martes, 10 de septiembre de 2013

La profesora Herminia sigue dictando clases…

Desde siempre, con la tiza en la mano...
Desde que tiene uso de razón, Herminia Molina de Archondo se mira jugando a que era maestra. Es la mayor de sus hermanos y ella les hacía formar y fingía que les enseñaba a leer y escribir. Pero cuando conoció a la profesora Sara Arce de Velasco ya no tuvo ninguna duda de que iba a ser educadora.
Eran los años en que en Irupana había escuela únicamente hasta el sexto curso de Primaria y Herminia había concluido ese recorrido académico. A pesar de ello, se continuó inscribiendo al centro educativo, con el objetivo de continuar repitiendo el último grado de su centro escolar. Era el lugar en el que mejor se sentía.
Hasta que apareció Alberto Archondo, quien fungía como Intendente Municipal. Le ofreció la posibilidad de trabajar como profesora de la escuela nocturna que, entonces, funcionaba en el lugar. Tenía 15 años. Pidió permiso a su papá y éste le autorizó. Ella estaba segura que estaba comenzando la carrera que le acompañaría toda la vida.
Dos años fueron suficientes para que la profesora Arce de Velasco se dé cuenta del potencial que tenía la novel educadora y le planteara la posibilidad de pasar a la escuela diurna que ella dirigía: La Eduviges v. de Hertzog. “Sabía de memoria todo el programa académico que se llevaba en la escuela”, sonríe.
Ya entonces, la “escuela de niñas” –como era conocida hasta hace poco- funcionaba en sus actuales dependencias, aunque su puerta de ingreso era en el otro extremo. “Quizá ha sido un convento, las ventanas eran grandotas, con fierros bien gruesos, había tres aulas. Yo entré desde el Preparatorio, estaba rodeado con yute, para que no nos entre el frío, y nos sentábamos en tablitas”. La escuela “de niños” Agustín Aspiazu trabajaba en lo que actualmente es el Mercado Municipal, para trasladarse luego a la infraestructura que le conocemos, en la zona de Churiaca.
Ella agradece el hecho de haber tenido una maestra -primero como educadora y luego como directora- de la calidad de Sara Arce de Velasco: “Era una señora, ella jamás gritaba, te hablaba, le teníamos respeto y miedo, pero nunca nos gritaba, nos hablaba fuerte, pero con mucho respeto, era maravillosa para enseñar”.
La admiraba tanto que hasta le copió el tipo de letra. Lo propio ocurrió con los métodos de enseñanza: Para cada tema, utilizaba cuadros didácticos, que ella misma los elaboraba. Los niveles de aprovechamiento de las niñas eran la mejor respuesta. Uno de los días más felices de su vida fue aquel en que la profesora Sara le dijo: “Herminia, vas a llegar a ser directora”.
Y no se equivocó. La hoy Unidad Educativa “Eduviges v. de Hertzog” estuvo bajo su mando entre los años 1971 y 1978, cuando se vio obligada a dejar Irupana por la necesidad de acompañar a sus hijas que estudiaban en la ciudad de La Paz.
De su paso por el magisterio, recuerda las actividades extracurriculares que realizaban los profesores de la época. El trabajo en el aula era una parte –pasaban clases la jornada completa, de 08:00 a 12:00 y de 14:00 a 16:30-, pero siempre tenían tiempo para las presentaciones de teatro y danza, además de la práctica del básquet.
Fue el deporte el que le acercó a su esposo, Oscar Archondo. Él era un destacado futbolista y ella basquetbolista. Ambos desarrollaron admiración mutua y decidieron formar un hogar cuando ella tenía 25 años de edad. ¡Cesto! Tuvieron tres hijas: Martha, Tania y Magui.
En la ciudad de La Paz continuó la carrera docente durante siete años, llegó a ser directora encargada de la escuela Costa Rica. Luego volvió a Irupana, donde se hizo cargo de la dirección de la escuela Agustín Aspiazu. “Ya el personal docente no era el mismo, eran jóvenes, no tenían ese espíritu de superación”. Así llegó la jubilación, luego de haber trabajado 38 años en el magisterio.
La profesora Molina siente que la educación está viviendo una grave crisis y cree que los profesores tienen parte de la responsabilidad: “Ya no hay esa entrega, esa mística”. Valora la formación teórica de los educadores, pero considera que les falta lo más importante para el ejercicio docente: la práctica.
Pese a que ya no asiste a las aulas, tiene instalado un pizarrón en su casa en el que nunca faltan tizas. Muchos niños y niñas la visitan para que refuerce sus conocimientos sobre Matemática y Lenguaje. Ella lo hace con mucho gusto, con el mismo que lo hacía cuando jugaba a ser maestra, en su casa de la calle Merizalde…

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La fiesta no sería fiesta sin los sándwiches de los “Niños”

