| El Río P'uri, el lugar donde se encontraba la antigua planta |
La naturaleza quiso darse un respiro en su abrupta caída desde las cumbres andinas hasta los llanos amazónicos: creó Irupana. En este espacio buscamos compartir fotografías -gráficas y escritas- sobre el pueblo yungueño en el que Pedro Páramo se habría paseado como por su casa.
jueves, 10 de mayo de 2012
Hasta que subieron el interruptor…
miércoles, 2 de mayo de 2012
Irupana comienza a volar
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| Churiaca, el lugar ideal para el aterrizaje del parapente |
martes, 7 de febrero de 2012
La cueca que salió de la galera
Jorge Soria era conocido en Irupana por sus trucos de magia: Hacía aparecer huevos, palomas, pañuelos… Pero fue una noche estrellada, sin público, recostado sobre su cama, en su pequeño cuarto de la calle Molina , luego de libar unas cervezas con sus amigos, que sacó de la galera la coartada con la que hipnotizó a toda una población: compuso la cueca “Linda tierra de Irupana”.
Fue don Luis Beltrán quien le marcó el destino. Como supervisor del Ministerio de Educación lo mandó a Irupana para que cumpla su año de provincia. El profesor Soria había escuchado hablar de la población yungueña, pero no conocía el lugar al que iba. Ni imaginaba que esos serpenteantes caminos lo llevarían a un pueblo que lo marcaría para siempre.
Nació en La Paz, pero habla de Irupana cual si se tratara de su propio pueblo. Recuerda al “Cututu”, al “Pisti” o al “K’aragallo” como cualquiera de los irupaneños de la época. La guitarra fue la varita mágica que utilizó para integrarse a la sociedad irupaneña ni bien había llegado: la punteaba con inigualable maestría. Claro, eran los tiempos en que el poblado contaba con verdaderas orquestas o estudiantinas, y un músico de su estatura caía como quimba a la cueca.
Irupana es el punto de quiebre en la vida de “Coco” Soria. Aún no tenía uso de razón cuando perdió a sus padres. Se crió y educó en el centro para niños huérfanos Méndez Arcos, de la ciudad de La Paz. Luego de viajar por varias ciudades argentinas, estudió en la Normal de Santiago de Huata, donde se graduó de maestro. Fue en el poblado yungueño donde comenzó su recorrido por aulas, pizarrones y tizas.
Quizá por ello no olvida a su director, Jesús Zeballos, de la escuela Agustín Aspiazu, como tampoco a sus colegas Hernán Villegas, Alfredo López, Ana Riveros, Eva Mostajo, Gúnnar Chavarría o Herminia Molina, entre muchos otros. Recuerda también al alumno que, cuando le pidió que diga la tabla del tres, le respondió que sabía la música pero no la letra de esa canción, para luego comenzar a tararearla.
Los días de fiesta, las reuniones de amigos, las noches de bohemia, los amores –se libró de ser caz/sado por varias irupaneñas-, los desamores… El “chango” Soria había encontrado el lugar que hace mucho estaba buscando.
“Linda tierra de Irupana, eres joya sin igual, tu Churiaca es un paraíso donde todo es un primor…”. La melodía rondaba por su cabeza hasta aquella noche en que letra y música tuvieron el armonioso encuentro que hace bellas a las canciones: “’Linda tierra de Irupana’, la tengo en mi mente, la ha hecho en Irupana, en mi almohada y la hice, y un día la comencé a cantar, fue una creación natural, ‘eres joya sin igual’”.
La cueca comenzó a ser cantada en las noches de tertulia y cervezas, y recibió la aprobación inmediata de la bohemia irupaneña. Pero ahí se habría quedado si el coroiqueño Enrique “Negro” Larrea no lo llevaba al vinilo en ese hermoso disco, a dúo con Villavicencio, dedicado a las principales poblaciones yungueñas.
Jorge Soria recuerda que fue en Coroico –lugar al que también fue destinado años más tarde como profesor- donde, en las noches de farra, el “Negro” Larrea le escuchó cantar la cueca dedicada a Irupana. Años más tarde se sorprendió al escucharla grabada en el “long play” de Larrea Villavicencio.
La tapa del disco no le reconoce la autoría del tema y se limita a señalar “Derechos Reservados”. Jorge Soria se culpa de no haberla registrado en su momento, algo que no creía necesario, pues, para él era suficiente con que en Irupana sepan quién había compuesto la cueca.
