sábado, 28 de marzo de 2020

Jaime Cuevas Larrea, el alcalde que gestionó el puente sobre el río La Paz

Don Jaime, en el puente sobre el Río La Paz

Jaime Cuevas Larrea todavía conservaba la grabación del discurso que dio el día en que le entregó un puente en miniatura al Gral. Hugo Banzer Suárez, pidiéndole la construcción del paso carretero sobre el río La Paz. Él era alcalde municipal de Irupana y el militar presidía el régimen de facto con el que gobernó el país, entre 1971 y 1978.
El puente sobre el río La Paz era un anhelo de los pobladores de la zona desde las épocas en que llegaron las carreteras. Había que vadear el afluente para conectar Irupana con las provincias Inquisivi y Loayza. Y aquello era simplemente imposible durante la temporada de lluvias.
Ante el anuncio de que Banzer visitaría las poblaciones yungueñas, Jaime Cuevas viajó a la ciudad de La Paz para reunirse con el militar yungueño Armando Escobar Uría y coordinar los detalles de la llegada. “El general nos dijo que, en su recibimiento, Chulumani iba a entregar las llaves y que ‘Irupana siempre sobresale’”.
Desconcertado por lo dicho por el ocobayeño, Cuevas Larrea retornó a la población y le comentó la conversación a su Oficial Mayor, Julio Palacios. Éste sugirió encargar un puente en miniatura y entregarlo como presente al visitante, pidiéndole financiar la construcción de la vía que permita vencer el río La Paz sin dificultades.
Así lo hizo. “El gran anhelo de los generales René Barrientos Ortuño y Armando Escobar Uría cumple el Gral. Banzer”, fue la frase que acuñó Cuevas en el intento de convencerlo de encarar la obra. La respuesta de la gente reunida en Irupana para el recibimiento fue “¡puente! ¡puente!”
El entonces alcalde irupaneño recordaba que, tras el discurso, Banzer le dijo que era posible encarar la obra, pero que la gente del lugar debía preparar los accesos que permitan llegar al lugar para comenzar con los estudios e iniciar los trabajos de construcción.
Era tal el anhelo del paso vehicular que el solo anuncio generó la movilización de toda la población. “Todos los vecinos bajaban a La Plazuela, hasta ex combatientes, a veces llevábamos carne y don Víctor Suarez hacía la parrillada, así hemos abierto la senda de ambos lados”, rememoraba don Jaime.
Su régimen dictatorial no le alcanzó a Hugo Banzer para entregar la obra, pero los trabajos ya estaban avanzados y no se detendrían hasta su conclusión. El paso fue inaugurado por el dictador de turno, Luis García Meza, el año 1981. Era la época en que las urnas estaban clausuradas hasta nuevo aviso.
Para entonces, Jaime Cuevas Larrea también se había alejado de la Alcaldía de Irupana. Sus hijos necesitaban continuar con sus estudios y él debía acompañarlos en La Paz, razón por la que debía dedicarse a alguna actividad que le permita estar ligado a la sede de gobierno.
