![]() |
La educadora irupaneña junto a su amada Escuela Eduviges |
Aquella tarde de 1984, los estudiantes del último curso del
Colegio 5 de mayo iban a bautizar a su Promoción con el nombre de la destacada
educadora irupaneña Sara Arce de Velasco. Cuando la maestra homenajeada llegó
al salón donde iba a realizarse el acto se sorprendieron al ver que comenzó a
llamar lista, pero a sus mamás. Casi todas ellas habían sido sus alumnas:
“Celina, Basilia, Cleofé…”. “¡Buenastardes, profesora Sara!”, respondían
felices las señoras, retrocediendo las décadas en las que la tuvieron como a su
preceptora.
Es que si hubo una maestra que marcó el curso de la
educación en Irupana durante el siglo XX fue la profesora Sara, una educadora
que no sólo destacó por su trabajo en el aula y al mando de la que sería la
Escuela Eduviges Garaizabal viuda de Hertzog. Ella trabajaba horas extras con
los padres de familia, mientras sus firmes principios y valores morales se
constituían en la otra gran enseñanza.
Sara Arce Soliz se acercó temprano a la tiza y al pizarrón.
Su hija Consuelo Velasco asegura que su andadura por las aulas como educadora
comenzó cuando ella tenía apenas 15 años. Desde su niñez se había destacado
como estudiante en la Escuela Primaria Mixta, que funcionaba en lo que hoy es
el mercado de Irupana. Era la época en que ese era un requisito indispensable
para incursionar en el magisterio.
Pese a su corta edad, no tardó mucho en destacar entre las
educadoras del lugar. Su padre –que fungía como Notario en Irupana- tenía una
pequeña biblioteca, la que ella se comió entera al saber del desafío docente
que se le avecinaba. Por supuesto que luego se fue nutriendo de otros textos:
“Tenía sus enciclopedias, hacía resúmenes, no sólo veía eso, revisaba revistas
especializadas, en esa época no había esa fluidez de información que tenemos
ahora”, rememora Consuelo.
A sus 30 años, en 1942, fue nombrada directora de la Escuela
de Niñas. Para entonces, la profesora Sara era ya toda una institución de la
educación en Irupana, un referente obligado cuando se hablaba de temas
relativos a la cultura de la población.
Nadie olvidaba que, durante los años de la conflagración
bélica con el Paraguay –entre 1932 y 1935- esa joven había sido “madrina de
guerra”. Ella se ocupaba de escribir las cartas que las familias –que no
manejaban la lectoescritura- mandaban a los soldados que se encontraban en el
frente de batalla y de leerles las que llegaban. Tampoco pasaron inadvertidas
las actividades de recaudación de fondos para apoyar a quienes lo
necesitaban.
Las veladas artísticas, las actividades deportivas, las
campañas de solidaridad. La “señorita Sara”, como la conocían en Irupana,
encabezaba todas las actividades que se desarrollaban en el centro poblado. Era
tal su presencia en la vida de la población, que el naciente Centro de Acción
Cultural y Deportiva “Agustín Aspiazu”, formado por únicamente varones, la
nombró “presidente honoraria” de su organización.
Quedó grabado en la memoria ese emotivo discurso, aquel
lunes 16 de mayo de 1949, en el acto en que el presidente Enrique Hertzog
Garaizabal puso la primera piedra de lo que hasta ahora es el local de la
Escuela Eduviges, nombre puesto en homenaje a la madre del entonces mandatario.
Pero el amor iba a cambiar el curso de su vida. El orureño
Alex Velasco llegó a Irupana designado para la Aduana Agropecuaria. La
profesora Ana Rivera, sabedora de la presencia de aquel apuesto joven, se le
acercó y le dijo: “¿Desearía usted conocer a una dama irupaneña muy
simpática?”. Ante el interés del recién llegado, fue en busca de Sara, a la que
comentó: “¡Hay un joven que quiere conocerte!”. Así comenzó esa historia de
amor que se prolongó hasta la muerte.
El año 1950 nació Ramiro, dos años después Consuelo. Ellos y
su educación eran el nuevo desafío de Sara y Alex. En 1958, la educadora
irupaneña tuvo que dejar la dirección de su querida Escuela Eduviges para
trasladarse a la ciudad de La Paz. Su apuesta de toda la vida por la buena
educación debía dar sus mejores frutos en sus dos retoños.
La inversión de Sara y Alex en la educación de sus hijos es
otro ejemplo digno de imitar. Ambos de clase media, sin casa propia en la sede
de gobierno, lo pusieron todo para que Ramiro y Consuelo reciban una educación
de calidad. Los inscribieron en el Saint Andrews –uno de los mejores colegios
de La Paz-, en la Universidad Católica, para que estudien Economía, y luego el
postgrado en Polonia. “Los Velasco Arce éramos conocidos por ser bien
estudiosos”, sonríe Consuelo.
El 15 de enero de 1980, la profesora Sara recibió el golpe
más duro de su vida: Su hijo Ramiro, que militaba en el MIR, fue asesinado por
la dictadura de Luis García Meza, en aquella fatídica reunión de la calle
Harrington. Una semana antes él había estado con sus hijos en Irupana y salió
porque tenía la clandestina tarea de hacer el análisis de la situación
económica del régimen de facto. Ramiro había mamado de la gran sensibilidad
social de su madre y estaba convencido de que la lucha política era fundamental
para atender las necesidades de los más pobres.
En su última etapa, la incansable educadora irupaneña se
dedicó a apoyar la formación de sus nietas y nietos, quienes se beneficiaron de
todos los conocimientos y el cariño que había acumulado. Hasta aquel fin de
semana de febrero de 2001, en que se acostó como todas las noches, pero no
despertó nunca más. La profesora Sara ya había volteado la hoja, dejando una
hermosa lección de vida…