Pero la cueca ya es del pueblo. No hay reunión de irupaneños –en Yungas, La Paz, Santa Cruz, Buenos Aires, Virginia o Madrid- donde no se la cante a vos en cuello, como el cordón umbilical con la madre tierra: “Linda tierra de Irupana/eres joya sin igual/tu Churiaca es un paraíso/donde todo es un primor. Eres noble y valerosa/de los Yungas lo mejor/de la Patria la esperanza/con trabajo y con amor. Tus colores siempre son bellas acuarelas/Hoy te canto mi Irupana con todito el corazón”.
Hace más de dos décadas que Jorge Soria no visita Irupana. Hoy tiene 81 años, pero no pierde la esperanza de volver al lugar en el que vivió sus años más felices: “Han pasado los años y yo algún día iré a Irupana, no a reírme sino a lagrimear un poco…”. Sin embargo, confiesa que cuando canta “Linda tierra de Irupana” también se traslada mentalmente a Churiaca. Es que Irupana y su cueca tienen magia…
viernes, 20 de enero de 2012
El "Padre Negro"

Ellos querían que sea un cura rubio quien celebre la misa grande de la festividad religiosa de su comunidad y no aquel que –siendo tan sacerdote como los holandeses- tenía su mismo color de piel. “Herencia del colonialismo”, dirán algunos; “histórica baja autoestima”, calificarán otros. Lo cierto es que los sacerdotes agustinos holandeses no cejaron en su intento de que los yungueños crean en sí mismos, se den cuenta de que sólo ellos pueden construir su futuro.
Y es que la interculturalidad no era un discurso para los agustinos holandeses, era parte de su vida diaria. Los primeros misioneros holandeses llegaron a los Yungas a principios del siglo pasado. Era la época en que a la región yungueña sólo era posible llegar a pie o a lomo de mula. Sin dejar de lado su holandés materno, aprendieron a hablar el castellano y -vaya atrevimiento- hasta el aimara, para comunicarse mejor con los pobladores de la zona.
Fueron pioneros en la formación de los catequistas aimaras de los Yungas, en un intento por aterrizar el evangelio en la realidad de la zona; crearon un Centro de Capacitación en Lavi Grande, para formar en nuevos oficios a los hijos de los campesinos; instalaron Radio Yungas, como un verdadero espacio intercultural; y –entre muchos otros proyectos- hasta impulsaron un proyecto de recuperación de la medicina tradicional, en forma coordinada con los hospitales de la zona. La Pastoral Yungueña a su cargo declaró a la hoja de coca como “símbolo de vida”. No ahora cuando el arbusto es defendido por el propio Presidente de la República, sino en momentos en que el gobierno de Víctor Paz Estensoro aprobaba a capa y espada la cuestionada Ley 1008.
No. No se trataba de “curas tercemundistas” ni de seguidores de la “Teología de la Liberación”. Eran religiosos que decían su palabra, muchas veces contraria a la opinión mayoritaria de los habitantes de la región yungueña, pero profundamente respetuosos de las determinaciones de los lugareños. Construyeron con los yungueños una relación de tú a tú, en la que el color de la piel no era el factor definitivo para categorizar a una persona. Interculturales, pues.
El padre Carlos Guadama, más conocido en los Yungas como el “Padre Negro”, falleció semanas atrás en la ciudad de Cochabamba. Nació en Chicaloma, la más grande localidad afroboliviana del país. Ayudaba en las labores domésticas a los agustinos holandeses hasta que decidió ingresar al sacerdocio, determinación que fue respaldada firmemente por los religiosos neerlandeses. Fue el primer afroboliviano en calzarse una sotana. Era un verdadero lunar en las reuniones de los sacerdotes holandeses, pero eso sólo era cuestión de piel…
La Paz, enero de 2009
lunes, 16 de enero de 2012
El cerco a Irupana

No fue un mito. La memoria oral transmitió de generación en generación la historia de un cerco indígena al centro poblado de Irupana y esa medida de presión sí existió: Se produjo dentro de la rebelión que dio lugar al Cerco a La Paz, protagonizado por las huestes de Tupac Katari.
La historiadora María Eugenia del Valle de Siles -en el libro “Historia de la Rebelión de Tupac Catari”- menciona una “representación” hecha por el criollo paceño, hacendado en Irupana, José Ramón de Loayza, en la que solicita se le conceda la “gracia de una de las Órdenes Militares” por haber encabezado la defensa del centro poblado y conducido el éxodo de españoles y criollos hacia Cochabamba.