Don Jaime no nació en Irupana, sino en la urbe paceña. Su familia tenía propiedades en La Lloja, provincia Loayza, al otro lado del río La Paz. Al comenzar la década de los 50, del pasado siglo, sus padres compraron la propiedad Santa Bárbara, que se encuentra en sector Pasto Grande.
Él cursaba colegio en la ciudad cuando se produjo la revolución de abril de 1952. Ante el cierre del Colegio Militar del Ejército, los cadetes formaron “fraternidades” con las que pretendían resistir el proceso revolucionario en curso. Adolescente aún, Cuevas se sumó a la fraternidad llamada “La barra de la esquina”. Pero el MNR se afianzaba en el poder día que pasaba y había comenzado a detener a sus opositores, incluidos los jóvenes cadetes de las fraternidades. Enterado del hecho, el padre de don Jaime lo “desterró” a su propiedad de Santa Bárbara.
Ahí estuvo dos años, trabajando a diario, sin salir a ninguna parte. Al cabo de ese tiempo comenzó a aparecer en Irupana. Su habilidad con la pelota hizo el resto, en poco tiempo estuvo integrado a la juventud del poblado. Jugaba en el Millonarios y luego se sumó al Atlético Irupana.
Él era defensor, pero la casualidad lo convirtió en arquero. Había recibido una patada en el pie al amansar una mula y el equipo que iba a entrar a la cancha de Churiaca sólo tenía 10 jugadores. “Tienes que entrar de arquero”, fue la orden. Cuando ingresaba al terreno escuchó una voz que le advertía: “¡Cuevas deberías traer canasta para llevarte los goles!”. No fue así. Terminó el partido con nuevo puesto en la cancha y el apodo que lo marcaría para siempre: Mono.
En su constante paso por Vila Vila -al ir y venir entre Santa Bárbara e Irupana- conoció a Silda Cárdenas. Jaime estaba decidido a construir su historia con ella, por eso, en cada viaje, para congraciarse con los futuros suegros, dejaba a su paso dos cargas de leña. Ella tampoco era indiferente a la presencia del joven, por lo que en poco tiempo se casaron y se asentaron en Irupana. De esa relación nacieron Jaime, Rigoberto, Lorena y René.
Jaime se dedicó de lleno al ganado, hicieron una sociedad con los mañazos Carlos Mercado y Luis Salas, en la que su misión era proveerles de animales para el carneo. Desde siempre su vida ha estado dedicada a la crianza y traslado de vacas, cuando no de mulas para llevar carga. Tiene innumerables historias y anécdotas sobre el lomo del caballo.
Pero la política lo seguía siempre. A poco de su llegada a Irupana se vio organizando los grupos falangistas que intentaban impedir el irreversible paso de la historia. Los enfrentamientos con los emenerristas, el balazo que atravesó el bota pie, las huidas a Santa Bárbara. Hasta aquel día en que lo buscó Raúl Portugal, ministro de Banzer, para entregarle su nombramiento de alcalde de Irupana.