Carlos y Consta, en su puesto de buñuelos en La Paz
El sándwich de huevo es una comida cualquiera, pero en las manos de los “Niños” -Carlos Suaznabar y Consta Velasco- ha sido convertido en una de las delicias culinarias que ofrece la festividad de la Virgen de las Nieves, en Irupana. Son los únicos días en que es posible encontrar los famosos emparedados, los hay de huevo, chorizo y de cerdo.
Ellos han llegado a Irupana hace casi medio siglo. Desde pequeño, Carlos iba de fiesta en fiesta con su mamá. Ella se dedicaba al comercio y viajaba por todas las provincias paceñas. Cuando se casó con Consta tomaron el mismo camino, era lo que sabía hacer. Viajaron por La Asunta, Chamaca, La Calzada, Chimasi, Tajma, Chulumani, Coripata, Chirca, La Chojlla y varias poblaciones yungueñas. Pero nacieron los hijos y había que establecerse en algún lugar. Les gustó Irupana y aquí se quedaron.
“Era la tranquilidad, como dice la canción: “protector del forastero”, que cantan, era lindo, me gustó el pueblo, había un soldador, le decían “El Barbolín”, me animó a que me quede”, rememora. Junto a ellos llegaron Hernán y Carlos. En Irupana nacieron Catalina, Marcelo y Juan José.
Y comenzaron a vender comida rápida. Hacían hot dogs, fideos, sándwiches y buñuelos. Irupana tiene fama de prender apodos a todas las personas que llegan al lugar y Carlos no iba a ser la excepción. Siempre que se acercaba a las escuelas para vender sus productos en el recreo, los niños sacaban sus cabezas por las ventanas y él les gritaba: “¡Niños, cerrad las ventanillas!”. Fue suficiente. Le dijeron el “Niños” y con él a toda su familia.
El mayor de sus hijos, Hernán (+), se dio el gusto de jugar en la Selección de Irupana, pese a no haber nacido en el lugar. No se sabe la triquiñuela legal que hizo, pero en el resto de los pueblos todos lo conocían como irupaneño, razón por la que nadie averiguó siquiera sobre su procedencia. Hasta llegó a dirigir al equipo irupaneño en uno de los torneos interyungueños que se jugó en Coripata.
Marcelo –conocido en el pueblo como Marero- fue otro de los futbolistas de la familia. Jugó en la representación de Irupana en varios de los interyungueños y llegó al Alwas Ready, de la Asociación de Fútbol de La Paz. Luego se fue a Argentina, donde estudio para Director Técnico, en la Escuela de Entrenadores de la Asociación de Fútbol Argentino. Hoy dirige la Selección de Irupana y la Escuela Municipal de Deportes.
Los hijos crecían y las necesidades aumentaban. Esa es la razón por la que decidieron salir a la ciudad de La Paz en busca de mejor suerte. Luego de varios emprendimientos, encontraron el nicho de mercado que estaban buscando: pusieron su venta de buñuelos justo en la confluencia de las avenidas Tejada Sorzano y De las Américas, en el inicio de Villa Fátima. Era el negocio que iba a sacarlos de las necesidades más apremiantes. “He pasado tantas veces por esta esquina sin darme cuenta que aquí estaba mi suerte”, reflexionó alguna vez Carlos.
Desde siempre, él era un amante de la lectura de periódicos y revistas, nunca le faltaba un ejemplar en el bolsillo. Sus comic de Condorito y el Pato Donald fueron los textos de lectura con los que aprendieron a leer los niños de la calle Cochabamba. Cuando se marcharon a La Paz, mandaba a su hijo Hernán los periódicos de los lunes, sabedor de cuánto le gustaban los suplementos deportivos. Cuando Hernán falleció –en un confuso accidente- siguió enviando para que le dejen el periódico junto a su tumba.
“Ya no somos paceños, somos verdaderos irupaneños”, comenta orgulloso. Tras reunir un pequeño capital con su nuevo negocio lo primero que hicieron fue comprar una casa en Irupana. Fue luego que se hicieron de un bien inmueble en La Paz.
En la actualidad, él tiene 74 años y Consta 70. Ambos sueñan con el día en que tomarán el camino de retorno a Irupana, lugar al que han elegido para pasar sus días. Son fieles devotos del Tata Santiago de Irupana, en cuya fiesta participan todos los años, al igual que de la Virgen de las Nieves. Todo, sus amistades, sus compadres, sus ahijados y hasta sus nietos pertenecen al lugar.
Los suyos les han pedido que dejen de trabajar y que vayan a la festividad de Irupana a divertirse, sin los peroles en los que preparan sus famosos sándwich. Ellos no quieren, saben que la fiesta no sería lo mismo sin el puesto de venta de los “Niños”.

