viernes, 20 de enero de 2012

El "Padre Negro"


Más tardó en llegar que en salir de la comunidad a la que lo mandaron para celebrar la misa de fiesta. El padre Juan José –el párroco holandés de Irupana, en los Yungas de La Paz- había decidido mandar a Carlos Guadama, el “Padre Negro”, para la celebración. ¿Quién mejor que un afro para conmemorar la fiesta patronal de una comunidad negra? No lo entendieron así los lugareños, quienes se negaron a asistir a la eucaristía, la cual tuvo que ser suspendida por falta de quórum.
Ellos querían que sea un cura rubio quien celebre la misa grande de la festividad religiosa de su comunidad y no aquel que –siendo tan sacerdote como los holandeses- tenía su mismo color de piel. “Herencia del colonialismo”, dirán algunos; “histórica baja autoestima”, calificarán otros. Lo cierto es que los sacerdotes agustinos holandeses no cejaron en su intento de que los yungueños crean en sí mismos, se den cuenta de que sólo ellos pueden construir su futuro.
Y es que la interculturalidad no era un discurso para los agustinos holandeses, era parte de su vida diaria. Los primeros misioneros holandeses llegaron a los Yungas a principios del siglo pasado. Era la época en que a la región yungueña sólo era posible llegar a pie o a lomo de mula. Sin dejar de lado su holandés materno, aprendieron a hablar el castellano y -vaya atrevimiento- hasta el aimara, para comunicarse mejor con los pobladores de la zona.
Fueron pioneros en la formación de los catequistas aimaras de los Yungas, en un intento por aterrizar el evangelio en la realidad de la zona; crearon un Centro de Capacitación en Lavi Grande, para formar en nuevos oficios a los hijos de los campesinos; instalaron Radio Yungas, como un verdadero espacio intercultural; y –entre muchos otros proyectos- hasta impulsaron un proyecto de recuperación de la medicina tradicional, en forma coordinada con los hospitales de la zona. La Pastoral Yungueña a su cargo declaró a la hoja de coca como “símbolo de vida”. No ahora cuando el arbusto es defendido por el propio Presidente de la República, sino en momentos en que el gobierno de Víctor Paz Estensoro aprobaba a capa y espada la cuestionada Ley 1008.
No. No se trataba de “curas tercemundistas” ni de seguidores de la “Teología de la Liberación”. Eran religiosos que decían su palabra, muchas veces contraria a la opinión mayoritaria de los habitantes de la región yungueña, pero profundamente respetuosos de las determinaciones de los lugareños. Construyeron con los yungueños una relación de tú a tú, en la que el color de la piel no era el factor definitivo para categorizar a una persona. Interculturales, pues.
El padre Carlos Guadama, más conocido en los Yungas como el “Padre Negro”, falleció semanas atrás en la ciudad de Cochabamba. Nació en Chicaloma, la más grande localidad afroboliviana del país. Ayudaba en las labores domésticas a los agustinos holandeses hasta que decidió ingresar al sacerdocio, determinación que fue respaldada firmemente por los religiosos neerlandeses. Fue el primer afroboliviano en calzarse una sotana. Era un verdadero lunar en las reuniones de los sacerdotes holandeses, pero eso sólo era cuestión de piel…

La Paz, enero de 2009

lunes, 16 de enero de 2012

El cerco a Irupana


No fue un mito. La memoria oral transmitió de generación en generación la historia de un cerco indígena al centro poblado de Irupana y esa medida de presión sí existió: Se produjo dentro de la rebelión que dio lugar al Cerco a La Paz, protagonizado por las huestes de Tupac Katari.

La historiadora María Eugenia del Valle de Siles -en el libro “Historia de la Rebelión de Tupac Catari”- menciona una “representación” hecha por el criollo paceño, hacendado en Irupana, José Ramón de Loayza, en la que solicita se le conceda la “gracia de una de las Órdenes Militares” por haber encabezado la defensa del centro poblado y conducido el éxodo de españoles y criollos hacia Cochabamba.

Era la época en que los centros poblados de la región yungueña eran habitados por los encomenderos y hacendados, tanto españoles como criollos. En consecuencia, eran los principales blancos del ataque de los indígenas insurrectos. Irupana no era la excepción.