viernes, 23 de agosto de 2019

Sara Arce Soliz, la educadora de Irupana

La educadora irupaneña junto a su amada Escuela Eduviges

Aquella tarde de 1984, los estudiantes del último curso del Colegio 5 de mayo iban a bautizar a su Promoción con el nombre de la destacada educadora irupaneña Sara Arce de Velasco. Cuando la maestra homenajeada llegó al salón donde iba a realizarse el acto se sorprendieron al ver que comenzó a llamar lista, pero a sus mamás. Casi todas ellas habían sido sus alumnas: “Celina, Basilia, Cleofé…”. “¡Buenastardes, profesora Sara!”, respondían felices las señoras, retrocediendo las décadas en las que la tuvieron como a su preceptora.
Es que si hubo una maestra que marcó el curso de la educación en Irupana durante el siglo XX fue la profesora Sara, una educadora que no sólo destacó por su trabajo en el aula y al mando de la que sería la Escuela Eduviges Garaizabal viuda de Hertzog. Ella trabajaba horas extras con los padres de familia, mientras sus firmes principios y valores morales se constituían en la otra gran enseñanza.
Sara Arce Soliz se acercó temprano a la tiza y al pizarrón. Su hija Consuelo Velasco asegura que su andadura por las aulas como educadora comenzó cuando ella tenía apenas 15 años. Desde su niñez se había destacado como estudiante en la Escuela Primaria Mixta, que funcionaba en lo que hoy es el mercado de Irupana. Era la época en que ese era un requisito indispensable para incursionar en el magisterio.
Pese a su corta edad, no tardó mucho en destacar entre las educadoras del lugar. Su padre –que fungía como Notario en Irupana- tenía una pequeña biblioteca, la que ella se comió entera al saber del desafío docente que se le avecinaba. Por supuesto que luego se fue nutriendo de otros textos: “Tenía sus enciclopedias, hacía resúmenes, no sólo veía eso, revisaba revistas especializadas, en esa época no había esa fluidez de información que tenemos ahora”, rememora Consuelo.
A sus 30 años, en 1942, fue nombrada directora de la Escuela de Niñas. Para entonces, la profesora Sara era ya toda una institución de la educación en Irupana, un referente obligado cuando se hablaba de temas relativos a la cultura de la población.
Nadie olvidaba que, durante los años de la conflagración bélica con el Paraguay –entre 1932 y 1935- esa joven había sido “madrina de guerra”. Ella se ocupaba de escribir las cartas que las familias –que no manejaban la lectoescritura- mandaban a los soldados que se encontraban en el frente de batalla y de leerles las que llegaban. Tampoco pasaron inadvertidas las actividades de recaudación de fondos para apoyar a quienes lo necesitaban.
Las veladas artísticas, las actividades deportivas, las campañas de solidaridad. La “señorita Sara”, como la conocían en Irupana, encabezaba todas las actividades que se desarrollaban en el centro poblado. Era tal su presencia en la vida de la población, que el naciente Centro de Acción Cultural y Deportiva “Agustín Aspiazu”, formado por únicamente varones, la nombró “presidente honoraria” de su organización.
Quedó grabado en la memoria ese emotivo discurso, aquel lunes 16 de mayo de 1949, en el acto en que el presidente Enrique Hertzog Garaizabal puso la primera piedra de lo que hasta ahora es el local de la Escuela Eduviges, nombre puesto en homenaje a la madre del entonces mandatario.
Pero el amor iba a cambiar el curso de su vida. El orureño Alex Velasco llegó a Irupana designado para la Aduana Agropecuaria. La profesora Ana Rivera, sabedora de la presencia de aquel apuesto joven, se le acercó y le dijo: “¿Desearía usted conocer a una dama irupaneña muy simpática?”. Ante el interés del recién llegado, fue en busca de Sara, a la que comentó: “¡Hay un joven que quiere conocerte!”. Así comenzó esa historia de amor que se prolongó hasta la muerte.
El año 1950 nació Ramiro, dos años después Consuelo. Ellos y su educación eran el nuevo desafío de Sara y Alex. En 1958, la educadora irupaneña tuvo que dejar la dirección de su querida Escuela Eduviges para trasladarse a la ciudad de La Paz. Su apuesta de toda la vida por la buena educación debía dar sus mejores frutos en sus dos retoños.
La inversión de Sara y Alex en la educación de sus hijos es otro ejemplo digno de imitar. Ambos de clase media, sin casa propia en la sede de gobierno, lo pusieron todo para que Ramiro y Consuelo reciban una educación de calidad. Los inscribieron en el Saint Andrews –uno de los mejores colegios de La Paz-, en la Universidad Católica, para que estudien Economía, y luego el postgrado en Polonia. “Los Velasco Arce éramos conocidos por ser bien estudiosos”, sonríe Consuelo.
El 15 de enero de 1980, la profesora Sara recibió el golpe más duro de su vida: Su hijo Ramiro, que militaba en el MIR, fue asesinado por la dictadura de Luis García Meza, en aquella fatídica reunión de la calle Harrington. Una semana antes él había estado con sus hijos en Irupana y salió porque tenía la clandestina tarea de hacer el análisis de la situación económica del régimen de facto. Ramiro había mamado de la gran sensibilidad social de su madre y estaba convencido de que la lucha política era fundamental para atender las necesidades de los más pobres.
En su última etapa, la incansable educadora irupaneña se dedicó a apoyar la formación de sus nietas y nietos, quienes se beneficiaron de todos los conocimientos y el cariño que había acumulado. Hasta aquel fin de semana de febrero de 2001, en que se acostó como todas las noches, pero no despertó nunca más. La profesora Sara ya había volteado la hoja, dejando una hermosa lección de vida…

miércoles, 14 de agosto de 2019

De Huara, con amor

Honorina y Victoria Cárdenas con su familia, casi todos nacidos en Wara.Por Erick Ortega Pérez


