasta los 17

Llegar a la dirección técnica de la Selección mayor de Chicaloma no es una cuestión que le quite el sueño a Juan Barra. “Yo los formo hasta los 17 años, luego, los chicos siguen su camino. Hasta esa edad pueden formarse, luego ya hacen todo lo que han aprendido”.

Sin embargo, acompaña al equipo mayor a todas sus presentaciones, especialmente a las del Interyungueño de Fútbol, en las que Chicaloma se ha convertido en un gran protagonista. Disfruta viendo jugar a quienes a ayudado a adquirir sus primeras armas en este deporte.

Juan no ha estudiado para asumir la dirección técnica, su formación es empírica. Comparte con sus alumnos todo lo que él ha aprendido dentro de la cancha y lo compartido por otros de sus antecesores en el fútbol chicalomeño.

Los resultados no han podido ser mejores. Sus alumnos han hecho de Chicaloma una verdadera potencia futbolística. Y no es que Juan haya inventado nada. El material humano estaba ahí, sólo hacía falta que venga el escultor a darle forma.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Un campesino verde


El chume es una maldición para los campesinos. No para Herminio Flores (en la foto, a lado derecho), un agricultor que ha encontrado la manera de sacarle provecho a la maleza, convirtiéndola en el abono que necesitan sus plantas para dar mejores frutos.

No es un campesino cualquiera. Sus compañeros de la comunidad de Tablería Baja también lo saben. Herminio tiene un profundo respeto por la tierra, a la que venera con su trabajo diario, cultivándola sin matarla.

Herminio nació en una comunidad campesina de Sorata, mas vive en Irupana desde que tenía tres meses. “Irupaneño nomás soy”, afirma y su profundo amor a la Pachamama yungueña lo ratifica.

Hace más de dos décadas que a Herminio le nació la conciencia ecológica. Cuenta que fue en uno de los cursos que ofrecía la institución Qhana en el centro de capacitación de Lavi Grande.

“Qhana nos decía que no se debe quemar, que se debe usar la madera para abonar el suelo, para mantener la humedad. Yo llegaba e informaba a la gente. Los compañeros no entendían, ellos afirmaban que se debe quemar para no perder tiempo, lo han seguido haciendo”, recuerda.

Herminio decidió demostrarles con el ejemplo. Mientras el resto atizaba, él se ocupaba de amontonar la hierba en uno de los costados de su chaco o preparar con tiempo el terreno para que la maleza se descomponga.

“Estás perdiendo el tiempo”. Esa fue la primera reacción que recibió de parte de sus compañeros, quienes seguían empeñados en exprimir los frutos de la fértil zona que les había sido entregada.

Los traspiés no desanimaron al agricultor. “Para la siembra de maíz preparo el terreno faltando nueve o 10 meses, ya no a la carrera, agarro y faltando 10 o nueve meses alisto el lugar donde voy a sembrar”, relata.

El resto de sus compañeros no hace lo mismo. Desmonta, le prende fuego, luego espera dos o tres semanas y siembra. Encima que quema todos los microorganismos que tiene la tierra, le entrega trabajo: reproducir las semillas.

Herminio ha hecho de su parcela una verdadera aula. Todos los días intenta aprender del comportamiento de la naturaleza.

Es costumbre en Yungas, desyerbar con chonta en los tiempos secos y sólo con machete en la época de lluvias. “Es al revés, en tiempo de lluvias hay que remover el suelo, hay que trabajar con chonta y en tiempo de secas, machete nomás. Porque la helada lo pesca y lo hace secar a la planta. Los productores piensan que en tiempo de lluvias con machete no va a levantar hierba, aunque levante, la clave es remover para que la planta reciba humedad y aguante los solazos que vienen después”, justifica.

Este agricultor tiene verdaderas lecciones de vida en su trabajo de investigación de la agricultura ecológica. Se ha sacado tiempo para encontrar las yerbas con las que los antepasados combatían las plagas e insectos dañinos, pues es un declarado enemigo de los insecticidas químicos.

Es así que, por ejemplo, ha erradicado el uso del tamarón en su cultivo de coca. Este veneno es utilizado por gran parte de los cocaleros yungueños que han encontrado en él a la mejor arma para combatir al hulo, una mariposa que se come las hojas del arbusto.

“Al principio estaba con caldos minerales, pero he conseguido esas yerbas, he hecho macerar durante 15 días, he recogido dos kilos de cáñamo, macaria, sacha y la sabila también, lo he machucado y lo he hecho macerar. Con eso he fumigado mi cocal y me va bien. He logrado reemplazar el tamarón”, afirma.

Y no sólo el tamarón. Ha hecho lo mismo para combatir las plagas que afectan al tomate, al igual que al principal enemigo de los cultivos de papa en Yungas: la putira. Todos sus productos en base a yerbas naturales o a mezclas de minerales que no son ofensivos para la tierra ni para el organismo humano.