El 9 de marzo de 1781, “volvieron a Irupana con gran prisa y vocerío don Francisco Carrasco y un soldado, después de haber realizado una inspección por las laderas. Habían podido comprobar que los enemigos estaban ya encima del pueblo, habían cometido varias muertes en un canto de la población”.

Loayza relató que un día antes, el 8 de marzo, se encontró con “un número crecido de indios que por las laderas de los cerros se dirigían a los Yungas”. Eran, evidentemente, grupos que obedecían el mando de Tupac Katari y que a su paso habían tomado los pueblos de Caracato, Sapahaqui y Luribay.

Tras recibir el aviso de Carrasco, Loayza relata que tomó las armas de inmediato y pudo rechazar a los invasores “poniéndolos en fuga”. Asimismo, para escarmentar a los indígenas de la zona “decidieron matar a algunos prisioneros cogidos en los días anteriores”.

Se debe tomar en cuenta que el relato de José Ramón de Loayza ensalza y exagera sus acciones, pues, lo que busca – a través de la “representación”- es un reconocimiento de la Corona española. Por supuesto, en su versión no cuenta para nada la historia de los indígenas.

Luego de repeler el primer ataque, Loayza se dedicó a organizar las fuerzas de Irupana para repeler nuevos ataques. Al llegar al lugar, encontró 400 hombres armados, a los que se sumaron 200 más. Él habría corrido con los gastos para armar a esas personas con lanzas, bocas de fuego, hachas, balas y pólvora.

“A su vez el pueblo, en atención a su comedimientos, valor y arrogancia, le proclamó comandante de la plaza, cargo que el corregidor José de Albizuri confirmó desde Chulumani, el 17 de marzo, nombrándole provisionalmente, hasta la determinación del virrey, comandante de las milicias de Irupana”, relata el libro.

Pero los indígenas se habían apostado en los alrededores del centro poblado. Ahí cometían todo tipo de “tropelías” contra los pobladores de la zona o contra quienes salían o ingresaban del lugar. “Durante 20 días se mantuvo esta situación a pesar de que los rebeldes no estaban más allá de cinco a siete leguas”.

El éxodo masivo

Pero la rebelión indígena cobró tal magnitud en la región yungueña que el centro poblado iba a caer en cualquier momento. La única alternativa era la salida hacia Cochabamba, lugar donde la situación estaba bajo control español.

De acuerdo al relato de Loayza, se reunió a los vecinos de otras zonas, como Chulumani, “llegándose a juntar cinco mil almas, entre hombres, mujeres y niños” para organizar la salida. El 6 de abril de 1781, a las 2 de la tarde, la caravana llegó a Cajuata, en la provincia Inquisivi. En el lugar, los comandantes del grupo se enteraron que en Suri estaban reunidos 1.500 indígenas, los que habrían matado a algunos vecinos del lugar.

El criollo paceño vuelve a magnificar sus acciones, al indicar que sólo en compañía de 14 hombres habría sostenido un duro combate en un desfiladero de la montaña, desde “las tres de la tarde hasta las oraciones”. Más aún, afirma que con cuatro hombres logró introducirse en campo enemigo y atacar, hasta poner “en fuga al enemigo en completa ruina”.

La autora del libro, María Eugenia del Valle de Siles, supone que la numerosa caravana se internó a la región de Ayopaya y de allí a Cochabamba. Lamenta que, en su afán de alabar sus acciones y lograr la recompensa que se ha propuesto, Loayza no haya dado mayores detalles de la peregrinación ni tampoco del itinerario.

Lo cierto es que durante la rebelión indígena de 1781 todas las haciendas yungueñas fueron tomadas por los seguidores de Tupac Katari. Las de lo que hoy es Nor Yungas de manera violenta y las de Sud Yungas fueron ocupadas una vez que fueron abandonadas por sus responsables. Es así que el famoso Cerco a La Paz fue financiado en gran parte con coca yungueña. El propio Tupac Katari, una vez controlada la revuelta, confesó a las autoridades españolas que “recibió dos pearas de 20 tambores de coca cada una, de Irupana”.

EN LA FOTO: Tupac Katari, la imagen del líder aimara que encabezó una rebelión financiada con coca yungueña

viernes, 23 de diciembre de 2011

De ch’ullu ch’ullos y niños viejos…


Había una época del año en la que las tapas metálicas de cerveza y gaseosas cobraban valor en Irupana. Era el tiempo en que se acercaba la Navidad y los niños las buscábamos para fabricar los bulliciosos ch’ullu ch’ullos. Había que visitar las casas para adorar al Niño y no existía instrumento de percusión más llamativo que el fabricado con los obturadores de las botellas.