Nicanor Cárdenas no era un hombre nacido en cuna de oro y sabía perfectamente que la única forma que tenía para conseguir el tesoro del amor era robando la razón de sus sueños. Ella, por su lado, era lo más pa
recido a una doncella y, al mismo tiempo, tenía la férrea voluntad de una plebeya: Angélica Meneses.
Ambos nacieron poco más de un siglo atrás, en Irupana, y llegaron a este mundo cuando en Yungas aún no se habían inventado algunas palabras; pero sabían perfectamente el significado del término: clandestino.
Angélica venía de una familia “pudiente”, estudió en el colegio Sagrados Corazones, de La Paz; Nicanor solo tenía un carácter indomable que puso al servicio de ella. Por eso decidió llevársela lejos de sus familias, más allá del monte y del caudaloso río La Paz; se fueron a conquistar, con sus manos, un lugar denominado Vista Alegre de Huara.
Julio Palacios, agarra con paciencia la aún caliente jawita y le da un sorbo a su café negro endulzado con dos cucharillas de azúcar blanca. Habla claro, escucha apenas. Sus 85 años sobre este mundo no le han hecho mucha mella, aunque arrastra algunos achaques que él combate con paciencia y buen humor. Tiene una memoria prodigiosa y es capaz de extraer los más antiguos detalles escondidos del baúl de su memoria.
Cuenta, por ejemplo, que aprendió a trazar sus primeras líneas gracias a su mamá, Honorina. Ésta a su vez comprendió el arte de la palabra escrita por obra y gracia de su madre, Angélica. Angélica era madre, profesora y además enseñó a sus 10 hijos y un criado a comportarse correctamente en la mesa y en la vida. Su reinado de piedras y madera era la gran casona de Vista Alegre de Huara... Él también era un hombre noble, quien lo único que se llevó sin pedir permiso fue a Angélica.
La familia estaba completa y feliz con sus hijos: Eduardo, José, Alfonso, Gualberto, Emilio, Pío, Laureano, Paulina, Victoria y Honorina.
La Guerra del Chaco fue un golpe para ellos. Dos varones murieron en el campo de batalla y uno al volver del conflicto bélico. El resto retornó a la comarca.
Pronto, en los alrededores también llegaron otros vecinos y el sitio fue creciendo al amparo de los mecheros y los sueños.
Cuando Nicanor y Angélica dejaron este mundo, el villorio ya tenía su propio latir. Estaba a tres días de viaje en mula, atravesando el río La Paz y pasando noches a la intemperie. Eran tiempos de trueque, de cuando la gente de Luribay llegaba con pito de cañahua, chalona, queso, uva, pera y mulas. A cambio, los hijos de Nicanor ofrecían  paltas, platanos, camotes, yucas, mani y terneros. Una mula costaba dos terneros y así iban cambiándose los productos.
El tesoro mayor de Huara era la palta criolla. Hubo un tiempo en el que llegaban entre 20 y 30 mulas repletas de paltas a La Paz, procedientes de Huara. Allí, continúa Julio, una mujer se encargaba de recibir a los vendedores. Es más, enviaba una comitiva hasta Obrajes para dar alimento a los viajeros. Las paltas llegaban hasta un canchón donde actualmente está una cancha de The Strongest, el sitio de comercio hoy se conoce como mercado Yungas.
Mientras, Huara sobrevivía a su manera puesto que "dinero", era otra palabra casi inservible. Sobrevivencia era el término exacto para los animales domésticos y de las granjas. Víboras y depredadores hacían estragos y obligaban a ir de cacería. Entonces, matar a una onza era motivo de alegría. Desde la parte superior de la montaña se veía el Illimani paceño y caminando en línea recta hacia abajo se llegaba al río La Paz. Una de las diversiones de la parentela era sentarse en una de las dos piedras gigantes de la zona. Allí los mayores narraban historias del mágico mundo paceño, donde había radios, coches, y energía eléctrica.
En febrero, los niños huareños que cumplían siete años, viajaban dos días hasta Irupana para ir a clases. Retornaban a su terruño en vacaciones.
El comienzo del fin empezó en 1952. La revolución de Víctor Paz decidió darle tierra al que la trabajaba. Se oían historias de terror, de terratenientes colgados y familias muertas en la lucha por la propiedad de la tierra. Los nietos de Nicanor y Angélica fueron amenazados y decidieron dar batalla. Se parapetaron en sus patios a enfrentar su destino.
Armando Ortega, quien ya pasó la barrera de los 80 años y va despacio hacia los 90, recuerda que junto con su primo Benjamín pasó un par de noches armado y esperando a los campesinos que jamás llegaron. "Si íbamos a morir, íbamos a morir peleando", dice ahora al revivir aquellos días.
El acecho de los campesinos fue constante. Hubo un juicio que acabó dando la razón a los descendientes de Nicanor y Angélica... Pero no hubo paz para la familia, que decidió poco a poco dejar aquel suelo. Irupana fue el sitio elegido para continuar con sus vidas. De allí, muchos salieron a otras ciudades del país y del extranjero.
Hoy Vista Alegre de Huara se denomina simplemente Wara. Allí permanecen algunas paredes de piedra… puertas de madera que abren y cierran con dificultad. Por allí, recientemente, anduvieron Julio y Armando. Volvieron a la casa, a aquella que se levantó gracias a una historia de amor.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