lunes, 2 de septiembre de 2013

El primer alcalde indígena del municipio de Irupana

Irupana le madrugó a la historia. Eligió a su primer alcalde indígena a comienzos de los años 80, cuando esta autoridad era designada por memorándum firmado por el Ministro del Interior y cuando, hasta entonces, la alcaldía era un espacio exclusivo de los vecinos del centro poblado.
Petersen Masmith Limachi es su nombre: “Con ese nombre mi papá me ha criado y eso es todo”, comentó cuando le preguntamos sobre el origen de su particular identificación. Él nació en Caquiaviri, en la provincia Pacajes, pero llegó muy joven a Irupana, como profesor rural de la escuela de Yuni Grande.
En busca de mejores perspectivas económicas, incursionó en la agricultura argentina. Ahí vio que era posible cultivar otros alimentos y que se lo podía hacer de forma más intensiva, para mejorar los siempre magros ingresos de los pequeños agricultores.
Es así que, con algo de plata ahorrada, retornó a Irupana. Se asentó en La Plazuela y luego en Tablería Alta, donde comenzó a producir tomates. Sin proponérselo, apareció de dirigente de su sindicato, luego de su subcentral, su central… No paró hasta llegar al Comité Ejecutivo de la entonces Federación Especial Única de Campesinos de Irupana.
El año 1982, el país había vuelto a la senda democrática. Las dictaduras militares eran ya sólo un mal recuerdo y los campesinos de Irupana estaban dispuestos a ocupar todos los espacios que les ofrecía el nuevo sistema.
Hasta entonces, era necesario tener buena muñeca en el partido de turno para lograr el memorándum de designación de alcalde que salía del Ministerio de Gobierno. El alcalde era designado desde la ciudad de La Paz. Pero a pesar de la normativa vigente, el Congreso Campesino de 1983 se propuso elegir un nuevo alcalde. Así lo hizo. Designó por amplia mayoría a Petersen Masmith, quien había ocupado la Secretaría de Actas de la organización.
Durante cuatro meses tuvo que peregrinar por las oficinas del Ministerio para conseguir el memorándum correspondiente. Pese a su discurso popular y de izquierda, los burócratas de la Unidad Democrática y Popular se negaban a reconocer el nombramiento que había realizado la organización campesina.
La gestión no fue nada sencilla, pues, entonces, no existía la Ley de Participación Popular y las alcaldías vivían de sus escasos recursos propios, además de lo que podían conseguir en La Paz gracias a la muñeca partidaria.
Sin embargo, en su paso por la administración local, Petersen Masmith Limachi se distinguió por la transparencia con la que manejó los escasos recursos que la Alcaldía tenía y lo poco que pudo conseguir de las gestiones realizadas en La Paz.
Quedó tan marcada su honestidad y capacidad administrativa, que cuando se creó la Corporación Agropecuaria Campesina Regional Irupana (CORACA-RI) fue designado Gerente Financiero. No tardó mucho en ser designado Gerente General de la organización económica campesina, pues, estaba clara su capacidad para manejar una entidad de este tipo.
Esa pequeña organización que había nacido sin un centavo fue creciendo de a poco, gracias a la entrega de dirigentes que, de forma desinteresada, se dedicaron a tiempo completo a fortalecer la línea de comercialización de café en los mercados europeos.
“Cuando salí en 2000 ya era otra organización, teníamos dos camiones, una planta instalada con oficinas, galpón, pre-beneficiadoras, fondo y proyectos aprobados como Gasolcamp, tenía capital, líneas de exportación para cinco a siete lotes, teníamos un buen mercado en Europa”, resalta.
Petersen Masmith es de formación religiosa adventista del séptimo día. A diferencia de muchos de sus hermanos que prefieren no involucrarse en cuestiones políticas, él lo hizo con decisión y está seguro que ese es el camino: “Una persona no está para alejarse de su vida natural, debe participar, debe ser útil para el país, útil también en la eternidad, así nos forman, útiles en el mundo y también para la eternidad”.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Esos chóferes que manejaron nuestros destinos…