“Este niño viejo, cada año nace, en su chijipampa, wistiki, wistiki”. Al tiempo que aplanábamos las tapacoronas sobre las aceras del poblado, desempolvamos el repertorio musical que dormía en la memoria el resto de los 365 días del año.

La visita a los pesebres comenzaba el 25 de diciembre. El 24 por la noche había que asistir a la misa de medianoche. Las mamás nos obligaban a dormir por la tarde para mantenernos con los ojos abiertos hasta que la figura del Niño sea colocada en el pesebre preparado para la ocasión.

El 25 por la mañana, los niños sacábamos a jugar las diferencias económicas de nuestras familias a la plaza principal. Unos pocos: triciclos y bicicletas; los más, nuestros carritos de plástico, eso sí, con capacidad de cargar barro y todo lo que se le antoje a nuestra imaginación.

Lo bueno venía por la noche, la visita a los pesebres que se habían armado en las casas de los vecinos del centro poblado. Una de las primeras en ser visitada era la casa de Doña Domi, en la Plazuelita Agustín Aspiazu. Ella pagaba la adoración con villancicos. Sabía tantos y los compartía con nosotros cual maestra: “Del tronco nació la rama, de la rama nació la flor, de la flor nació María, de María el redentor”.

Y no era sólo cuestión de fe. Abajeños y arribeños teníamos fijado nuestro territorio de adoración y ¡huay! del que viole la frontera fijada en la Plazuelita. “Estamos en busca de los abajeños”, cantaban los unos y los otros respondían “estamos en busca de los arribeños”. Cuantos puñetes y patadas dados y recibidos en el lugar en grescas de los –¡vaya paradoja!- adoradores del Niño.

Pero adorar en Irupana siempre tenía su toque de humor: Recuerdo la vez en que Don Lucas Reguerín –el sastre del pueblo- nos pidió que adoremos a su pesebre. Nos hizo pasar a su casa y quién estaba echado sobre la cama, en la misma pose del Niño, era su hijo Alberto.

Había personas que sabedoras de nuestro recorrido preparaban chocolate con buñuelos, algún queque o tenían listos los caramelos. Aunque, por supuesto, tampoco faltaban quienes creían que un gracias era más que suficiente para la voracidad de los adoradores. Éste último era el caso de las famosas “voladoras”.

Las solteronas Práxida y Nélida Terceros armaban el mejor pesebre del pueblo. Destinaban un cuarto entero para las cantidades de juguetes que nosotros le envidiábamos al Niño y que parecían reclamar que alguien les dé el uso para el que habían sido fabricados.

Las “voladoras” –como les decían, por sus vestidos largos y por la rapidez con la que caminaban- no tuvieron descendencia. Quizá por ello invertían tanto dinero en comprar juguetes que muchas madres habrían deseado para sus hijos. Pero a la hora de “pagar” por la adoración se negaban a invertir siquiera en los agujeros del buñuelo. Era el momento de interpretar la canción de venganza de los adoradores: “¡El niñito quiere mujer, quiere mujer, nadie le da!”.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

La pelota sobre la “i” de Reguerín



“Mario Reguerín, el mejor alumno de Universitario”, decía el titular sobre la foto de un futbolista gritando su gol a voz en cuello. Era el título principal de la tapa de la edición de lunes del célebre “Hoy Deportivo”. Estaba en el lugar central de la pared empapelada con fotografías de los mejores futbolistas de la época: los hermanos Galarza, Bastida, René Rada, Ovidio Meza…

“Es de Irupana”. El comentario de mi hermano Miguel quedó grabado para siempre, los irupaneños también podemos llegar a las grandes ligas. Y él no era el único: Mario fue uno de los cinco hermanos Reguerín que destacaron por su buen trato con el balón de fútbol.

René Reguerín no encuentra explicación del por qué el fútbol se hizo la marca de la familia. “Nunca lo han visto jugar a mi padre, no sé, talvez la familia de mi madre haya sido deportista”. Aparte de los cinco varones, dos de las tres hermanas –Jhenny y Ana- eran hábiles para la práctica del deporte en sus años mozos.