Era la época en que los centros poblados de la región yungueña eran habitados por los encomenderos y hacendados, tanto españoles como criollos. En consecuencia, eran los principales blancos del ataque de los indígenas insurrectos. Irupana no era la excepción.
El 9 de marzo de 1781, “volvieron a Irupana con gran prisa y vocerío don Francisco Carrasco y un soldado, después de haber realizado una inspección por las laderas. Habían podido comprobar que los enemigos estaban ya encima del pueblo, habían cometido varias muertes en un canto de la población”.
Loayza relató que un día antes, el 8 de marzo, se encontró con “un número crecido de indios que por las laderas de los cerros se dirigían a los Yungas”. Eran, evidentemente, grupos que obedecían el mando de Tupac Katari y que a su paso habían tomado los pueblos de Caracato, Sapahaqui y Luribay.
Tras recibir el aviso de Carrasco, Loayza relata que tomó las armas de inmediato y pudo rechazar a los invasores “poniéndolos en fuga”. Asimismo, para escarmentar a los indígenas de la zona “decidieron matar a algunos prisioneros cogidos en los días anteriores”.
Se debe tomar en cuenta que el relato de José Ramón de Loayza ensalza y exagera sus acciones, pues, lo que busca – a través de la “representación”- es un reconocimiento de la Corona española. Por supuesto, en su versión no cuenta para nada la historia de los indígenas.
Luego de repeler el primer ataque, Loayza se dedicó a organizar las fuerzas de Irupana para repeler nuevos ataques. Al llegar al lugar, encontró 400 hombres armados, a los que se sumaron 200 más. Él habría corrido con los gastos para armar a esas personas con lanzas, bocas de fuego, hachas, balas y pólvora.
“A su vez el pueblo, en atención a su comedimientos, valor y arrogancia, le proclamó comandante de la plaza, cargo que el corregidor José de Albizuri confirmó desde Chulumani, el 17 de marzo, nombrándole provisionalmente, hasta la determinación del virrey, comandante de las milicias de Irupana”, relata el libro.
Pero los indígenas se habían apostado en los alrededores del centro poblado. Ahí cometían todo tipo de “tropelías” contra los pobladores de la zona o contra quienes salían o ingresaban del lugar. “Durante 20 días se mantuvo esta situación a pesar de que los rebeldes no estaban más allá de cinco a siete leguas”.
El éxodo masivo
Pero la rebelión indígena cobró tal magnitud en la región yungueña que el centro poblado iba a caer en cualquier momento. La única alternativa era la salida hacia Cochabamba, lugar donde la situación estaba bajo control español.
De acuerdo al relato de Loayza, se reunió a los vecinos de otras zonas, como Chulumani, “llegándose a juntar cinco mil almas, entre hombres, mujeres y niños” para organizar la salida. El 6 de abril de 1781, a las 2 de la tarde, la caravana llegó a Cajuata, en la provincia Inquisivi. En el lugar, los comandantes del grupo se enteraron que en Suri estaban reunidos 1.500 indígenas, los que habrían matado a algunos vecinos del lugar.
El criollo paceño vuelve a magnificar sus acciones, al indicar que sólo en compañía de 14 hombres habría sostenido un duro combate en un desfiladero de la montaña, desde “las tres de la tarde hasta las oraciones”. Más aún, afirma que con cuatro hombres logró introducirse en campo enemigo y atacar, hasta poner “en fuga al enemigo en completa ruina”.
La autora del libro, María Eugenia del Valle de Siles, supone que la numerosa caravana se internó a la región de Ayopaya y de allí a Cochabamba. Lamenta que, en su afán de alabar sus acciones y lograr la recompensa que se ha propuesto, Loayza no haya dado mayores detalles de la peregrinación ni tampoco del itinerario.
Lo cierto es que durante la rebelión indígena de 1781 todas las haciendas yungueñas fueron tomadas por los seguidores de Tupac Katari. Las de lo que hoy es Nor Yungas de manera violenta y las de Sud Yungas fueron ocupadas una vez que fueron abandonadas por sus responsables. Es así que el famoso Cerco a La Paz fue financiado en gran parte con coca yungueña. El propio Tupac Katari, una vez controlada la revuelta, confesó a las autoridades españolas que “recibió dos pearas de 20 tambores de coca cada una, de Irupana”.