Los primeros vehículos que transitaron las carreteras yungueñas
Un camión Chevrolet habría sido el primer motorizado que prestó servicio de transporte a Irupana, desde el año 1939. Su conductor fue el egipcio Gabriel Estrugo (padre), quien había llegado a Bolivia cuando tenía siete años.
Y es que los Estrugo son una de las familias más tradicionales del transporte yungueño. El padre del grupo familiar, Samuel, llegó a Bolivia junto a sus dos hijos: Gabriel y Alberto, cuando éstos eran aún niños. Se asentó en Chulumani, donde tenía una tienda de telas y otros enseres. Compró un camión con el que trasladaba mercadería desde la ciudad de La Paz. Gabriel se animó a entrar un poco más, formó familia en Irupana, donde tuvo tres hijos: Gabriel, Samuel y Carlos.
“Soy chofer de nacimiento”, dice Samuel, el único que queda con vida de la prole. Él no recuerda en qué momento comenzó a manejar, porque desde que nació siempre estaba en la cabina de alguno de los camiones de su padre. Recuerda a su hermano menor, Carlos, a la hora del desayuno, jugando a que los platillos y paneros de la mesa eran volantes.
Por el contrario, Ricardo Reguerín aprendió a manejar cuando tenía 29 a 30 años. Su hermano había comprado un camión –precisamente de los Estrugo- y le había pedido que él viaje como administrador. Él veía cómo manejaba el chofer y en algunos lugares le pedía que le dé el volante. Hasta que un día faltó el conductor y se animó a meter el carro hasta Irupana. Desde entonces no volvió a salir de la cabina.
Ambos conocen cada piedra del camino La Paz – Irupana y claro que notan mejorías. “Antes había que retroceder a cada rato para dar paso, ahora prácticamente no se retrocede”, compara Samuel. Sin duda, pertenecen a una época en la que el transporte a Yungas era otra cosa: Había más camiones que buses –sólo funcionaba Flota Yungueña-, los transportistas no eran muchos, los caminos eran peores, aunque también había menos accidentes.
Los camiones de Irupana hacían tres viajes a la semana. Salían los lunes a La Paz, retornaban el martes, el miércoles volvían a salir y el jueves ingresaban, mientras que salían el viernes y el sábado nuevamente a Irupana. Los domingos por la mañana Churiaca era el lavadero de los motorizados, donde además los engrasaban para volver a comenzar la semana.
Es que había mucha carga para los vehículos. Transportaban naranjas y mandarinas, café, tambores de coca, madera de Santa Ana y San Juan Mayo, mangos de La Plazuela y carbón de varios lugares bajos. El bus de Flota Yungueña ingresaba y salía todos los días, con excepción de los sábados, cuando “la góndola” que llegaba a Irupana los viernes hacía servicio de ida y vuelta a Chulumani.
Subir La Cumbre era todo un desafío para los camiones repletos de carga, especialmente en el sector de Los Culines. Los vehículos llevaban tal peso y la gradiente era tan extrema, que pedían a los pasajeros más jóvenes se trepen a los parachoques para hacer contrapeso y evitar que los motorizados se sienten. El ayudante estaba obligado a ir en la pisadera con la cuña en la mano para que el motorizado no se vaya para atrás.
Entre los choferes de la época se puede nombrar a los tres hermanos Estrugo, Ricardo Reguerín, Joaquín Lizón, Franz García, Alberto Bustillos, Yarko y Francisco Soukup, los hermanos Tito, Aldo, Luis y Rodrigo García, Enrique Pacheco, Jorge Archondo, Carlos Cuadros, René Pinto, Jaime Amador, “Chicho” Molina, Agustín “Chicaco”, “Abuelo” Machicado, Hugo “Rubio” Archondo, “Gringo” Velarde, los Navarro, de La Plazuela, Julio Franco, Juan Cerezo, Mario Manrriquez y Gabriel “Joc’ollo” Mercado.
El sector de Transportistas Irupana era muy reconocido por su aporte al desarrollo de la población. Ellos han transportado de forma gratuita casi toda la piedra con la que, hasta hace poco, estaban empedradas las calles del centro poblado. Fueron también ellos quienes trasladaron los adoquines que cubren las dos avenidas principales.
Los choferes estaban tan organizados que hasta tenían, como sector, su danza en la festividad del 5 de agosto. Samuel recuerda que al inicio bailaban diablada, aunque luego incursionaron en los Caporales. Hasta los ayudantes tenían su comparsa de tundiquis, encabezados por el “Roso”: “Los ayudante venimos, los ayudantes venimos en busca de una negrita…”.
Y de la alegría al dolor: Tampoco faltaron los accidentes en las siempre peligrosas carreteras yungueñas. Ricardo Reguerín recuerda que, en una ocasión, se le cayó un pasajero. El mismo había fallecido a causa del hecho, razón por la que tuvo que lidiar un largo proceso judicial en el que probó que no tenía la culpa.
Samuel Estrugo se embarrancó en Chajro. Estaban arreglando el puente y había que bajar hasta el río para cruzarlo. Fue en la subida que el camino provisional se hundió y el camión dio dos volteos. Resultó parado a orillas del afluente. Murió una persona que saltó en el intento por salvarse. El resto de los pasajeros estaba tan bien que hasta ayudó a cargar nuevamente el motorizado, que continuó viaje a la ciudad de La Paz.
“Pero no podemos quejarnos, se ganaba bien”, concluye uno de ellos. Ha tenido que ser. Alguna buena razón tiene que haber para manejar por los siempre riesgosos caminos de la región yungueña…