Por supuesto, los Reguerín comenzaron a hacer sus primeras armas en Churiaca. Comenzaron a mostrar sus habilidades futbolísticas durante los años de escuela, en los desafíos entre los alumnos de los distintos grados.

Pero fue Jorge el primero en sacar su fútbol del suelo irupaneño. Prestaba su servicio militar en la ciudad de La Paz, lugar donde fue visto por los dirigentes del Northern Football Club. Salió del cuartel y jugó durante dos años en ese equipo de la categoría B del fútbol paceño. En ese equipo daba sus últimos trotes el maestro Víctor Agustín Ugarte, cuyo puesto fue ocupado por el jugador irupaneño.

Pudo continuar su carrera deportiva en el naciente fútbol rentado, pero prefirió la estabilidad de un empleo como el que le ofrecían en el Centro Minero La Chojlla. Uno de los requisitos para trabajar en esa empresa era ser buen futbolista. Jorge fue parte de la Selección que representó a esa compañía en los competitivos campeonatos nacionales mineros.

René y Mario llegaron casi al mismo tiempo a las grandes competiciones. René recuerda que asistieron junto a su hermano a uno de los entrenamientos de la Selección de Irupana, en el estadio Mariscal Braun, de la ciudad de La Paz. Minutos antes había concluido el entrenamiento del The Strongest y su técnico, Eustaquio Ortuño, había visto a los Reguerín en acción.

Pasado el partido de ensayo, el adiestrador atigrado pidió hablar con René, a quién invitó a formar parte de su equipo. Pero los dirigentes de la Fraternidad de Residentes ya habían hablado con los dirigentes de Bolívar para que las jóvenes promesas del fútbol irupaneño se vistan de celeste.

Esa misma tarde, René firmó contrato con Bolívar, aunque, de forma sorpresiva, Mario decidió mantenerse al margen. Ahí encontró a estrellas de la talla de René Rada, Ramiro Blacutt, Arturo Galarza, René Herbas, además de los argentinos Siassa y Eleazar Tercilla. Pero semejante constelación dejaba muy pocos espacios para que nuevos valores brillen con luz propia. El técnico Norberto Fernández lo puso en un partido frente a Always Ready e ingresó minutos en otros cotejos para reemplazar a los titulares.

Dos años después, fue transferido al Mariscal Santa Cruz, el equipo de los militares. La incursión tampoco fue fácil, pues el plantel tenía la delantera que le permitió ganar la Recopa Sudamericana 1970: Remberto Gonzáles, Juan América Díaz y Juan Farías. Una lesión en un entrenamiento de la Selección de Irupana lo alejó del fútbol definitivamente.

Mario optó por Universitario y mostró a su hermano cuánta razón tenía al negarse a firmar por el Bolívar. A diferencia de René, él era titular en el equipo y tenía la oportunidad para mostrar sus cualidades en el torneo. Marcó varios goles en el torneo paceño y fue destacado permanentemente por la prensa nacional.

En su mejor momento, la Academia celeste le volvió a ofrecer la posibilidad de vestir su divisa, pero Mario decidió continuar comandando el ataque del Universitario. Luego le ofrecieron la posibilidad de dedicarse a otras actividades económicas en Beni, razón por la que dejó el fútbol. Eran épocas en que pocos jugadores vivían de lo que les pagaba el club. La mayoría de ellos estaba obligada a buscar otra fuente de sustento.

Enrique tuvo una más corta carrera deportiva. Incursionó en el Fígaro, de la B del fútbol paceño, en la época en que el técnico Freddy Valda –luego adiestrador de la Selección Nacional- dirigía el equipo.

El menor de la familia, Carlos, tuvo un paso más prolongado, pero siempre en el Mariscal Braun, también de la B. Habitualmente, los jugadores de ese equipo tenían trabajo en la Cervecería Boliviana Nacional, razón por la que compartían su tiempo entre la cancha y las funciones en la industria.

En Irupana se los recuerda a los cinco Reguerín por su participación en la Selección de Fútbol que ganó el Tri-campeonato Interyungueño. René y Mario fueron los goleadores de los tres torneos. Al terminar de escribir estas letras, todavía me pregunto cuándo volveré a ver a otro irupaneño gritando un gol en un periódico de la estatura del “Hoy Deportivo”.