EN LA FOTO: Tupac Katari, la imagen del líder aimara que encabezó una rebelión financiada con coca yungueña
viernes, 23 de diciembre de 2011
De ch’ullu ch’ullos y niños viejos…

Había una época del año en la que las tapas metálicas de cerveza y gaseosas cobraban valor en Irupana. Era el tiempo en que se acercaba la Navidad y los niños las buscábamos para fabricar los bulliciosos ch’ullu ch’ullos. Había que visitar las casas para adorar al Niño y no existía instrumento de percusión más llamativo que el fabricado con los obturadores de las botellas.
“Este niño viejo, cada año nace, en su chijipampa, wistiki, wistiki”. Al tiempo que aplanábamos las tapacoronas sobre las aceras del poblado, desempolvamos el repertorio musical que dormía en la memoria el resto de los 365 días del año.
La visita a los pesebres comenzaba el 25 de diciembre. El 24 por la noche había que asistir a la misa de medianoche. Las mamás nos obligaban a dormir por la tarde para mantenernos con los ojos abiertos hasta que la figura del Niño sea colocada en el pesebre preparado para la ocasión.
El 25 por la mañana, los niños sacábamos a jugar las diferencias económicas de nuestras familias a la plaza principal. Unos pocos: triciclos y bicicletas; los más, nuestros carritos de plástico, eso sí, con capacidad de cargar barro y todo lo que se le antoje a nuestra imaginación.
Lo bueno venía por la noche, la visita a los pesebres que se habían armado en las casas de los vecinos del centro poblado. Una de las primeras en ser visitada era la casa de Doña Domi, en la Plazuelita Agustín Aspiazu. Ella pagaba la adoración con villancicos. Sabía tantos y los compartía con nosotros cual maestra: “Del tronco nació la rama, de la rama nació la flor, de la flor nació María, de María el redentor”.
Y no era sólo cuestión de fe. Abajeños y arribeños teníamos fijado nuestro territorio de adoración y ¡huay! del que viole la frontera fijada en la Plazuelita. “Estamos en busca de los abajeños”, cantaban los unos y los otros respondían “estamos en busca de los arribeños”. Cuantos puñetes y patadas dados y recibidos en el lugar en grescas de los –¡vaya paradoja!- adoradores del Niño.
Pero adorar en Irupana siempre tenía su toque de humor: Recuerdo la vez en que Don Lucas Reguerín –el sastre del pueblo- nos pidió que adoremos a su pesebre. Nos hizo pasar a su casa y quién estaba echado sobre la cama, en la misma pose del Niño, era su hijo Alberto.
Había personas que sabedoras de nuestro recorrido preparaban chocolate con buñuelos, algún queque o tenían listos los caramelos. Aunque, por supuesto, tampoco faltaban quienes creían que un gracias era más que suficiente para la voracidad de los adoradores. Éste último era el caso de las famosas “voladoras”.
Las solteronas Práxida y Nélida Terceros armaban el mejor pesebre del pueblo. Destinaban un cuarto entero para las cantidades de juguetes que nosotros le envidiábamos al Niño y que parecían reclamar que alguien les dé el uso para el que habían sido fabricados.
Las “voladoras” –como les decían, por sus vestidos largos y por la rapidez con la que caminaban- no tuvieron descendencia. Quizá por ello invertían tanto dinero en comprar juguetes que muchas madres habrían deseado para sus hijos. Pero a la hora de “pagar” por la adoración se negaban a invertir siquiera en los agujeros del buñuelo. Era el momento de interpretar la canción de venganza de los adoradores: “¡El niñito quiere mujer, quiere mujer, nadie le da!”.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
La pelota sobre la “i” de Reguerín
“Mario Reguerín, el mejor alumno de Universitario”, decía el titular sobre la foto de un futbolista gritando su gol a voz en cuello. Era el título principal de la tapa de la edición de lunes del célebre “Hoy Deportivo”. Estaba en el lugar central de la pared empapelada con fotografías de los mejores futbolistas de la época: los hermanos Galarza, Bastida, René Rada, Ovidio Meza…
“Es de Irupana”. El comentario de mi hermano Miguel quedó grabado para siempre, los irupaneños también podemos llegar a las grandes ligas. Y él no era el único: Mario fue uno de los cinco hermanos Reguerín que destacaron por su buen trato con el balón de fútbol.
René Reguerín no encuentra explicación del por qué el fútbol se hizo la marca de la familia. “Nunca lo han visto jugar a mi padre, no sé, talvez la familia de mi madre haya sido deportista”. Aparte de los cinco varones, dos de las tres hermanas –Jhenny y Ana- eran hábiles para la práctica del deporte en sus años mozos.