lunes, 12 de agosto de 2013

Los Valever: Dicen que les vale, pero ni tanto…

“Los Náufragos”: Pastor Alanoca, Gabriel Supo, Ricardo Ramírez, Carlos Suaznabar, Jaime Arrascaita, Clemente Miranda, Erico Meza, Samuel Sánchez, Pedro Maldonado, Pasco, “Sueños” (parados), Miguel Zambrana, Hernán Ortiz, Omar Durán, Pedro Gutiérrez, Marco Suárez y José Luis Salas (de cuclillas)
No cualquiera puede ser ValeVer. Para entrar al grupo, hay que superar varias pruebas que van desde test de inteligencia, resistencia física frente a distintos adversarios y hasta sacrificios sexuales. Alguna vez a los miembros de la agrupación les preguntaron si ellos habían pasado por semejantes desafíos, a lo que uno de ellos respondió: “Es que nosotros hemos entrado antes de que se establezcan esas pruebas”.
Los ValeVer es la marca de toda una generación de irupaneños, decididos a reírse de la vida, pero no por ello a no tomarla en serio. Sus jodas han quedado selladas en la vida de muchos de los habitantes del lugar, aunque también lo han hecho sus incursiones en la cultura y el deporte.
Se estrenaron con el nombre de “Los Náufragos”. Tenían apenas 15 años. Participaron en un campeonato de fútbol. Vistieron una casaca anaranjada, era el único juego de camisetas que quedaba a la venta en la tienda de doña Aidé. De ese torneo queda el recuerdo memorable del partido frente a Municipal, el equipo que había reunido –gracias a la muñeca política- a los mejores futbolistas de Irupana. Arrancaron un épico empate en aquella inolvidable tarde lluviosa.
Luego formaron un equipo en serio: El Juvenil Irupana. Con este plantel obtuvieron el campeonato del torneo local por tres gestiones consecutivas. Al equipo base de Los Náufragos sumaron a los mejores jugadores de La Plazuela y Chicaloma. Son inolvidables los partidazos, a Churiaca llena, frente al rival de la época: Los Chivisivis.
Fue luego que apareció la filosofía Valever: “Si perdemos o ganamos nos ValeVer”. La estrenaron en un torneo de volibol, al que se presentaron con unas casacas blancas que tenían grabadas en el pecho la flecha símbolo del partido ADN, pero apuntando hacia abajo. Ningún equipo quería jugar frente a ellos. Su barra los aplaudía cuando fallaban y los rechiflaba si conseguían puntos. Jugaban a perder, cuando el resto estaba dispuesto a hacerlo todo por ganar.
Los calentamientos previos a los partidos son memorables: Todo el equipo se tendía sobre el piso en el Belén para calentarse con los rayos del sol. Y si el día estaba nublado, un buen trago servía para entrar calientes al cotejo.
En uno de sus últimos compromisos deportivos han entrado al centro del campo de juego en un minibús, el primero en saltar al campo de juego –para sorpresa del público- fue el personaje más querido de Irupana: El Leto, en pantalón corto y con el cintillo de Capitán en el brazo.
Pero la pelota les ha quedado pequeña. Su habilidad también los ha llevado a la guitarra, el charango, la quena, la zampoña e incluso a la concertina. Han sido permanentes animadores de los festivales musicales que se desarrollaban en la población y hasta los han organizado, cuando se hicieron cargo de la Sociedad Cultural Irupana.
¿Cómo olvidar su participación en el Festival Musical Interyungueño realizado en Caranavi? Fueron los ganadores en la categoría Música Internacional. La noche de su presentación, cuando ingresaron al escenario, fueron recibidos con un grito: “¡¿Cuál es el bombo?!”. El más gordo del grupo tocaba ese instrumento de percusión.
A su retorno a Irupana, organizaron un show de bienvenida. Uno de sus números estelares tuvo también como protagonista al Leto. Él, con discapacidad auditiva total, realizó el número de mimo “El duelo del pistolero”, para el que lo capacitaron durante varias noches. El grupo musical se presentó vestido al estilo de la banda estadounidense Village People. Israel Gutiérrez, que llevaba la primera voz, salió ataviado con una chamarra de cuero y un casco de motociclista. Los instrumentos ya habían repetido varias veces la introducción al tema, pero no había cuándo comience a cantar. El casco era tan cerrado que no escuchaba que sus compañeros ya estaban interpretando la canción.
Y entre joda y joda, los “vales” -como los conocen en Irupana- han ayudado a escribir varias de las páginas de la historia reciente del poblado. A Hernán Ortiz (+), Ramiro Churata, Miguel Zambrana, José Luis Salas, Israel Gutiérrez, Danny Vasquez, Roberto Cardón, Luis Amador, Ángel Pardo, Milán Jiménez, Manuel Marquez, Gabriel Ramírez, Pedro Gutiérrez, Pedrín Maldonado (+), José Nina, Pastor Alanoca y Samuel Sánchez, entre muchos otros, Irupana les debe mucho más que una sonrisa.
Uno de ellos tiene grabado un CD con temas dedicados a Irupana, el otro fue uno de los primeros parapentistas que levantó vuelo sobre Churiaca, varios jugaron en la Selección de Fútbol y hasta uno de ellos la dirigió, integraron las mejores agrupaciones musicales que tuvo la población, mientras hay alguno que hasta fundó un nuevo barrio.
Cuando El Mancebao les planteó la posibilidad de escribir sobre su historia, la respuesta de uno de ellos fue: “Pero vas a tener que aumentar páginas”. Y es cierto, muchas anécdotas se quedan en el tintero. Para escucharlas hay que sentarse en el banco de la tienda del José, en la calle Sucre, donde se los encuentra habitualmente. Aunque también es posible que se las cuenten o que, simplemente, les valga…