El día en que Irupana se estrenó como municipio…

El acta de instalación del municipio de Irupana

El 10 de enero de 1875 fue un día de fiesta en Irupana: 50 años después de la creación de la República, el lugar se estrenaba como municipio, al ser creada la Tercera Sección de la provincia de Yungas, con capital Villa de Lanza.
Fue el presidente Tomás Frías quien promulgó la “Lei” –así está escrito- que dividía en tres secciones administrativas la rica provincia de Yungas, que tenía como capital a Chulumani y como Segunda Sección a Coroico. Ello ocurrió el 25 de noviembre de 1874, en la ciudad de Sucre.
Hasta casi el final de la época colonial, la región yungueña era parte del partido de Sica Sica. Es decir, el corregidor de aquel lugar era quien estaba a cargo de este extenso reparto. Fue cerca de la Guerra de la Independencia que se separó al partido de Yungas, debido a su importancia económica –fundamentalmente por la producción de hoja de coca-, territorio que fue la base de la provincia creada una vez instaurada la república.
Lo evidente es que su territorio era muy extenso, mucho más si se toma en cuenta que entonces la comunicación entre las distintas poblaciones se realizaba a lomo de bestia. 25 años después de la creación de Irupana como Sección Municipal, la provincia se dividía en Sud y Nor Yungas, esta vez por presiones de los poderosos cocaleros de Coripata, a quienes, sin embargo, tampoco les faltaban argumentos administrativos.
Pero volvamos a Irupana: “En la Villa de Lanza Capital de la Tercera Sección Judicial Municipal de la Provincia de Yungas a los diez días del mes de enero de mil ochocientos setenta y cinco años”, comienza el “Acta de Instalación”, la cual es la primera del nuevo municipio.
Según ese documento, fue una “Orden Suprema”, de 4 de diciembre de 1874, la que ordenó “la inauguración del Municipio” para el 10 de enero de 1875. Aquel día, la testera estuvo ocupada por el Corregidor Territorial D. Bartolomé Lizón, en representación del Sub Prefecto de la Provincia, los miembros de la primera Junta Municipal de Irupana: Pablo Rivera, Francisco Mendieta, Cayetano Aspiazu, Simón Belmonte y Camilo Unzaga, el juez de partido Escolástico Bustillos, el Párroco, Dr. José Manuel Aspiazu y el Diputado de la Provincia, Rómulo Román.
Luego de prestar juramento los flamantes munícipes y los alcaldes parroquiales, comenzaron los discursos: “Leyó el primero –el Corregidor- un luminoso discurso el que declaraba instalada la Tercera Sección Municipal de Yungas, que contestada en términos claros y concisos por el Presidente del Municipio; el Juez de Partido a su vez tomando la palabra con ideas brillantes manifestó la importancia y utilidad de la instalación y las ventajas que reportaba el pueblo con la erección de la Tercera Sección Municipal y Judicial, pasados los discursos oficiales se pronunciaron varios otros, notándose en todos ellos la mayor armonía, profusión, placer y gratitud por el inmenso beneficio que se había recibido”.
El acto oficial fue cerrado con la intervención del diputado Román, quien tuvo una “alocución llena de ideas filantrópicas, de progreso, liberalidad y entusiasmo”, según reza el Acta de Instalación del nuevo municipio.
Una vez concluido, todos los presentes se dirigieron al templo de la localidad “a dar gracias al Supremo Legislador del Universo”, donde se celebró una misa. “Oyéndose brotar de los labios del Digno Sacerdote, en la Catedral del Espíritu Santo, las palabras de unción, paz y confraternidad, vertidas en elocuentes y floridas preces; terminando esta augusta ceremonia con el sagrado cántico del “TE DEUM” que inspiraba mucha veneración y adoración al Altísimo”.
De esa manera comenzó la historia del municipio de Irupana, que, de acuerdo a la “Lei de 25 de noviembre”, tiene como capital a Villa de Lanza –nombre con el que fue bautizada el 3 de enero de 1827- y cuya jurisdicción se extiende a los cantones: Laza, Lambate y Taca.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Laza, nuestra tatarabuela…

