miércoles, 17 de agosto de 2016

El Roso, ese ayudante que era igual de importante que el chofer

El Roso nació en la puerta del templo de Irupana. Su mamá se encontraba escuchando misa cuando sintió el aviso de su cuerpo, la estaban sacando del lugar creyendo que habían comenzado los dolores de parto, pero, en realidad ya estaban terminando. No pudo haber mejor lugar para el nacimiento de una de las personas más queridas por la población.
Su cédula de identidad dice que se llama Froilán Cardón Foronda, pero pocos lo saben en Irupana. Para la inmensa mayoría es Roso, esa persona que podría infundir miedo por sus casi dos metros de estatura, pero más bien provoca cariño por su humildad y respeto. Dice que fue don Lucio Reguerín quien le puso el apodo, debido a que no quería que sea como un Froilán que vivía en la misma época en Irupana.
Roso es el más emblemático de los ayudantes del transporte público que ha tenido nuestra población. ¿Cómo no recordarlo llegando a Irupana en la puerta del bus de Flota Yungueña o sobre la pisadera del camión?
Él no tuvo una niñez fácil: Nació en las épocas de la hacienda, cuando la explotación laboral era el p’uthi de cada día, sin importar la edad que tenías. Es por ello que cuando le ofrecieron la posibilidad de irse de ayudante de un bus de transporte público vio que se le abría una puerta para escapar de la dura realidad que estaba viviendo.
Y el trabajo de asistente del transporte público no era para nada sencillo. Si hoy las carreteras yungueñas son difíciles para nuestros transportistas, es inimaginable lo que era en las épocas en las que él trabajaba: “Era lo peor salir de La Plazuela, a la altura de donde don Carlos Cuadros era la cosa, gredoso, puro barro, dormíamos las camas igual, sufríamos, a poner cadena, a veces ni cadena respetaba, por suerte sacábamos, en caravana salíamos”.
Pasar La Cumbre era un desafío heroico para los transportistas y los motorizados de la época. Pero mientras el chofer estaba al menos sentado al interior de su cabina, el ayudante estaba en la obligación de viajar con su cuña en la mano en la parte externa del vehículo: “Hacían mal cambio de caja y había que estar en el suelo, en tanto frío. Cuando nevaba era peor, tapado con tu mantelito blanco había que ir por la cuneta para que te mire el chofer, llegábamos a La Paz t’ayachata”.
Roso sonríe al saber que ahora salir de Irupana o entrar de La Paz no demanda más que cinco horas de viaje. “Es como ir a la plaza”, compara y no es para menos, en su época había que viajar todo el día para llegar a destino.
Pero una de las facetas que más se recuerda en la población son los años en que los ayudantes del transporte público, encabezados por Roso, bailaron la danza de los tundiquis, en la fiesta de la Virgen de las Nieves. Los choferes tenían el baile de Caporales y ellos no querían quedar indiferentes.
Fueron 12 años de su vida los que dedicó a ser asistente del transporte público, tiempo en el cual prestó un gran servicio a la población de Irupana, en el transporte de pasajeros, carga y encomiendas. “Hasta su casa se ir a entregarles”, rememora.
Pero a diferencia de casi todos sus colegas, que usaban el cargo de ayudantes como trampolín para ser choferes, él nunca aspiró a ponerse al frente del volante. Los accidentes que vio en las carreteras de la región hizo que, una vez casado, decidiera más bien cambiar de vehículo: Manejaba sus mulas para el transporte de naranjas.
Años después, junto a su esposa Nicolasa y sus hijos decidieron emigrar a Santa Cruz de la Sierra, donde reside hasta ahora. Sentado en el patio de su casa, en medio del grito de sus nietos y el húmedo calor cruceño, aún se ve bailando en las calles de Irupana: “Los ayudantes venimos, los ayudantes venimos en busca de una…”

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