martes, 4 de septiembre de 2012

Encomio de Javier Hurtado


Ramón Rocha Monroy
(El Ojo de Vidrio) Escritor
Ideas - Página Siete


Anibal Aguilar me dio temprana noticia de su muerte; y, en el despiste en que vivimos lejos de La Paz, al principio no supe entender que había muerto nada menos que Javier Hurtado, uno de los intérpretes más reconocidos del katarismo, desde su encuentro histórico con Genaro Flores, que marcó para siempre su vida política y lo inclinó por el sindicalismo campesino e indígena independiente.
Sobre el tema, hay muchos exégetas que recuerdan con aprecio a quien fue un tiempo ministro de Producción y Microcrédito, sociólogo graduado en la UMSA, chofer de Genaro Flores, trotskista y luego katarista.
Pero yo quisiera comentar mi visita al blog Elmancebao (elmancebao.blogspot.com), trasunto del periódico irupaneño del mismo nombre, en el que hallé a magníficos cronistas de la histórica ciudad de Irupana, un reducto realista durante la guerra de la independencia que el caudillo José Miguel Lanza se animó a tomar aunque ello le costara perder al legendario Eusebio Lira, quien prefirió seguir solo su camino indignado porque Lanza no le permitió saquear los hogares irupaneños, como le había prometido.
El blog me sirvió para aclarar muchas cosas: por ejemplo, que los Lanza eran oriundos de Coroico; que Irupana fue escogida como cuartel general del rey acaso porque tiene una extensa planicie en Churiaca; que este rincón histórico dio grandes hombres como Rafael Pabón, el futbolista Andaveris y personajes populares como Salamanca Rocabado o el Loro Pabón.
Pero sobre todo un empresario ecologista, como Javier Hurtado, cuyos productos consumí siempre sin saber que los fabricaba él: el café Irupana, la cañahua, el willkaparu, la cebada, la quinua, el amaranto y la miel y otros productos de Alimentos Naturales Irupana que nutren con harinas andinas el desayuno escolar paceño.
Se trata de una empresa que comenzó con 5.000 dólares y terminó con un patrimonio de dos millones de dólares y un comercio internacional de quinua de 7,5 millones. Como bien dice Guimer Zambrana, mantenedor del blog, Javier “siempre estuvo cerca de El capital, pero no del financiero, sino del libro escrito por Carlos Marx, al que había adoptado como su texto de cabecera”.
Uno de los últimos posts del blog mencionado habla de las posibilidades turísticas de Irupana como capital del parapente. Pero el sitio, sobre todo, es un repositorio de la memoria irupaneña.
Recuerda el éxodo de 5.000 almas a Cochabamba, que provocó el sitio de Túpac Katari en 1781 y la ocupación de las haciendas de coca de Nor y Sur Yungas que financiaron a las tropas indígenas, un episodio que comenta el Tambor Vargas en su célebre diario.
Recuerda la vieja adoración al Niño en la Navidad con chullu-chullus (sonajeras hechas con tapacoronas aplastadas) y las coplas que me enseñó mi padre: “niño Manuelito / caga buñuelito / limpia tu culito / con mi pañuelito”.
Recuerda ese semillero de futbolistas que fueron las canchas de Churiaca, como René Reguerín y sus hermanos, o la contribución al fútbol nacional de los hermanos Flores, o la historia de Los Chivisivis, valerosos players que tomaron el nombre de la etiqueta de un aguardiente de uva producido en la hacienda Chivisivi.
O la historia de Jorge Yoyi Pabón, futbolista y luego árbitro. Recuerda a Papío Suárez, repujador de monturas de caballo; a Jorge Soria, el compositor de la cueca Irupana, que grabó el dúo Larrea-Villavicencio.