La gomosis ha dado fin a inmensas plantaciones de cítricos en los Yungas, cuyos propietarios, en su desesperación, han recurrido a todo tipo de productos químicos para detener el avance del mal.

“En los cítricos, antes teníamos la criolla, pero la gomosis lo ha atacado. Ahora estamos con variedades mejoradas, a la cleopatara le he injertado limón. Luego lo ayudo amontonando maleza alrededor de la planta y le pongo riego para que se descomponga”, relata.

Flores ha disciplinado a su familia para que la basura –papeles, plásticos y envases- no sea votada en cualquier lugar. Esta es reunida en un solo punto para luego ser enterrada o echada en lugares que no tengan espacios cultivables, tales como los barrancos. “Tengo especial cuidado con las pilas, las reúno en unos bidones de plástico”, comenta.

Un desincentivo para la producción ecológica de Herminio Flores son los precios que ofrece el mercado para sus productos. Los cultivos ecológicos requieren de una mayor inversión de tiempo y al consumidor local le da igual comprar un alimento producido con químicos, que otro que no afecte su salud.

Aunque dice que también ha tenido muchas satisfacciones. Su organización económica, la Corporación Agropecuaria Campesina (CORACA Irupana), le ha enviado a varios encuentros de productores ecológicos del país, en los que ha ganado gran experiencia.

Además, él considera que su trabajo es a futuro, pues considera que la tierra de la que él goza debe beneficiar también a sus hijos, nietos, bisnietos... “Mis compañeros no piensan que ese terreno van a dejar a sus hijos, piensan en ahora, no se fijan en el porvenir de sus hijos. Otros dicen ‘si ya no sirve, me voy a otro lado’. Migrar es difícil, cuesta mucho”.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Sangre irupaneña para el muralismo boliviano


“Vas a morirte de hambre”. La sentencia del Director Distrital de Educación fue lapidaria cuando Vico Patana, entonces en Cuarto Medio, dijo que iba a estudiar Arte. Sus compañeros de curso habían elegido Derecho, Ingeniería o Economía, para beneplácito de la autoridad educativa. Pero mientras muchos de ellos murieron en el intento, el joven estudiante irupaneño es hoy un reconocido escultor.

Y no es que Vico Patana haya mostrado grandes aptitudes artísticas desde la escuela, todo lo contrario. Pagaba a su amigo Miguel Ángel Flores para que le dibuje los trabajos de la escuela, y fue al desquite en Artes Plásticas, cuando cursaba Tercero Intermedio.

Pero él recuerda que, desde niño, miraba la naturaleza con una sensibilidad distinta. Le llamaban la atención sus colores y formas, detalles que los otros no percibían. Era eso lo que le hacía asegurar que estudiaría Artes, pese a que sus manos aún no habían dado ni atisbos de su verdadero potencial.

Vico Patana tuvo que ir hasta Tupiza, en Potosí, para encontrar el cauce de su vida. Había terminado el cuartel y no quería volver a Irupana, no estaba en el camino de su búsqueda. Un tío lo invitó a buscar fortuna en esa ciudad potosina, pero él fue atraído por su cercanía con Argentina. Felizmente se tropezó con la Escuela de Bellas Artes que funciona en el lugar. Se inscribió, pasó clases un año, pero los docentes le hicieron notar que estaba en el lugar equivocado, que debería estar en La Paz, en la Facultad de Artes de la Universidad Mayor de San Andrés.

No le costó mucho vencer los siempre complicados cursos prefacultativos y comenzó su carrera universitaria. No fue fácil, como no lo es para una gran parte de los estudiantes yungueños. Sus papás apoyaban con la encomienda semanal: plátano, gualusa y hasta tomate. Su buen rendimiento le permitió postular, el segundo año, a la beca comedor, y desde el cuarto se hizo cargo de una ayudantía. Para entonces, ya sus manos habían comenzado a liberar toda la carga creativa que retenían.

Llegó el momento de elegir la especialidad. Eligió Pintura, pese a que su docente estaba seguro de sus aptitudes para la Escultura. “Recuerdo que incluso me votaba de sus clases, pero yo estaba empeñado en demostrarle que podía para la pintura”. El maestro no estaba equivocado, las manos de Vico Patana estaban hechas para modelar la pasta.

Aunque él también se siente capacitado para la pintura, tiene varias obras realizadas, pero es la escultura la que le da mayores satisfacciones. “La gente me contrata para hacer murales, debe ser que reconoce mi potencial en ese campo”, concluye.