Vista del actual centro poblado de Laza (Foto: Juan Adolfo Apaza)

Laza es la población más antigua de lo que hoy es el municipio de Irupana y una de las más veteranas de la región yungueña. Es más, era hasta bien entrada la etapa colonial lo que entonces se llamaba “doctrina” o lo que hoy se denomina parroquia, dentro de la administración eclesial.
El archivo del Arzobispado de La Paz consigna muchos documentos en los que Laza aparece como cabeza parroquial, al mismo nivel que Chulumani, que es la jurisdicción con la que colinda. Irupana aparece nombrado, pero como parte de ese territorio administrativo de la Iglesia Católica.
Ya en 1943, el irupaneño Leonardo Guzmán, director de la revista “Acción y Progreso”, publicó una versión del religioso franciscano Nicolás Armentia quien, en su calidad de obispo, habría realizado una visita pastoral a la parroquia de Irupana, en 1903, en la que pudo constatar la antigüedad del mencionado poblado.
“Según las investigaciones que he hecho, ella ha sido erigida a mediados del siglo XVII, o sea el año 1646, un 29 de junio, llevando por ello el agregado previo de San Pedro. Su fundación ha obedecido al descubrimiento de ricos yacimientos de oro en ‘El Encanto’”, afirma la mencionada publicación.
De acuerdo a la versión del religioso, además de la riqueza minera, los españoles que se asentaron en el lugar lo hicieron con el objetivo de cultivar productos agrícolas, tarea que fue realizada por los esclavos africanos que llegaron junto a ellos.
Pablo Fernández, un religioso de la orden de los Recoletos, menciona como muestra de la pasada grandeza de Laza su templo y su casa convento, los que fueron destruidos por un incendio, dando lugar a la pequeña capilla que ahora tiene.
¿Dónde estaba edificada semejante infraestructura en la explanada donde está ubicado el centro poblado de Laza? El sacerdote agustino holandés Wigberto van Zuylekom, quien desde los años 40 trabajó en las parroquias de Irupana y Chulumani, afirma que el templo y la respectiva casa se levantaban sobre los terrenos en los que hasta hace años estaba la cancha de fútbol y ahora se yergue la plaza del centro poblado.
“Laza, que era antes la residencia del vicario foráneo, ha degenerado hasta ser un pueblito de unas 30 familias. El templo anterior ha sido desmantelado y un templo nuevo fue construido con una sola habitación para el párroco. La iglesia está en buen estado, muy decente, justamente se estaba arreglando la sacristía. El terreno del templo antiguo ahora es cancha de fútbol”, relata según la versión recogida en el libro “Memorias de los agustinos holandeses en Bolivia 1930 – 1995”.
¿En qué momento San Pedro –que según Armentia era el patrón del lugar- fue reemplazado por el Señor de la Exaltación? Según se sabe, en la época colonial fueron traídos desde España tres imágenes del Cristo crucificado. Una de ellas fue consagrada en el templo de Ocobaya, la otra en el de Laza y la tercera estaría en alguna población del sector de Lambate. Sin embargo, aún resta investigación archivística para establecer las causas que llevaron a mover la fiesta de Laza del 29 de junio al 14 de septiembre.
Pero hay muchas otras preguntas sin respuesta: ¿Cuáles fueron las razones por las que Laza perdió la importancia que tenía en el pasado? ¿Por qué el centro neurálgico del sector fue transferido a Irupana?
Ya en 1781, durante el levantamiento indígena de Tupaj Katari, Irupana era considerado un punto estratégico por su conexión con la provincia Inquisivi, tanto que todos los españoles de la región se concentraron en el lugar y fueron parte de un éxodo hacia Cochabamba. La importancia que algún día tuvo Laza ya era historia…

miércoles, 15 de agosto de 2018

“En La Plazuela tenemos al poderoso Strongest…”