FOTO 1: Los cinco Reguerín en la entonces poderosa Selección Irupana

FOTO 2: René alcanzó a llegar al primer equipo de Bolívar

jueves, 15 de diciembre de 2011

Papío, el del buen cuero


El “Tata” Santiago de Irupana está sentado sobre una montura trabajada por las manos de “Papío” Suárez. Aquel año le pidieron que la construya y él agradeció la deferencia. Era un honor repujar el cuero para el caballo del patrono del pueblo.

Es que ningún caballo pasa desapercibido para el artista irupaneño. Desde muy niño era un apasionado por los equinos. A su padre, Víctor Suárez, le encantaba montar a caballo, con sombrero, pañoleta y botas. “Claro, yo nací a caballo”, sonríe.

Y como la montura está destinada a embellecer el porte del animal, él decidió trabajar sus propias cabalgaduras. Esa es la razón por la que se metió en el mundo del repujado del cuero. Fabrica carteras, cinturones, portacelulares… pero de nada habla con más pasión que sobre las monturas.

Aprendió el oficio por sí solo. Uno de sus hermanos pasó unos cursos y le dio algunas indicaciones. Fue suficiente. Luego él se encargo de descubrir los secretos de su arte. Todavía trabajaba en la ciudad de La Paz cuando incursionó en este campo. Sábados, domingos y feriados se encerraba con los cueros.

Papío ahora está jubilado y tiene todo el tiempo del mundo para disfrutar de su habilidad. Cuando no está en su taller, se encuentra en Cerropata con sus caballos “Alazán” y “Rosillo”. “Creo que también voy a morir sobre el caballo”, resume.

FOTO: Papío, en su taller, al pie de Limonani...

martes, 25 de octubre de 2011

Los Yungas: Una economía de suicidio colectivo


Por Javier Hurtado Mercado

Resulta difícil y poco creíble para nuestra comunidad yungueña una voz pesimista sobre nuestra región cuando el auge del dinero campea por toda la región: La proliferación de construcciones en los pueblos, la multiplicación de vehículos chutos, la apertura de tiendas bien surtidas, licorerías e incluso karaokes o bares, tilines para jóvenes y niños, etc. Efectivamente, tenemos un bienestar como nunca antes, un bienestar que en los últimos cinco a seis años se ha acelerado.

Todo comenzó con los errores de la cooperación Norte Americana de erradicar parcialmente la coca del Chapare, durante los últimos años neoliberales y, como siempre, no ofrecer ningún mercado seguro a los productos alternativos que, en ese momento, todavía se contaban en los Yungas. Nos referimos al café, los cítricos, la apicultura, el amaranto, el maní, los maíces suaves y otros productos típicos de la región.

Una parte cada vez más grande de esta producción era gradualmente certificada como orgánica y comenzaba a darle el perfil de largo plazo mas sostenible para los Yungas: LA PRODUCCION ECOLOGICA.

Saliendo del Chapare, la demanda del narcotráfico se traslado a la cuna de la coca, a su lugar mas sensible tanto porque es donde mas experiencia en su producción tiene el productor, como porque la seducción del dinero fácil en una región con una economía largamente deprimida como era la de los Yungas pudo ser rápidamente erosiva y creciente.

Las montañas subtropicales de Yungas albergaban una producción de coca asentada en normas tradicionales inteligentes. Solo se sembraba coca en los terrenos pedregosos y gredosos de pendiente, con la tecnología del huacho que retiene la humedad y los deshojes naturales que abonan la tierra. Los antiguos sabían que coca se puede producir en los terrenos aptos para otros cultivos, pero sabían que la producción de coca debía ser restringida para mantener un manejo sostenible de la diversidad biológica. Por eso los huertos mixtos donde se mezclaban la coca, los cítricos, la hualusa, el maní, los ajíes y la apicultura.

La demanda del narcotráfico impulso la destrucción de huertas tradicionales, el desmonte de los pocos bosques que tenia la región y la expansión de la frontera agrícola cocalera hacia las tierras vírgenes de La Asunta, Caranavi y ahora hacia los bosques del Norte de La Paz.