Reproduce los dibujos agudos del Loco Suárez, Abraham Suárez Mercado, médico de profesión, que mantiene una página deliciosa en Facebook y es celoso defensor de El Mancebao, periódico irupaneño.
Cuenta la historia de Yeno Soukup, cabeza de unos inmigrantes checoslovacos que ahora son ilustres irupaneños; los dichos y hechos de Lucho Salas y los célebres carniceros de la villa; de Ángel, el Pato Pardo, y Jaime Cuevas, voladores de parapente; o la importación de avispas de Ecuador y Colombia, que controló la epidemia de la broca que diezmaba las plantaciones de café.
Se hace eco del lamento justificado de los tundiquis y creadores de la saya, que les ha sido usurpada por los caporales, sin tener su riqueza de ritmos, su combinación única de kullawada y ritmo afro, que ha sido sustituida por una entonación monótona y triunfalista nacida durante la dictadura de Banzer.
Revive la nostalgia de la chicha hecha con muku llegado de Cochabamba y los célebres picantes que quedaron en el olvido, sepultados por la cerveza y los pollos a la broaster.
El Mancebao es un periódico y un blog escritos de buen humor y en mangas de camisa por cronistas como Javier Hurtado y Guimer Zambrana, que remueven el pasado para recordar la cantidad de personalidades que quizá fueron engendradas en la alfombra verde de Churiaca, después de pasear por la avenida de cuñuris (ceibos o chillijchis) tan característica del lugar cuando la vida en Irupana todavía se hacía a pie.
Uno va de sorpresa en sorpresa, porque en Irupana nacieron Armando Jordán Alcázar, el artista de los célebres grabados del siglo XIX sobre Santa Cruz; Elías Belmonte Pol, calumniado como cabeza del famoso “putsch nazi”, que sembró dudas sobre los vínculos de Gualberto Villarroel con Hitler.
Mario Monje Molina, primer secretario del Partido Comunista, que se entrevistó con el Che en Ñancahuazú; Vico Patana, muralista nacional; Antonio Uzquiano, compositor de El Ferroviario, que grabó el grupo Llajtaymanta: “Ya va a partir el tren, caballero, ya va a partir el tren'”.
Pero me quedo con don Agustín Aspiazu, cuya vera efigie ha sido reproducida en El Mancebao; científico y genio de la época (como todo genio, tildado de loco), bisabuelo de mi gran amigo René Bascopé Aspiazu.
Agustín Aspiazu predijo en 1880 el paso del cometa Halley en 1917 y en 1986, y un eclipse de sol en noviembre de 1994. Cuando estaba a punto de morir el 18 de marzo de 1897, vio entrar al padre Barreto, que se aprestaba a darle la extremaunción, y tuvo fuerzas para levantarse de su lecho para decirle: “¡Sale usted o salgo yo!”. “Ésa fue la última locura de su bella y alocada vida”, comenta Guimer Zambrana.
Ha muerto Javier Hurtado el domingo 26 de agosto, y nos dejó un legado asombroso, del cual quisiera destacar su artículo Los Yungas: Una economía de suicidio colectivo, que denuncia los errores de la política de coca cero.
Según señala, esta imposición en el Chapare provocó la invasión de Yungas por esos “soldados ingenuos del narcotráfico”, esa “generación de jairas” que está sepultando la rotación de cultivos de los viejos agricultores de las terrazas agrícolas (...) que mezclaban la coca con los cítricos, la hualusa, el maní, los ajíes y la apicultura; esos responsables de la ampliación de los cultivos de coca a las tierras vírgenes de La Asunta, Caranavi y el norte de La Paz, destructores de la riqueza forestal, la diversidad biológica, las huertas tradicionales y hasta la gastronomía regional, porque el delicioso locro yungueño, el picante de cuy o la sajta de gallina criolla han sido sustituidos por el arroz, el fideo y el pollo al spiedo.