El equipo de La Plazuela de comienzos de los 60. Parados: Pascual Salazar, Antonio Navarro, (NN), Florencio Flores, Amorín Zalles y Camacho. Abajo: Pascual Flores Walter Terán, Fernando Zalles y Julio Pinto
El día en que Walter Terán compró un juego de camisetas atigradas para el equipo de La Plazuela ni se imaginó que estaba pintando los colores de uno de los mejores representativos de fútbol que tuvo el municipio de Irupana.
Él había nacido en la población de Saya, municipio de Cairoma, provincia Loayza, donde el equipo vestía los colores del The Strongest, de La Paz. Luego de prestar su servicio militar, en 1956, se asentó en La Plazuela, donde el fútbol era ya la principal distracción.
“Aquí el color había sido blanco, creo que con bando rojo, mi pueblo, Saya, era estronguista, he ido a La Paz y he comprado las camisetas del Strongest, desde entonces esos han sido los colores de nuestro equipo”, relataba orgulloso don Walther, quien falleció el año pasado.
En esa época, La Plazuela no tenía mucha población. Hasta antes de la Reforma Agraria, firmada en 1953, el lugar era de propiedad de la familia alemana Stephan, que se dedicaba a la producción de caña, la que era destinada a la elaboración de alcohol. Luego vino el fracaso de la producción de paltos para quedarse finalmente con los mangos.
Don Walter recordaba que, al principio, no tenían muchos jugadores, al extremo que necesitaban prestarse futbolistas para completar el equipo: “Jugaba Pascual Flores, Florencio Flores, su hijo de don Desiderio Fernández, Amorín Zalles, mi persona, Claudio Pinto, Bonifacio Saavedra, ocho nomas éramos. Nos ayudaban Pastor Manrriquez, y Camacho, de Pahuata”.
Pero a pesar de su escaso número, el equipo atigrado de La Plazuela ya era un rival de temer en los cotejos amistosos y también en los torneos intercomunales. En el lugar guardan aún el trofeo al primer lugar del Campeonato Campesino, organizado por la Alcaldía de Irupana, en la gestión de Leonardo Carrasco, a comienzos de los 60. Terminaron el torneo de manera invicta, siendo únicamente el equipo de Capani el que pudo arrancarles un empate.
Luego vinieron las nuevas generaciones de jugadores que fueron de los mejores equipos que se recuerden en los torneos anuales que se organizaba en el campo deportivo de Churiaca, en Irupana. ¿Cómo olvidar los partidos frente a la poderosa Chicaloma?  Queda en el recuerdo las innumerables finales que han tenido como protagonista al equipo de la playa del Río La Paz.
Futbolistas de la talla de los Flores, los Castro, los Pinto, los Terán… Verdaderas familias dedicadas a darle buen trato al balón, que han ayudado a conformar equipos competitivos, pese a que La Plazuela continuaba siendo una población relativamente pequeña.
Sin duda, los hijos de Florencio Flores se encuentran entre los más destacados: Jaime defendió los colores del San José, de Oruro, y el Always Ready, de La Paz. Jaurry jugó en Chaco Petrolero para luego defender los colores de varios equipos potosinos que incursionaban en la Liga Profesional. Su etapa más brillante fue cuando jugó en filas de Litoral. Germán llegó a equipos de la Asociación del Fútbol de La Paz. Los nombres de los planteles donde jugo Nicolás, el menor de los Flores, lo dicen todo: Municipal, Litoral, The Strongest, Oriente Petrolero y Ciclón.
La Plazuela se ganó tal respeto en el fútbol yungueño que fue uno de los primeros equipos que, sin ser Capital de Sección Municipal, participó en el torneo interyungueño, siendo uno de sus grandes animadores. Es de esas épocas el doloroso accidente que sufrió la población, cuando se embarrancó el camión que transportaba a jugadores e hinchas al torneo que se jugaba en Coripata, el año 1990.
Este centro poblado del municipio de Irupana es conocido por la calidad de sus mangos, pero hubo una buena época en la que fue igual de reconocido por la calidad del fútbol que se practicaba en su pedregosa cancha.