Por supuesto, los Reguerín comenzaron a hacer sus primeras armas en Churiaca. Comenzaron a mostrar sus habilidades futbolísticas durante los años de escuela, en los desafíos entre los alumnos de los distintos grados.
Pero fue Jorge el primero en sacar su fútbol del suelo irupaneño. Prestaba su servicio militar en la ciudad de La Paz, lugar donde fue visto por los dirigentes del Northern Football Club. Salió del cuartel y jugó durante dos años en ese equipo de la categoría B del fútbol paceño. En ese equipo daba sus últimos trotes el maestro Víctor Agustín Ugarte, cuyo puesto fue ocupado por el jugador irupaneño.
Pudo continuar su carrera deportiva en el naciente fútbol rentado, pero prefirió la estabilidad de un empleo como el que le ofrecían en el Centro Minero La Chojlla. Uno de los requisitos para trabajar en esa empresa era ser buen futbolista. Jorge fue parte de la Selección que representó a esa compañía en los competitivos campeonatos nacionales mineros.
René y Mario llegaron casi al mismo tiempo a las grandes competiciones. René recuerda que asistieron junto a su hermano a uno de los entrenamientos de la Selección de Irupana, en el estadio Mariscal Braun, de la ciudad de La Paz. Minutos antes había concluido el entrenamiento del The Strongest y su técnico, Eustaquio Ortuño, había visto a los Reguerín en acción.
Pasado el partido de ensayo, el adiestrador atigrado pidió hablar con René, a quién invitó a formar parte de su equipo. Pero los dirigentes de la Fraternidad de Residentes ya habían hablado con los dirigentes de Bolívar para que las jóvenes promesas del fútbol irupaneño se vistan de celeste.
Esa misma tarde, René firmó contrato con Bolívar, aunque, de forma sorpresiva, Mario decidió mantenerse al margen. Ahí encontró a estrellas de la talla de René Rada, Ramiro Blacutt, Arturo Galarza, René Herbas, además de los argentinos Siassa y Eleazar Tercilla. Pero semejante constelación dejaba muy pocos espacios para que nuevos valores brillen con luz propia. El técnico Norberto Fernández lo puso en un partido frente a Always Ready e ingresó minutos en otros cotejos para reemplazar a los titulares.
Dos años después, fue transferido al Mariscal Santa Cruz, el equipo de los militares. La incursión tampoco fue fácil, pues el plantel tenía la delantera que le permitió ganar la Recopa Sudamericana 1970: Remberto Gonzáles, Juan América Díaz y Juan Farías. Una lesión en un entrenamiento de la Selección de Irupana lo alejó del fútbol definitivamente.
Mario optó por Universitario y mostró a su hermano cuánta razón tenía al negarse a firmar por el Bolívar. A diferencia de René, él era titular en el equipo y tenía la oportunidad para mostrar sus cualidades en el torneo. Marcó varios goles en el torneo paceño y fue destacado permanentemente por la prensa nacional.
En su mejor momento, la Academia celeste le volvió a ofrecer la posibilidad de vestir su divisa, pero Mario decidió continuar comandando el ataque del Universitario. Luego le ofrecieron la posibilidad de dedicarse a otras actividades económicas en Beni, razón por la que dejó el fútbol. Eran épocas en que pocos jugadores vivían de lo que les pagaba el club. La mayoría de ellos estaba obligada a buscar otra fuente de sustento.
Enrique tuvo una más corta carrera deportiva. Incursionó en el Fígaro, de la B del fútbol paceño, en la época en que el técnico Freddy Valda –luego adiestrador de la Selección Nacional- dirigía el equipo.
El menor de la familia, Carlos, tuvo un paso más prolongado, pero siempre en el Mariscal Braun, también de la B. Habitualmente, los jugadores de ese equipo tenían trabajo en la Cervecería Boliviana Nacional, razón por la que compartían su tiempo entre la cancha y las funciones en la industria.
En Irupana se los recuerda a los cinco Reguerín por su participación en la Selección de Fútbol que ganó el Tri-campeonato Interyungueño. René y Mario fueron los goleadores de los tres torneos. Al terminar de escribir estas letras, todavía me pregunto cuándo volveré a ver a otro irupaneño gritando un gol en un periódico de la estatura del “Hoy Deportivo”.
FOTO 1: Los cinco Reguerín en la entonces poderosa Selección Irupana
FOTO 2: René alcanzó a llegar al primer equipo de Bolívar