lunes, 27 de agosto de 2012

Un empresario de izquierda


Texto: Guimer M. Zambrana Salas
Foto: Tony Suárez
Revista IN

Javier Hurtado quiso crear una organización no gubernamental y le salió una empresa. Siempre estuvo cerca de El Capital, pero no del financiero, sino del libro escrito por Carlos Marx, al que había adoptado como su texto de cabecera: Militó en filas trotskistas desde sus 21 años, aunque luego se convirtió al indigenismo. Era la antítesis de la inversión privada, pero -al fin devoto de la dialéctica marxista- debía surgir la síntesis: nació Alimentos Naturales Irupana.
Quienes dudan de que no hay mal que por bien no venga, que le pregunten a Javier Hurtado. El mal: la dictadura de Luis García Meza lo expulsó del país por su militancia política. El bien: en el país que le dio asilo, Alemania, conoció el naciente mercado de los productos orgánicos.
Se dio cuenta de que mientras los agricultores alemanes realizaban grandes inversiones para reconvertir todo su sistema de producción para cultivar sin insumos químicos, toda la agricultura boliviana era natural. “Es más, a nosotros nos habían dicho que nuestra agricultura estaba atrasada porque no utilizaba abonos e insecticidas químicos y me doy cuenta de todo el potencial que teníamos en el campo con la agricultura ecológica”.
Y Hurtado conocía bastante el área rural andina de Bolivia. Durante la década de los 70, su partido le ordenó ponerse las ojotas en busca de cuadros políticos dentro del naciente movimiento sindical campesino. Se empleó en una ONG que trabajaba con los hombres del agro. Se involucró tanto que hasta dejó que lo cubriera el poncho indigenista. Terminó de “chofer” de Genaro Flores, el primer dirigente de la Confederación Única de Campesinos.
A su retorno a Bolivia, tras el exilio, tenía claro que debía ayudar a los campesinos a cosechar de su “desventaja tercermundista”. Pensó en crear una ONG -al fin y al cabo eso era lo que sabía hacer-, pero quería formar una institución distinta. Estas entidades financian sus actividades con donaciones de la cooperación internacional, pero él quería crédito en lugar de regalos. Su plan era unir a técnicos y campesinos para mejorar la producción, buscar mercados y generar ganancias para devolver el préstamo. “Aunque no creas, ningún cooperante quería darte crédito, todos querían regalarte dinero”.
Pero no estaba dispuesto a dejar que el café se queme en la boca del tiesto. Uno de sus amigos tenía una pequeña empresa que se dedicaba a tostar y moler el grano, y le invitó a sumarse a la aventura. Así lo hizo, pero de inmediato se dio cuenta de que veían el mercado desde distintos lugares. Su socio no estaba dispuesto a salir de la tradicional práctica de tostar café con azúcar, para darle mayor tintura, poniendo en riesgo la salud de los consumidores. Hurtado pretendía alcanzar un mejor producto, con la misma calidad y sabor del café que probó en Europa. La suerte de la novel sociedad estaba quemada, como el azúcar.
Nuevamente el traspié le dio una mano: Comprendió que sus productos debían tener como nicho de mercado a la gente de clase media para arriba. Los costos de producción los alejaban de los siempre escuálidos bolsillos de los sectores populares, más preocupados de llenar la olla, que de la calidad de los alimentos. Fue entonces que decidió trasladar su única tienda de la populosa calle Eloy Salmón a la avenida Ecuador, en el residencial barrio de Sopocachi.
Y agarró a la clientela por la nariz. En las horas pico tostaba café en la misma tienda, el tentador aroma tenía la misión de atraer la atención de los transeúntes. El producto que se invitaba en la puerta se encargaba del resto. De a poco, el café “Irupana” impuso su sabor en el mercado y abrió las puertas a los productos naturales que surgían como hongos. Su unión matrimonial con Martha Cordero acunó dos hijos, pero fue una verdadera incubadora de nuevos productos naturales terminados. La cañahua, el willkaparu, la cebada, la quinua, el amaranto y la miel corrieron sabrosa suerte.
Entre 1992 y 1993, Alimentos Naturales Irupana recibió su primera gran inyección financiera. Hurtado decidió apostar fuerte, vendió la casa heredada de su padre e invirtió 45.000 dólares. La empresa crecía a medida que aumentaba la preocupación de los paceños por comer sano. El ritmo de vida de la ciudad es cada vez más intenso, tanto o más crece el estrés. En su intento por amortiguar ese depresivo compás, la gente busca respuestas naturales y Hurtado y compañía las tenía, si no las inventaba: “Teníamos unas 15 tiendas, manejábamos 30 materias primas y 200 productos. En 1998 teníamos una  rentabilidad del 17 por ciento”.
Pero la crisis achicó los bolsillos de la clase media, el techo del mercado local se vino abajo. Felizmente, el emprendimiento ya tenía cuerpo para capear el temporal. Conquistó el desayuno escolar paceño con las harinas andinas y en la actualidad exporta quinua al mercado norteamericano, sin descuidar su presencia en los paladares paceños. En el camino tuvo que vender parte del paquete accionario y convertirse en un solvente sujeto de crédito.
Hoy, la empresa maneja alrededor de 7,5 millones de dólares en el comercio internacional del grano andino, cuenta con un patrimonio cercano a los dos millones de dólares y su solvencia le permite conseguir préstamos por casi el doble del valor de su propiedad. Bastante si se lo compara con los 5.000 dólares que invirtió cuando tenía las manos empapadas de café molido.
A pesar de su exitoso recorrido por los rumbos del capital, asegura que está más cerca de Carlos Marx y los achachilas que de Adam Smith. ¿Pero, acaso no se queda con la plusvalía? Él dice que con casi nada, que sí cuenta con un buen salario que le permite vivir cómodamente, que las utilidades de Alimentos Naturales Irupana han sido reinvertidas en la misma empresa, que llegan a los campesinos a través del pago de buenos precios por sus productos y de servicios de asistencia técnica. Sí, el marxismo establece que la lucha de clases es el motor de la historia moderna, pero, mientras llega la revolución, habrá tiempo para hacer buenas inversiones. Javier Hurtado no pierde el tiempo.