miércoles, 25 de julio de 2018

Irupana es más vieja de lo que decimos…


Este documento que se encuentra en los archivos del Arzobispado de La Paz es de junio de 1717 y dice claramente: "Pueblo de Irupana"
Cual persona cuarentona, los irupaneños e irupaneñas le hemos rebajado la edad a nuestra población. Decíamos que fue fundada en 1746 y que, por lo tanto, en 2016 cumpliría 270 años de vida. Pero es mucho más vieja: Una rápida búsqueda en el Archivo del Arzobispado de La Paz nos permitió encontrar una mención sobre Irupana en el mes de junio de 1717, casi tres décadas antes del año en que supuestamente fue fundada.
Que sepamos, nadie de las actuales generaciones ha visto el certificado de nacimiento de Irupana. Es más, quien afirmara que es del año 1746, don Leonardo Guzmán -director de la revista Acción y Progreso, que se publicaba en los años 40, del pasado siglo-, tampoco realiza una afirmación taxativa de que este documento exista.
“Hemos llegado a establecer, sino con exactitud, al menos aproximadamente”, explica Guzmán, al asegurar que, junto al obispo e historiador Nicolás Armentia, realizó pacientes investigaciones, el año 1903, en el Archivo Parroquial que “aún debe existir en Irupana”. Ellas le habrían permitido asegurar que un grupo de españoles se asentó en Irupana dos años antes de su fundación, atraídos por su riqueza minera.
Pero la lógica cuestionaba la fecha: ¿Era posible una fundación tan tardía, tomando en cuenta que otras poblaciones como Laza o Chulumani existían muchísimo antes? Las investigaciones sobre el levantamiento de Tupac Katari muestran que Irupana, ya en 1781, era el principal asentamiento español de la región. ¿Pudo acaso constituirse un centro poblado tan importante en apenas algo más de tres décadas?
Las dudas fueron alimentadas por una conversación con el padre Alberto, actual párroco de Irupana, quien aseguraba que vio, en algunos libros sobre la historia de la Iglesia paceña, el nombre de nuestra población mucho antes de la mención al año 1746.
Había que buscar la historia de la parroquia de Irupana y, para hacerlo, era fundamental revisar los archivos del Arzobispado de La Paz. Gracias a la comprometida colaboración de su responsable, el profesor Norman Reyes, fue posible establecer lo siguiente:
  • Laza es mucho más antiguo que Irupana. Es más, era la “doctrina” o lo que hoy conocemos como la parroquia de la zona, se dice que su iglesia, con estilo colonial, sufrió un incendio que la destruyó por completo.
  • Hemos encontrado una referencia sobre Irupana con fecha 20 de junio de 1717. Se trata de una visita del obispo Matheo de Villafane a nuestra población. En nuestro criterio, esto echa por tierra la hipótesis de la fundación en 1746.

Entonces, ¿de dónde sale el año 1746? No creemos que sea un invento gratuito de Leonardo Guzmán o, menos aún, de Nicolás Armentia, cuyos aportes sobre las tierras bajas del país son fundamentales para la historia de Bolivia.
¿Es acaso, 1746, el año en que se traslada la sede de la doctrina o parroquia de Laza a Irupana? ¿O se trata de la gestión en la que los colonizadores españoles reciben la encomienda real correspondiente para explotar la riqueza minera de la zona? Es necesario seguir investigando, pero lo que podemos asegurar por ahora es que Irupana tiene más años de los que le hemos achacado hasta este momento…
Irupana, agosto de 2016