La última obra realizada bajo la dirección de Vico Patana es gigantesca: es un mural de 200 metros cuadrados, que ha sido trabajado por encargo para el altar del nuevo templo que tiene la Iglesia de Radio Sol, en la ciudad de La Paz. Sólo el rostro de Jesucristo mide un metro y medio. Este trabajo –el más grande mural cerámico que al momento existe en el país- fue realizado en forma conjunta con dos de los estudiantes a los que apoyaba como ayudante en la UMSA. Él comenta que cuando le mostraron la pared en la que debía ser empotrado, le entró algo de temor. “Pero siempre me propuse trabajar para sorprenderme a mi mismo, así que asumimos el desafío. Si nosotros no lo hacíamos, lo hacían otros. Entonces, debíamos hacerlo nosotros”.

También ha participado en la construcción de dos murales que están instalados en las principales plazas de la ciudad de Yacuiba, límite con Argentina. En Pocitos, en plena línea fronteriza, trabajó dos esculturas que también se encuentran instaladas en lugares públicos.

En Bolivia, el principal referente del mural escultórico es el cruceño Lorgio Vaca. A sus treinta años, Vico Patana ha comenzado a amasar la escultura de su vida artística. Sus padres, Elvira y Feliciano, están contentos. “Se sienten satisfechos de que haya salido y me haya establecido, y trabaje por mis propios medios”. Felizmente, se aplazó aquel agorero Director Distrital de Educación que predijo su muerte si escogía el camino del arte.

Un mural que se mantiene en silencio

Vico Patana trabajó para su tesis un mural sobre Irupana. En ella representa la historia y tradiciones del municipio, además de su empuje para alcanzar el desarrollo. Pese a su intención de empotrar su trabajo en las afueras de la escuela en la que se formó –la Agustín Aspiazu- no encontró apoyo en las autoridades del lugar.

“La intención está ahí, es una obra que ahora está callada. Falta mostrarla, emplazarla y va a hablar, quizá hasta va a gritar”, comenta impotente el artista irupaneño, que sueña con entregar su trabajo al pueblo que le vio nacer y crecer.

Él habló con el actual alcalde de la localidad –durante su anterior gestión- y también con los dirigentes de la Corporación Agropecuaria Campesina Irupana. Sólo pedía la construcción de una pared de concreto y cubrir el costo del transporte de la obra. Sigue esperando la llamada telefónica prometida.

Por el contrario, acaban de llamarle nuevamente desde la ciudad de Yacuiba, donde quieren que construya otra de sus obras para embellecer las plazas de la localidad fronteriza. Dicen que nadie es profeta en su tierra, pero Vico tiene todo para serlo…

jueves, 4 de noviembre de 2010

Memoria cruceña con pincel irupaneño


Santa Cruz tiene recuerdos a colores gracias al pincel del irupaneño Armando Jordán Alcázar. Las calles, el carnaval, el surazo, Cotoca, el palo ensebao, la pascana, lugares y acontecimientos que han quedado grabados en los oleos de este pintor, fundamental para la memoria histórica de los cruceños.

El cartógrafo cruceño Froilan Jordán llegó a Irupana en la última década del siglo XIX, sin imaginar que aquí le pondría color al mapa de su propia vida. Como buen camba, se propuso conquistar el corazón de la irupaneña Cleofé Alcázar, pero el conquistado terminó siendo él. De ese amor multicultural nació Armando, el 15 de junio de 1893.

El pequeño correteó por las calles de la población de Irupana hasta sus 10 años. La familia cruceño-irupaneña decidió entonces instalarse en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, lugar donde se desarrolló la aptitud artística del hijo de los Jordán Alcázar.

Sus primeras obras datan de 1920 y 1930. Durante gran parte de su vida, el pintor fue ignorado y su obra considerada “provinciana”, de escaso valor. Una exposición de su trabajo, realizada en 1983, en el Museo Nacional de Arte, de la ciudad de La Paz, ayudó a mostrar el verdadero aporte de su pintura.

"Armando Jordán es el más auténtico representante de los ingenuistas, naífs o primitivos modernos; es decir, esos pintores que se caracterizan por no tener ninguna formación académica y ser autodidactas, y que tratan de expresar de manera espontánea y sencilla lo que llevan dentro", afirma el historiador cruceño Alcides Pareja Moreno.

Teresa Gisbert de Mesa considera que “lo que caracteriza la obra de Jordán es la crónica constante y sincera de Santa Cruz (…) sin duda estos lienzos tienen una intención social y moralizante; pero llegan a nosotros como una crónica que permite la recuperación del tiempo ido”.

Armando Jordán Alcázar falleció el 28 de febrero de 1982 en Santa Cruz de la Sierra. La Universidad Gabriel René Moreno es depositaria de gran parte de su obra, la cual es considerada la memoria gráfica cruceña. Sí, con algo de sangre irupaneña…