Estos soldados ingenuos del narcotráfico entraran ávidos por los nuevos caminos y carreteras que partirán en dos el Isiboro Sécure y materializarán un modelo de desarrollo depredador y sesgado por las actividades delincuenciales, en la producción de coca ilegal, el trafico de madera y la explotación de fauna en extinción, en lugar de aprovechar modelos mas sostenibles como la Agro-forestería con el manejo controlado y certificado de la madera, recolección de la castaña , el cacao criollo y miles de hierbas curativas y aromáticas de creciente valor en los mercados de la industria medica, cosmética y alimenticia.

En los Yungas, de los cuales Irupana ha sido una región privilegiada, hoy ya no se encuentra cítricos, bananas o cuyes ni para el consumo local. En estos días de fiesta casi no encontraremos un buen lojro yungueño, ni un picante de cuy, ni una sajta de gallina criolla. La comida criolla, tan típica y agradable, ha sido sustituida por los pollos llevados de la ciudad, cocinados la broaster o al spiedo. El arroz y el fideo, que no alimentan, forman ahora la parte principal de la alimentación del yungueño. El pan blanco ha sustituido al plátano y el mote de los almuerzos.

¿Cuánto durará esta borrachera de abundancia? El deterioro de las tierras es lento, pero inexorable, la escasez de agua por la destrucción de los últimos bosques ya es crítica para los años inmediatos. Pero quizá lo mas grave es que la cultura productiva de los jóvenes esta erosionada, el monocultivo de la coca, las mulitas de taquis a las ciudades, la distribución de carnéts de productores y comercializadores indiscriminada y otras actividades incluso menos licitas, esta creando unas generaciones de jairas que no aprecian su terruño sino para las fiestas fastuosas y las farras desmedidas por el dinero fácil de estas actividades.

Para nuestros cultivos tradicionales nunca fue posible financiar tecnología, pero para estos cultivos irracionales de coca los sistemas de riego a aspersión, los agroquímicos, abonos foliares, insecticidas tóxicos, etc. se desarrollaron rápida y ampliamente. La coca ya no calma el dolor sino que lo provoca, porque es el vehículo de químicos artificiales nocivos a la salud.

¿Tendremos que esperar las consecuencias en una o dos décadas, cuando la fecunda tierra yungueña ya sea un completo erial erosionado, para que nuestros pueblos recién reaccionen y den marcha atrás o será posible que algunas voces se levanten en medio de la borrachera y conquisten los lugares del liderazgo campesino y vecinal para cambiar el rumbo de nuestra historia?

Porque no fueron sola ni principalmente los gringos los culpables, sino nuestros dirigentes nacionales y nuestros pueblos los que optamos por el camino fácil. Todos los ciudadanos yungueños tenemos nuestra parte de responsabilidad por hacer o dejar hacer. Solo nos queda el suicidio colectivo o la rebelión de nuestras conciencias.

LA FOTO: ¿Estamos más cerca del anochecer o del amanecer de los Yungas de La Paz?

martes, 4 de octubre de 2011

Abraham Suárez, el de las cuerdas locuras





Abraham Suárez Arce afirma que estudió artes marciales en la escuela “El Tajlli”, además de canto y solfeo en la escuela “Mi Gallo”, ambas de Irupana. En el pueblo le decían “Loco”, aunque es uno de los tipos más racionales que se conozca. El único momento en que pierde los estribos es cuando se le habla de lo que habría que hacer por la población que le vio nacer.

¿Cómo olvidar cuando asumió la defensa del primer número de El Mancebao? Los dirigentes de la Fraternidad de Residentes de Irupana analizaban la censura de la edición porque en la foto de Don Lino –el carpintero del pueblo- parecía que su pene estaba afuera. Es cierto, el pliegue de su pantalón y la mala calidad de la impresión podían dar rienda suelta a las interpretaciones. Abraham se fue a la reunión con la foto original que no daba lugar a dudas y preguntó: “¿Dónde han visto un pene a rayas?”.

Abraham es médico de profesión. Cuando aún estudiaba en la Universidad Mayor de San Andrés llevaba junto a sus libros cualquier cantidad de papel seda y pegamento. En sus ratos libres, en el lugar donde se encontraba, se ponía a elaborar los globos que iban a ser soltados en la fiesta del 5 de agosto.

Entrar a su página en el Facebook es una verdadera diversión. Uno no puede aguantar la risa al revisar sus fotos o las frases que escribe. Vive desde hace varios años en Estados Unidos, pero la distancia no restó ni un centímetro su profundo amor por su tierra natal.